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    Laboratorio de fracasos

    Una de las lecciones más contundentes y nítidas que ha dejado el proceso histórico latinoamericano es que la famosa “independencia política”, es decir la “liberación” de las colonias españolas, solo ha servido para profundizar todos los males previamente existentes. En el paquete entra también Brasil.

    De nada ha ayudado el “control popular” de los gobiernos en las últimas décadas. De nada ha ayudado el aumento récord de los precios de las materias primas impulsado por el renacimiento del imperio chino. De nada ha ayudado el ostensible desinterés de la Casa Blanca en el mundo latinoamericano: lo que estaba mal está peor y lo que estaba regular está mal.

    Lo he escrito varias veces: no importa quién gobierne; puede ser de derecha o de izquierda; puede ser una democracia liberal o una dictadura comunista; puede ser una democracia popular o una dictadura militar: sea quien fuere, la realidad latinoamericana no supera jamás el fango y el fandango que desde los tiempos de Colón han regido el día a día de la región.

    No es de extrañar, por lo tanto, que todas las listas negras del planeta estén lideradas por países latinoamericanos. Somos los primeros del mundo en índice de corrupción y de inflación, nadie nos supera en índice de violencia, batimos el récord en desigualdad social y económica. Allí donde está el mal, allí hay un estandarte latinoamericano marcando presencia.

    Y sin embargo, habiendo dicho todo esto no hemos dicho algo fundamental que el proceso histórico de los últimos tiempos ha traído de regalo. Me refiero a la dictadura de las mayorías.

    En un reciente libro (¿Democracia o dictadura de las mayorías?), la escritora uruguaya Hana Fischer estudia y desgrana este fenómeno con detenimiento y rico estudio de las fuentes de mayor envergadura a partir de la filosofía clásica ateniense.

    El planteo de Fischer pasa por un análisis de conceptos centrales tales como la democracia y el liberalismo, la relación entre la economía y el derecho y entre las instituciones y el crecimiento económico.

    También hay capítulos dedicados a estipular las diferencias capitales entre la justicia y el justicialismo: un mal que los latinoamericanos han convertido en enfermedad crónica y marca registrada.

    La lectura del libro de Fischer me recordó varios párrafos que yo mismo he escrito durante la última década. Y creo que en esos textos encontramos una explicación adicional a la problemática tan bien enfocada, desde el punto de vista teórico y conceptual, por Fischer.

    Me refiero, en particular, a la visión distorsionada de la nación que existe en el mundo latinoamericano. Prácticamente a diario me topo con estas piedras de (parece ser) imposible destrucción. Hace poco tiempo, justamente, leí una entrevista que un diario español le hizo a uno de los principales historiadores hispanistas de habla inglesa: Paul Preston. Preston es una autoridad dentro del estudio de la historia española. Sus biografías y sus análisis son contundentes y marcan hitos en ese sendero.

    Al hablar sobre la mentalidad española, Preston hizo una reflexión sumamente gráfica: el español, dijo, entiende que aquel que no piensa como él es un enemigo que hay que destruir.

    Ahí, en esa definición, tenemos una de las claves necesarias para comprender al mundo latinoamericano, pues el latinoamericano también considera que quien no piensa como él es su enemigo. Y al enemigo hay que destruirlo.

    No todos los que opinan diferente tienen que ser sacrificados como pregonaba Perón (colgados con alambre de púas en el primer poste de luz a disposición), pero sí deben ser neutralizados, eliminados de la vida política. Quien no piensa como yo —cree el latinoamericano promedio— no tiene derecho a ejercer el poder.

    Nudo central en este tema es el famoso pueblo. Y aquí nos topamos con esta idea peregrina que pregona la existencia de un pueblo y de un anti pueblo; la existencia de dos unidades sociales enfrentadas y la consecuente lucha a vida o muerte entre quienes integran el supuesto pueblo y sus supuestos enemigos.

    Como expresó Perón en un discurso de 1952: “Al enemigo, ni justicia”.

    Esta concepción cromagnónica de la sociedad —totalmente primitiva y retardada— es la que siempre ha imperado en América Latina, traída en los barcos españoles y portugueses pero no por ello revolucionaria, pues los falsamente pacíficos indígenas que poblaban el Nuevo Mundo también la practicaban, matando y comiéndose a aquellos que consideraban sus enemigos.

    Esa visión caníbal de la vida social es un sello de marca latinoamericano. La dictadura de las mayorías, condensada en la racha de “gobiernos populares” surgidos en los últimos tiempos, se nutre de esos preceptos, los cultiva, los adora, los multiplica, los amplifica.

    Se suele decir que América Latina es un inmenso laboratorio social. Puede ser, pero también es cierto que en más de 500 años ninguna elaboración ha salido bien.

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