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    Laetitia d’Arenberg asegura que hubiera preferido ser artista en lugar de empresaria y dice que Uruguay es un país de “paisanos” y de “chacreros” donde “todos los valores” están en decadencia

    Es curioso, porque Laetitia Marie Madelaine Susanne Valentine de Belsunce d’Arenberg es una princesa que, por la educación y el medio socioeconómico en el que se crió, podría vivir donde quisiera y hacer lo que quisiera. Pero esta princesa nacida en Líbano hace 70 años decidió independizarse hace décadas de todo lo que se esperaba de ella. Por eso se divorció del archiduque Leopoldo Francisco de Habsburgo-Lorena, por eso desoyó las órdenes paternas que le impedían meterse en el mundo del arte, por eso se casó con el británico John Anson y por eso decidió radicarse definitivamente en el Uruguay en 1973.

    A contramano de aquellas expectativas —compórtese como una noble, no se emancipe, no busque sus propios horizontes que dinero y prestigio nunca le van a faltar, por favor, princesa, no se haga la viva—, Laetitia se transformó en Leticia y, gracias a ello, en una empresaria próspera que, sin embargo, hubiera preferido ser actriz, pintora o música, algo para lo cual, según admitió en una entrevista con Búsqueda, se requiere un talento que ella no posee. Lo que no le impidió actuar en “Miss Tacuarembó”, de Martín Sastre, y tampoco le impedirá participar en el próximo filme del director y videasta radicado en España, que se basará en “El ángel exterminador”, de Luis Buñuel.

    Famosa en su país adoptivo por sus apariciones en las Llamadas, por su perfil alto y por su actitud emprendedora, la francesa obtuvo en 2009 la condecoración de la Legión de Honor en el grado de Caballero gracias a un decreto que firmó el entonces presidente Nicolas Sarkozy por su labor social hacia los más necesitados. Y, entre el año 1951, cuando llegó por primera vez a Uruguay, y este 2012, tuvo y crió a una familia en una nación donde actualmente es propietaria del tambo Lapataia y de la estancia Las Rosas y representante de Jac Motors, de Great Wall y de Mitsubishi.

    Al entrar a la casa de la presidente de la Sociedad de Criadores de la Raza Jersey, galardonada una y otra vez en la Rural del Prado, a quien no sepa que su pasión es la naturaleza se le despejan todas las dudas. Es que su hogar, una enorme construcción ubicada en la esquina de Nariño y Avenida Italia y protegida por amplias medidas de seguridad, es hermoso. Pero resulta insignificante al lado del jardín que lo adorna, donde la personalidad de la princesa se manifiesta a través de 450 rosales, de palmeras uruguayas y brasileñas, de cedros dorados, de robles, de castaños de la India, de catalpas, de moras, de pinos marítimos, de una enorme fuente de agua y de varios papagayos quejosos.

    A pocos metros de esos milagros naturales, que se parecen de un modo extraño y alucinante a los mundos imaginarios que el maestro H. G. Wells plasmó en el libro “La puerta en el muro”, transcurrió la charla con D’Arenberg, una madrina de la Patria Gaucha que se ha dedicado en silencio a la caridad y a la recuperación de jóvenes adictos a las drogas pero que, cuando afila su lengua, es de temer. “Es solo una cuestión de actitud”, diría Fito Páez, el cantautor de rock argentino. Y ella dice lo mismo, pues así ha titulado la charla que dará en el Hotel Radisson el 14 de junio, en el marco del seminario “Marketers”, sobre “su experiencia como mujer de negocios”.

    —¿Por qué para usted el paisajismo es un arte?

    —Porque todo lo que sale de la tierra es maravilloso. Yo empecé a plantar mi jardín hace 35 años y creo que solo mirar el cielo permite ver, algunos días, la perfección. Pensar que de raíces tan débiles y diminutas pueden surgir árboles con troncos y ramas tan fuertes y tan hermosos que, a su vez, terminan transformándose en muebles espectaculares o en un insumo formidable para carpinteros, luthiers o artistas plásticos, bueno, me lleva a concluir que todo en la naturaleza es verdaderamente perfecto. La naturaleza siempre lucha por sobrevivir y por dejar algo para el otro, mientras el ser humano viene para destruir.

