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La relación entre el caudillo Wilson Ferreira Aldunate y el ahora ex presidente Luis Alberto Lacalle fue compleja. En el libro “Clandestinos”, su autor, Eduardo Alonso, le pregunta a Lacalle sobre la opinión del periodista Atilio Garrido acerca de la vida del último presidente blanco, en el que señala que la “rigidez y la intransigencia” de Ferreira Aldunate luego de la derrota electoral de 1971 —en la que se denunció un fraude por parte de los colorados— “no colaboraron a la consolidación de la democracia de la época”.
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“Es muy fácil opinar en historia con el diario del lunes, qué hubiera pasado si se hubiera hecho tal otra cosa. Yo no soy muy partidario de eso”, contestó Lacalle, sin perjuicio de lo cual marcó posición.
“Pero indudablemente y con todo respeto, porque Wilson murió como un verdadero héroe, no tanto político sino humano, como enfrentó la muerte. Yo nunca lo quise y él no me quería mucho a mí, pero lo respeté mucho. Indudablemente —y esto va por mi cuenta— Wilson era un hombre que nunca había perdido en nada: bella estampa, fortuna, éxito, dinero, oratoria, inteligencia, cultura y cuando se enfrenta al revés del 71…, siempre pensábamos después, en los años que tuvimos para pensar, si se hubiera ido a Europa seis meses y hubiera dejado que Bordaberry asumiera y si hubiera pensado que su verdadero adversario iba a ser Pacheco a los cinco años, después él lo liquidaba, porque la mitad del Frente Amplio hubiera votado por Wilson y otra hubiera sido la historia. Yo creo que el afán de no querer reconocer que había perdido le privó de la inteligencia brillante y de la claridad que él tenía, y de actuar con la frialdad necesaria, dicho esto siempre con sumo respeto y con el diario del lunes”, afirmó Lacalle.