Nº 2080 - 16 al 22 de Julio de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Adelaida, Adelaida, pobre cieguita…, enferma, maltratada, nadie te amó jamás… Para colmo te ha violado el tío Blas. La verdad, el tío Blas tiene muy mal gusto”, cantaba el grupo argentino Les Luthiers en la obra Radio Tertulia, estrenada en enero de 1999. “Adelaida, ya vendrán tiempos mejores, de alegría y de gozo. Ya te violará alguien más buen mozo”, remataba el chiste. La calidad musical y humorística del grupo es incuestionable, pero eso no implica que no se pueda señalar lo problemático de los contenidos y lo natural que resultaba hasta hace muy poco escribir frases como esas.
Apenas algunos meses antes de ese estreno de Les Luthiers, en agosto de 1998, el sociólogo francés Pierre Bourdieu publicaba La dominación masculina, libro en el que desarrollaba el concepto de violencia simbólica. En su prólogo, Bourdieu expresaba: “Siempre he visto en la dominación masculina, y en la manera como se ha impuesto y soportado, el mejor ejemplo de sumisión paradójica, consecuencia de lo que llamo la violencia simbólica”. Bourdieu define la violencia simbólica como aquella que se ejerce a través de la comunicación y del conocimiento (o del “desconocimiento”, como él mismo aclara), y que resulta “invisible para sus propias víctimas”. Así, son los sistemas simbólicos (el arte, la religión, la lengua, la forma de modular el idioma) los que reproducen de manera continuada las estructuras de dominación, naturalizándolas.
Los ejemplos de violencia simbólica en la cultura son infinitos, y casi siempre se relacionan con formas en las que la violación, el abuso sexual y la explotación de menores son motivo de risa o expresadas con total naturalidad. Desde los ejemplos más obvios, como el humorista argentino Alberto Olmedo sexualizando a “la nena” (y básicamente a todas las mujeres que aparecían en escena), hasta clásicos como Madama Butterfly, la ópera de Puccini en la que, cuando el cónsul de Estados Unidos le pregunta la edad a Butterfly (que está por casarse con un oficial de la Armada estadounidense), ella le pide que “adivine” y él le responde: “¿10 años?”.
El tema no es acá “que a las feministas les molesta todo” o que “hay que entender el contexto en el que cada cosa fue hecha”: de lo que hay que darse cuenta con urgencia es de la violencia simbólica históricamente presente en las manifestaciones culturales. Es así como las estructuras de dominación de las que hablaba Bourdieu pasan por delante de los ojos de hombres y mujeres sin que a nadie le llame la atención. “Se supone a veces que hacer hincapié en la violencia simbólica es minimizar el papel de la violencia física y (hacer) olvidar que existen mujeres golpeadas, violadas, explotadas, o, peor aún, querer disculpar a los hombres de tal forma de violencia. Cosa que, evidentemente, no es cierta”, escribe Bourdieu. Debería resultar fácil de entender que el hecho de vivir en culturas que permanentemente naturalizan esas situaciones (por ejemplo, lo que las feministas llaman “la cultura de la violación”) hace que difícilmente la sociedad se posicione en contra de tantos casos de abuso sexual infantil o de explotación de menores. Y hace también que hasta la Justicia, en la gran mayoría de los casos, deje pasar denuncias o absuelva a los acusados de abuso o violación por entender que “las pruebas no son suficientes” o que los imputados “no sabían que eran menores”. Es que son siglos de consumir la idea de que es factible que una niña de 10 años se case con un oficial de la Armada.
Concuerdo con Bourdieu en que los cambios que han ido debilitando esta estructura histórica de dominación masculina “se deben sobre todo al inmenso trabajo crítico del movimiento feminista”. Estos cuestionamientos, dice Bourdieu, vienen también acompañados de un mayor acceso a la educación, al mercado laboral y a la esfera pública por parte de muchas mujeres. Ciertamente, el hecho de que hoy en día estos abusos sean cuestionados desde adentro de la cultura es resultado directo de la presencia de mujeres en espacios históricamente controlados por hombres. Ejemplo de esto es la docuserie sobre el explotador sexual de menores estadounidense, Jeffrey Epstein, dirigida por Lisa Bryant (disponible en Netflix), o el documental Niña mamá, sobre los miedos y tensiones en torno a la maternidad forzada, dirigido por la argentina Andrea Testa (que se podrá ver online el 22 de julio en el marco de DocMontevideo), y tantos espectáculos de humor feminista que demuestran que sí era posible reírse de otras cosas, como los de la inglesa Bridget Christie, la argentina Malena Pichot, o la uruguaya Laura Falero.
Es tiempo de dejar de naturalizar los abusos y terminar con la impunidad; es tiempo de que los abusadores reconozcan sus delitos; es tiempo de dejar de responsabilizar a las víctimas; es tiempo de que la violación deje de ser parte del paisaje.