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    La vigencia de un pensamiento

    Si la influencia francesa, que pronto echó fuertes raíces en el suelo latinoamericano, proponía un modelo político y social basado en meras abstracciones —en construcciones mentales totalmente divorciadas de la realidad, en fórmulas filosóficas en las cuales el hombre de carne y hueso era arcilla modelable por las manos del ideólogo de turno—, el modelo anglosajón no perseguía ni ideas abstractas ni estados teóricos ni un hombre hecho a medida de una tesis filosófica sino que un estado de creciente bienestar que solamente era posible dentro de un marco de máxima libertad.

    En su morada minuana, Berro volvía una y otra vez sobre esta paradoja: ¿por qué, habiendo en América un ejemplo de nación próspera, libre, democrática, con un profundo sentimiento republicano, ignorarlo, dejarlo de lado, e ir a buscar inspiración en un país cuya organización y cuya ideología dominante eran tan negativas para el porvenir de las nuevas naciones hispanoamericanas?

    No podía entender (y la lectura de sus muchas cartas nos muestra que esto lo mortificaba cotidianamente) por qué sus compatriotas se empecinaban en copiar el modelo francés. No entendía por qué “un pueblo que quiere y ha declarado irrevocablemente el buscar su felicidad por la senda republicana se empeñe en dejarse conducir por otro monárquico”.

    ¿Por qué volcarse en cuerpo y alma por un camino que llevaba irremediablemente al fracaso y a la infelicidad “cuando hay otro pueblo asimismo republicano, hermano suyo”, que ya había mostrado otra senda bien distinta a seguir para lograr una felicidad sólida y sustentable?

    El modelo francés era un castillo en el aire; proponía una casa en la arena cuyos arquitectos sustituían la piedra, el hierro y el cemento por las palabras encandiladoras, los gestos teatrales y las promesas imposibles de cumplir.

    Y cada vez que se metía a andar ese camino llegaba a un páramo de desilusión y tristeza. Como este: “¡Con qué gusto vería yo a la juventud uruguaya, en quien tantas esperanzas se cifran, dedicada a estudiar esa reflexiva y sólida Inglaterra, esa sabia y virtuosa Norteamérica, tierra de progreso, iniciadora, fundamento consolador de las esperanzas de la filantropía y guía visible dada por el mismo cielo, a todas las repúblicas americanas! Penetrado de los sentimientos que aquí he vertido duélome, cual no te puedes figurar, de que el idioma inglés esté tan poco difundido entre nosotros”.

    Fue Berro un extraño vate; un sabio aterrizado en una pista equivocada; un profeta sin alumnos. Su demoledora crítica al legado mental francés no hizo mella en la clase política uruguaya, formada en su mayoría por caudillos riverescos, personajes pirandellianos que buscaban un rol protagónico en el drama desarrollado sobre el escenario de la República.

    Ni las ideas francesas fueron ahuyentadas ni los caudillos, sus ejecutores, perdieron el control de la situación. No pudo Berro impulsar su modelo de “repúblicas municipales”, de democracia horizontal y de creación de hombres-ciudadanos conscientes de su misión. Tampoco tuvieron éxito todos sus intentos por abolir las divisas partidarias (“trapos ensangrentados”) y por lograr una política fusionista que pusiera fin a los continuos enfrentamientos entre compatriotas.

    Todo lo contrario. El 19 de abril de 1863, en pleno gobierno de Berro, el caudillo Venancio Flores, con apoyo material y militar del gobierno argentino y del brasileño y la bendición de la Iglesia, invadió la República y comenzó una sangrienta guerra civil. Florida fue ocupada y sus defensores fusilados. Siguió el ataque combinado de tropas uruguayas, brasileñas y argentinas contra Paysandú, que dio origen a la heroica defensa de esa plaza por parte de Leandro Gómez y sus hombres.

    Tanto Flores como Berro murieron violentamente el 19 de febrero de 1868. El caudillo colorado fue asesinado a puñaladas por hombres que, con toda certeza, obedecían a un caudillo rival: el tétrico Goyo Jeta. A Berro lo mataron los hijos de Flores.

    Como pago por el aporte dado, Flores, peón de ajedrez de Mitre y del emperador brasileño, firmó el acuerdo de la Triple Alianza e involucró a Uruguay en la Guerra del Paraguay y en la masacre de la población paraguaya.

    El fuerte calor y la larga exposición del cadáver de Flores en el Cabildo obligaron al embalsamador a tirar el cuerpo y salvar la cabeza. La misma está enterrada frente a un altar en la Catedral; los restos de Berro, por su parte, fueron arrojados en un basural y nunca se pudieron localizar: toda una metáfora del triunfo del caudillismo y de las luchas partidarias y de la derrota del modelo civilizador propuesto por el líder nacionalista.

    A 170 años de distancia, las ideas de Berro sobre la nefasta influencia francesa en Uruguay explican los motivos por los cuales la sociedad uruguaya, perdida en los laberintos del extremismo, se hunde irremediablemente en las arenas movedizas de la utopía.

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