    —¿La naturaleza es una obra de Dios?

    —No lo sé. Yo lo llamo “Dios” porque es mi religión, pero respeto el Islam, el judaísmo, el budismo y cualquier otra manifestación religiosa. Para mí, todo lo que da fuerza, amor y belleza puede llamarse “Dios”. Dios está en todo: en el vuelo de los pájaros, en el aire que se respira, en las plantas y en las flores. Usted me dirá: “Pero bueno, al fin y al cabo fueron hechos o modificados por nosotros”. Y yo le pregunto: “Y el primer rhododendron que apareció en el borde del Himalaya, ¿quién lo puso?”. Es una flor que me muero por tener. Los seres humanos solamente hemos modificado los colores para no aburrirnos, por ejemplo, de las rosas, pero la base de los objetos naturales posee una belleza suprema.

    —Su casa también está repleta de cuadros y esculturas de diferentes épocas y estilos, aunque la madera y el color marrón prevalezcan. ¿Siempre le interesaron las artes visuales?

    —Toda mi vida me ha fascinado todo lo que atrae la mirada y todo lo que puede dar calma y espacio. Si el agua es la eternidad y el sol es la vida, las plantas me van a dar el aire y me van a limpiar los pulmones, aunque yo los ensucio porque fumo mucho (ríe). Pero realmente son los árboles los que nos permiten tener una vida de calidad. Respecto a las artes visuales, cualquier pieza que me transmita algo profundo, me hace feliz, desde dibujos de pájaros de un artista argentino poco conocido hasta el movimiento naïf, el 1900, Degas, Van Gogh y Renoir. Cuando era chiquita, estudiábamos siempre cuadros tristes, muy duros, o de repente algún retrato de un familiar, muy de “acá estoy yo, que soy el poder y la fuerza”. Pero los Cristos dejaron de ser tan dramáticos cuando llegó la liberación, la hermosura y el color del impresionismo.

    —¿Quién es su impresionista preferido y por qué?

    —Tampoco quiero quedarme en un solo movimiento. Puedo decir que me encanta Bernard Buffet, que es más triste que los impresionistas. Y, aunque para mí Gauguin es demasiado chato y no tiene profundidad, Van Gogh es una locura, así como las primeras épocas de Picasso, todo Renoir y todo Degas. Y, además, Miró. Pero no debemos olvidar el dominio técnico que tenían los pintores clásicos que hacían retratos. Aunque en ese juego de luces no había ninguna alegría. Siempre veías detalles impresionantes, un perrito, un pajarito, pero nunca veías esos colores violentos, vivos, esos amarillos y verdes que parecen arrancados de la tierra y que uno puede disfrutar en las grandes obras de Van Gogh.

    —¿Qué más?

    —Rembrandt, siempre, Miguel Ángel y los maestros italianos que están en el Palacio Pitti. Que un ser humano pueda hacer los horrores que hace y que, al mismo tiempo, cree lo que uno ve en el Musée D’Orsay, es increíble.

    —¿Qué importancia tiene el arte hoy?

    —Es todo. A mí me faltó el don de la escritura, de la música o de la pintura. Poder pintar debe ser, imagino, una manera fenomenal de expresar lo que uno siente. De nuevo, las cosas que he visto en mi vida son tan lindas que me he preguntado: “¿Cómo hemos llegado al horror?”. El arte permite que el ser humano saque lo mejor de sí. Además, es una escapatoria, una fabulosa manera de descargarse para mucha gente, tanto negativa como positivamente. Como no tengo esos dones, trato de hacer las cosas creyendo en ellas verdaderamente e imprimiéndoles mi estilo. Podemos hablar horas sobre tonos de verdes y también sobre cuál es, para cada uno, el mejor caballo árabe del mundo. Nosotros estamos muy afuera, pero los pintores están encerrados, son privilegiados y tienen un don muy distinto al nuestro: no tienen que expresar nada en palabras.

