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    La solución para el Hospital de Clínicas: eutanasia

    N° 1805 - 26 de Febrero al 04 de Marzo de 2015

    El Hospital de Clínicas, desde el mismo día en que fue inaugurado, entra y sale del CTI.

    La idea de su construcción la planteó el Dr. Pedro Visca en 1887; en 1926 se aprueba la ley para su creación; se adjudica la obra al Arq. Carlos Surraco en 1927; el 30 de diciembre de 1930 se coloca la piedra fundamental y 22 años después (el 21 de setiembre de 1953) comienzan a ingresar los primeros pacientes, en un proceso que fue “lento y progresivo”. Como ven, todos tiempos “a la uruguaya”.

    Hoy, el nuevo gobierno que asumirá en pocos días se apresta —una vez más— a inyectarle fondos a este monstruo insaciable, donde conviven la tecnología de la NASA en el Centro de Quemados (Cenaque) con zonas que parecen bombardeadas. Ahora quieren integrarlo al Sistema Nacional Integrado de Salud (SNIS) y el presidente del Sindicato Médico del Uruguay (SMU), Julio Trostchansky, dijo: “Esperamos y apostamos por el proyecto refundacional del Hospital de Clínicas. Igual nos preguntamos si no será más rápido implementarlo en instalaciones nuevas”.

    Para construir el Clínicas, el Arq. Surraco viajó a Estados Unidos para conocer las “mejores prácticas” de la época, las que consistían en edificios en altura, concentrando varios servicios que devenían en una ciudad en sí mismos. Pero este concepto fue cambiando con los años y se llegó a la conclusión de que este tipo de hospitales era costoso e ineficiente, por lo que decidieron demoler decenas de ellos y construir otros nuevos.

    El motivo de esta columna no es entrar en la discusión técnica sobre el tipo de hospital que se precisa, sino en la forma en que se toman las decisiones gerenciales en nuestro país, bien diferente de como se toman en el mundo sajón.

    Dice Peter Drücker en su libro “La Gerencia”: “En primer lugar, realizar el futuro implica siempre desechar el pasado. La clave para hacer algo mañana es desembarazarse de lo que ya no es productivo, de lo que ha envejecido, de lo obsoleto. La pregunta que debemos hacernos es: si hoy no estuviéramos comprometidos con esto, ¿lo intentaríamos? Si la respuesta es negativa, corresponde extraer la consecuencia: ¿cómo podemos eliminarlo… y rápido?”.

    El Hospital de Clínicas debe ser “implosionado”, un método de demolición que consiste en poner explosivos en las estructuras básicas que lo sostienen para que caiga sobre sí mismo en menos de cinco segundos. Sería un mensaje notable a darle a la “uruguayez”, un desafío al paradigma timorato que nos caracteriza y poner el foco en el futuro, no en el pasado. Por eso, la mejor solución es la eutanasia, la muerte asistida. Esta decisión requiere valor y asumir responsabilidad ante el inevitable hecho de la muerte. Es disminuir la agonía y concentrar la energía en lo que nace, no en lo que muere.

    Esta decisión, que es difícil tomarla en la actividad privada, es casi imposible que la tome un administrador de la cosa publica, ya que —como dice Drücker— “los seres humanos se comportan de acuerdo con la recompensa obtenida, al margen que sea dinero, un ascenso, una medalla, una fotografía autografiada o una palmada en la espalda. Pero la institución financiada por un presupuesto —o que goza de un monopolio— se ve recompensada por el presupuesto que se le asigna, más que por los resultados que obtiene. Se le pagan las buenas intenciones y los ‘programas’. Se le paga por el hecho de no provocar el desagrado de interesados importantes, más que por lograr la satisfacción de los usuarios del servicio”.

    Los uruguayos tenemos que aprender a soltar amarras, dar vuelta la página, mirar lejos y establecernos objetivos desafiantes. Pero corremos un gran riesgo: “Cuando un sabio señala la Luna, los tontos miran el dedo”.