    —Hablando de sus múltiples viajes y considerando que usted nació en Líbano pero es francesa, tiene origen belga y se casó con un británico, ¿de qué manera diría que enriqueció su vida el contacto con una amplia variedad de culturas?

    —De una manera clave, porque me abrió la mente. Para mí fue fundamental el haber tenido una institutriz que era budista, pero budista en serio, que durante la guerra se casó con un islámico y que tuvo que ver cómo, cuando llegaron los rusos a Sarajevo, le fusilaron a toda su familia. Ella fue mi institutriz desde los 7 años hasta que murió y yo tenía 40 y algo, forjó mi vida y, aunque cumplía con las directivas de mis padres, que en mi familia no frecuentábamos mucho, fue quien me formó, quien se despertaba conmigo, quien caminaba conmigo y quien andaba a caballo conmigo. Madame Luvinsky me abrió la mente en todo y me enseñó que las cosas suceden porque tienen que suceder. Ella siempre me decía: “No hay que cambiar. Hay que aceptar a las personas como son y entender que todos debemos captar las cosas esenciales de la vida para ser cada vez mejores”. Cuando somos niños, nos arrastramos por el piso. Si queremos pararnos, tenemos que realizar un esfuerzo. Pero después de poder caminar solos y de caernos cuatro o cinco veces, debemos poder caminar. Y también tenemos que saber caernos y volver a levantarnos.

    —Volvamos al arte, particularmente al cine.

    —No me hable del cine: es un mundo de locos que me fascina y es el único arte donde uno puede ser multifacético, porque no todo el mundo puede entender una pintura, sobre todo si es contemporánea. Aunque el arte moderno es otro mundo, el del renacimiento también y el moderno, ni que hablar. Mire: yo no soy idónea para hablar del tema, pero cuando era chica me obligaban a ir a los museos y me encantaba. Pero de tanto preguntarme la razón de todo, por ejemplo, por qué hay un pájaro tan lindo en aquel cuadro, me pasé de rosca, pues nunca me canso de preguntar ni de aprender. Ahora, volviendo al cine, este año quedé encantada con lo que hizo Meryl Streep encarnando a Margaret Thatcher. ¿Usted vio a esas dos negras divinas en “The Help” (Historias cruzadas)? ¡Cómo actúan! ¡Es un peliculón! La actuación de ellas es conmovedora porque nos muestra que, si nos respetamos entre todos, podemos prosperar. En realidad, no sé cómo nació mi pasión por el cine, porque de chica lo que me volvía loca era el ballet, hasta que me rompí el tobillo. Un día, mis padres descubrieron que quería ser actriz de teatro en el Old Vic Theatre, y me sacaron rajando. ¿Sabe lo que significaba eso en aquella época y en aquel ambiente? De la misma manera, decía que iba a jugar al tenis en el Cantegril, pero en realidad me escapaba al cine.

    —¿A qué edad se independizó de sus padres?

    —Nunca. Quizá, a los 35 o a los 40 años. Pero no verdaderamente, pues mi meta era volver a verlos. Hay que ponerse en el contexto: mi madre era re-dura pero quería que sus hijos fueran educados como ella había sido educada. Aunque fueran estrictos, mis padres también fueron vitales. De todos modos, era obvio que una persona nacida en 1941 después de dos guerras mundiales y en medio del movimiento hippie, no iba a poder convivir con códigos que tenían 100 años de antigüedad.

    —¿Le siguen gustando los Beatles?

    —No me gustan: sigo estando enamorada. Cuando empezaron yo era pupila en un colegio, fui a verlos en Londres y, a la salida, comprendí verdaderamente el significado de la palabra “riot”. Nunca había visto una histeria así y, desde ese entonces, a comienzos de los 60, me empezó a dar cosa estar encerrada y rodeada de multitudes. Acá a Uruguay, la moda por ellos llegó un año y medio después. Pero yo era totalmente hippie.

    —¿Sí?

    —Sí, me encantaban todos esos dibujitos, toda esa cosa de la libertad, la paz y el flower power. Por supuesto, mis padres me sacaron finita de allí. Un día, llegué vestida de todos colores y mi instructora, Mapy, me dijo: “Por su bien, ahora no sea así. Aunque, cuando sea mayor, haga lo que quiera. Si quiere, puede ser como ellos”. ¿Y sabe quién más me enloquece? Los Plateros, Elvis Presley y, claro, la música clásica: desde discos de pasta hasta discos de 45 y CD, tenía lo mejor. Pero para estar en casa tranquila, me quedaba escuchando a Chaikovski, Mozart, Vivaldi y Wagner. Cuando me muera, quiero que me incineren y, antes de tirar mis cenizas, que pongan la Misa de la Coronación de Mozart. Una vez la escuché en una pequeña capilla cerca de donde la escribió. ¡Qué órgano, qué coro, qué increíble!

    —Si hubiera sido música, ¿qué instrumento hubiera elegido?

    —La voz. Durante muchos años nosotros fuimos al festival de Salzburgo, y éramos amigos de Herbert von Karajan porque mis suegros eran muy amigos de su mujer. También estuve en toda la época del rodaje de “Cleopatra” en Italia: me divertía como loca.

    —¿Cómo era Von Karajan?

    —Divino, el tipo más simple del universo. ¡Pero qué carácter! Cuando agarraba la batuta, parecía que se iba a llevar el mundo puesto.

    —¿Cómo pasó usted durante el rodaje de “Miss Tacuarembó”?

    —Tan bien que, si hoy me preguntara de qué lado podría estar, no lo sabría, porque el cine da muchas más posibilidades que el teatro: es infinito y apasionante tanto desde atrás como desde delante de las cámaras.

    —Su lista de películas preferidas, por favor.

    —“Cumbres borrascosas”, “Anna Karenina” y “Lo que el viento se llevó”, de la que me sé todos los diálogos. Y pienso que no ha habido nadie como David Lean.

    —Cambiemos de tema. ¿Qué presidente de la democracia uruguaya la ha impresionado más por su nivel cultural?

    —Lo conozco superficialmente, pero siempre me impresionó lo que sabe Sanguinetti. Además, soy una loca por la Historia y sé que su mujer, Marta Canessa, es una gran historiadora. Pero debo decir que no conozco a ninguno de los presidentes profundamente. Solo he tenido intercambios banales. Sin embargo, el sentido común de José Mujica me llamó mucho la atención cuando lo vi por primera vez. Para mí, la sensibilidad, el raciocinio y el sentido común deben ser claves para todos, no solo para los políticos. También considero, en ese sentido, que hay personas más dotadas que otras. Pero para decir que uno conoce a alguien debe haber debatido con esa persona, intercambiado puntos de vista y encontrado un punto de equilibrio.

    —¿Por qué las largas conversaciones ya no están de moda?

    —Porque el ser humano se ha vuelto egocéntrico. Cuando hablo con la gente, solo ellos tienen razón, solo su visión de los hechos vale, la juventud es avasallante, no le importa nada y cree que todo le está permitido. Si usted para a un joven en la calle y le pregunta qué querría hacer, le responde, como si fuera un loro: “Empleado público, arquitecto o doctor”. Pero ese joven, ¿pensó realmente en lo que está contestando? No: “Mi papá me dijo que sería un buen trabajo”, dice. Pero yo quiero que me responda: “Quisiera especializarme en aquello que de verdad me gusta”. Que a los 12 años me digan que quieren ser médicos... por favor, ¿de qué me están hablando?

    —¿Qué valores están en decadencia en el país?

    —Todos. Ya no hay más valores. Ni siquiera tienen el respeto a su propio país: ¡mire usted cómo tienen sus calles! Si uno pone algo para arreglar la mugre, se lo roban. Los padres se han olvidado de que no son amigos de sus hijos. Entonces, usted los ve manejando con artificialidad la brecha de edad que hay entre ellos, y de repente le dicen: “¿Viste qué genio que es mi hijo? ¿Viste cómo habla? ¿Viste cómo maneja la computadora?”. Por favor, en el mundo hay un genio entre miles de millones. Son cinco o seis personas y todos quieren ser Steve Jobs, cuando la mayoría es de un nivel medio para abajo. Algunos sobresalen por sus cualidades, por sus metas y por su esfuerzo, pero a los demás no les importa. Por eso, la culpa de que los chicos no le dejen el asiento en el bondi a una señora es de los padres, que no les pegaron en el trasero cuando debían. Hoy en día, con los derechos humanos, no le pueden decir que no a un nene. Pero para ser alguien hay que sudar la gota gorda. Actualmente creen que todo está dado automáticamente. Así es que borramos la personalidad de la gente. ¿O quieren que nos hagamos los idiotas? ¿Qué futuro tienen los chicos del mañana si los profesores son insultados porque los padres no dejan que impongan la autoridad? Es un libertinaje tan grande que a nadie le interesa dar clases. Y es natural que los jóvenes tiren la esponja.

    —Lo que usted dice suena muy fuerte. ¿Qué otro ejemplo de esta tendencia en materia de valores negativos que tengan que ver con la juventud se le ocurre?

    —Si usted ve a una persona caminando por la calle, ¿piensa que alguien le va a dar el paso o se va a parar para ayudarla a cruzar? No, porque si la toca, le va a robar la cartera. Yo no vivo en Brasil, así que no me tengo por qué comparar con lo peor del mundo. Entonces, cuando se agarra el gobierno, que se me diga que mentalmente quieren estar entre lo peor para abajo pero nunca de la mitad para arriba. En este país, el sueño dorado del pibe es tener plata y vivir sin hacer un corno. Lo que importa es la chaqueta no sé qué y los championes Nike. El otro día, justamente vi a una niña haciendo una escena por un vestido, porque la amiguita le decía esto y lo otro. Por favor, por favor.

    —¿Por qué tantos jóvenes uruguayos ven con simpatía a Mujica?

    —Porque habla el mismo idioma que ellos y porque es permisivo. Entonces, si tiene más paciencia que yo, lo felicito, que siga para adelante. Esto es un desorden y de noche no se puede salir a la calle por el caos, por la inseguridad y porque la mala educación arranca de los padres. No hay más respeto a la autoridad: he visto cada gesto de parte de los infractores a los inspectores de la Intendencia... Eso me choca y me duele porque, después de faltarle el respeto a la Policía, ¿le van a tener respeto a sus padres y a sus profesores? Todas las instituciones deben ser respetadas.

    —¿A qué otras cosas la sociedad uruguaya no sabe decir “no”?

    —A todo. El “no” es una mala palabra. Acá se piensa que al nene chico, el “principito”, el pobrecito que ya tendrá tiempo de llorar, hay que consentirlo en todo. Pero no es así: hay que darle las bases para que mire el mundo de frente, para que no sea inseguro, para que llore de chico y sonría de grande, para que sea fuerte y para que no tenga miedo. ¿Cree que a mi familia yo le podía decir: “Che, vo, ¿qué decís?”. Si la gente de mi generación viniera al Uruguay, se moriría de un síncope. No quiero ser apocalíptica, porque hoy uno puede pensar y expresarse más que nunca, por ejemplo, a través de las redes sociales, que son magníficas. Pero hay que hacerlo sin prepotencia.

    —¿Los valores y las ideas que pone en práctica Mujica son positivas para el interés supremo de la nación?

    —No, y él lo sabe, porque es demasiado laxo. Un presidente de un país es el padre de todos nosotros y debe dar el ejemplo. Yo no recibo a un amigo en mi casa barbuda y de camisón (risas).

    —¿Por qué, según su visión, sucede esto a nivel moral?

    —Porque hay un complejo contra los militares, y no estoy hablando de política. Este era un país limpio en el que la gente respetaba a sus profesores. Pero esto parece Woodstock. Hace 25 años empezó la decadencia. El rechazo a la autoridad nació de aquel complejo, aunque tenemos otros problemas, como un Mercosur que no sirve para nada y una burocracia brutal. No es una cuestión de ser de derecha, de izquierda, blanco, azul, amarillo o verde: hay que abrir nuestras mentes, saber lo que queremos, que nuestro país sea serio y respetado, que haga las cosas bien y que produzca productos con calidad. Pero acá no hay metas claras para nadie.

    —Imagino que piensa en la burocracia, en la envidia y en la ley del mínimo esfuerzo.

    —Sí. Somos un país de paisanos. Somos todos chacreros, aunque ojo: queremos la chacra más grande, la de al lado, y queremos ver, a través de la viveza criolla, cómo se la sacamos al vecino. Mucha de la gente que conozco vive con un perfil bajísimo, pero la realidad es muy distinta. Y yo no puedo ser falluta. No me gusta tildar a las personas de negras, de derecha o de izquierda. Las tildo de humanas o de inhumanas. Pero aquí hay mucho doble discurso. A no ser que yo tenga algún tipo de deformación mental. ¿A quién le importa el “Uruguay Natural”? La única imbécil “cornutis-sapiensis” a la que le importa, se llama Leticia d’Arenberg. Y otra cosa: en Uruguay la prevención no importa. Lo importante es enfermarse y después curarse. Es un país con una visión cortoplacista al que le gusta comprobar que, cuando alguien pone las manos en el fuego, se las quema. Este es el país que más leña echa en el fuego y que más deja venir abajo las cosas. No quieren pensar en las cosas maravillosas que tiene el Uruguay para hacer lo que quieran. ¿No nos alcanza con ver el caos que hay en Europa? Después de mí viene el diluvio, pero total, yo no voy a estar vivo, así que no me importa: así se piensa, y es patético. ¡Y consideran seriamente la minería a cielo abierto, que no tiene marcha atrás! Lo que más me calienta es que me hablen de “los europeos” para descalificarme cuando los critico: ¿los uruguayos ahora tienen sangre charrúa? Yo peleo por la bandera uruguaya, pero de ahí a rechazar lo que soy, no: parecería que el uruguayo se creyera charrúa y que los otros fuéramos extranjeros. ¡Quiero ver el ADN! (risas). Y por si fuera poco, ustedes hacen una discriminación tan tonta entre quienes son de Malvín, quienes son de Pocitos y quienes fueron o no fueron a Punta del Este, que yo no la puedo creer. Desgraciadamente, lo que valés es lo que tenés, aquí y ahora.

    —Redondeando, ¿cuáles son los tres valores más importantes que debería cultivar la sociedad uruguaya?

    —El respeto, no robar y no mentir.

    —Hace un rato usted mencionaba al presidente. Pero, ¿de qué habló con él en la reciente cena a la que asistió en su rancho?

    —No hablé demasiado de nada, pero sí le dije que cumpliera con sus metas personales como presidente. La verdad es que el diálogo fue muy, muy cordial, y pienso que Mujica quiere lo mejor para el país. El problema no es él sino su entorno.

    —¿No le molesta que haya gente que crea que lo que usted dice es poco creíble teniendo en cuenta, por ejemplo, que importa autos de China, una de las peores dictaduras del mundo, y que recibió en su casa al líder racista francés Jean-Marie Le Pen?

    —Me importa un pepino lo que piensen los otros. Yo tengo mis opiniones, respeto las ajenas y lucho por lo que me parece justo. Que digan lo que quieran y cuando quieran. Me importa tres pepinos. Tengo a mis amigos, a mi familia, mi hogar y mis empresas. Y no me sobra el tiempo.

    —¿Pero alguna vez ha considerado abandonar el Uruguay?

    —Yo estoy feliz aquí y, si puedo seguir haciendo cosas, bárbaro, porque nadie me ha molestado. Pero si las cosas siguen empeorando, capaz que empaqueto todo y me voy. Nunca es tarde para irse de ningún lado. Si pude sobrevivir a la pérdida de mi instructora y de mis padres, que me dieron las herramientas para manejarme en la vida, podría sobrevivir una partida. Pero, si tuviera que irme, mi corazón estaría de luto, pues este país me ha dado mucho. Entonces, ¿por qué estoy tan mala? Porque lo amo y porque sé que hay otro Uruguay.