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    Las ciudades y los muertos

    “Tumbas de poetas y pensadores”, de Cees Nooteboom

    Comenzó a viajar a los veinte años, cuando decidió dejar su primer trabajo y largarse a la aventura por los países nórdicos. Desde entonces, no ha dejado de visitar el mundo. Su literatura se ha nutrido de esos viajes y son numerosos los libros de crónicas que ha publicado. Pero Cees Nooteboom (La Haya, 1933) también es poeta, novelista, ensayista y traductor. En una de sus travesías llegó a Montevideo (el jueves 9 de mayo) y estuvo leyendo poesía en el Teatro del Centro y también hablando con el público, en perfecto español, sobre sus libros. Para muchos fue el primer contacto con la obra de este escritor holandés con nombre de vocales duplicadas y difícil pronunciación.

    “Existencialista” y “cosmopolita” son los adjetivos que suelen aparecer en los análisis de la obra de Nooteboom. Quienes lo han estudiado señalan la variedad de escenarios de sus historias, que transitan por Japón (“Mokusei”), España (“El desvío a Santiago”) o San Pablo (“Perdido el Paraíso”). Ese “nomadismo” personal y literario, al que habría que agregarle un nivel cultural excepcional, es también la esencia de Tumbas de poetas y pensadores (Debolsillo, 2012), un conjunto de relatos breves (algunos no llegan a ocupar una carilla) que tienen como vínculo los cementerios que el escritor ha visitado en diversas ciudades donde descansan sus “muertos amados”.

    La tumba de Oscar Wilde, en el cementerio Père Lachaise de París, está toda besuqueada. Miles de mujeres (o tal vez hombres) estamparon sus bocas con lápiz de labio, y esa huella cubre el nombre de la lápida. Una hiedra abraza la tumba de Thomas Bernhard en el cementerio Friedhof Grinzing, en Viena, y la de Julio Cortázar está permanentemente “intervenida” por los visitantes de Montparnasse en París. Sobre ella la gente deja guantes, lápices, cuadernos y hasta una botella de absenta con un poco de su contenido.

    A pesar del ámbito que da pie a Tumbas de poetas y pensadores, el libro no tiene un espíritu ceremonioso, y mucho menos necrológico, y ese es uno de sus atractivos. “El que está muerto ya no es nadie, por lo tanto tampoco está en su tumba. Las tumbas son ambiguas. Conservan algo y, sin embargo, no conservan nada”, explica en la introducción a su libro. Lo que hace Nooteboom es escribir historias sin atarse a una estructura fija: no son exactamente crónicas de viaje, ni biografías, ni tampoco simples anécdotas. Para cada poeta o pensador elige una forma de contar la muerte, y ese es otro atractivo del libro.

    Junto con su esposa, la fotógrafa Simone Sassen, encargada de las imágenes que ilustran el libro, Nooteboom visitó más de noventa tumbas desde fines de los 90 hasta el 2006, consciente de que esas visitas tuvieron algo de “irracional”: “Llevamos flores a nadie, arrancamos los hierbajos para nadie y aquel por quien vamos no sabe que estamos allí. Sin embargo, lo hacemos”.

    En algunas ocasiones, el escritor deja que el propio muerto hable a través de sus escritos, como lo hace con Eugène Ionesco, al recordar lo que el dramaturgo anotó en sus diarios: “El mundo va a helarse. Una insensibilidad polar ha empezado ya a extenderse sobre nosotros. Y luego va a hacer un gran sol que hará fundirse a esos bloques de hielo, y luego habrá un vapor, la bruma misma se desvanecerá en la luz azul. No quedará ninguna huella”.

    La idea del cementerio como una pequeña ciudad —con sus calles y esquinas, con sus barrios ostentosos y pobres, con su vegetación y jardines— aparece en varios momentos del libro. Y como en una ciudad, el turista se puede perder y descubrir lo que no esperaba, como le pasó a Nooteboom cuando buscaba las tumbas de Keats y Shelley en el cementerio de Roma y se encontró con la del hijo de Goethe: “Encontrar lo que no se busca: eso es lo que le ocurre a uno en los cementerios”.

    A veces el paisaje que rodea la tumba se vuelve el protagonista del relato. Así ocurre en el texto que recuerda a Robert Louis Stevenson, sepultado en el Monte Vaea, en Samoa: “La selva que me rodeaba estaba llena de murmullos y siseos, parecía que la escalada no iba a acabar nunca, era como si estuviese yo mismo caminando hacia el reino de los muertos. Si alguna vez he de ir a él, espero que sea como lo que vi aquel día”. 

    En otras tumbas encontró algo así como una injusticia, porque el muerto se merecía algo mejor, más cálido o más acorde con su sensibilidad. Le sucedió frente al sepulcro de Yasunari Kawabata, el primer japonés en ganar el Premio Nobel de Literatura: “No sé qué tipo de tumba esperaba hallar aquí, tal vez algo que inspirara melancolía e invitara a pensar en la fugacidad de la vida, desde luego no este frío monumento de mármol gris oscuro, una especie de bastión de la muerte, donde es imposible que la figura menuda y frágil de Kawabata se sienta en su casa”.

    Con algo de ironía, el autor evoca cuando vivía en Berlín en 1989, “año mágico en la historia de Alemania”, y ese recuerdo lo lleva hacia las figuras de Bertolt Brecht y Friedrich Hegel, sepultados a escasa distancia uno de otro: “Los colores eran diferentes en el Este; también daba la sensación de que estaba todo más silencioso. Se sabía que las personas que vivían allí no podían marcharse. No se podía decir lo mismo de los escritores muertos”.

    Pocos epitafios aparecen en el libo de Nooteboom, uno de ellos es de Ionesco, que bien podría haber integrado una de sus obras del absurdo: “Rezar al No Sé Quién/ Espero: Jesucristo”. Pero salvo algunas curiosidades, el grueso de las sepulturas que visitó son escuetas en sus inscripciones, aunque hay muchas suntuosas en su arquitectura. La de Robert Graves, en Mallorca, tal vez es un extremo de humildad porque su lápida no decía nada hasta que alguien, cuando aún estaba húmedo el cemento, agregó su nombre y debajo la palabra “Poeta”.

    Si Nooteboom hubiera recorrido los cementerios montevideanos, tal vez se hubiera asombrado de la cantidad de tumbas deterioradas a las que nadie les limpia los excrementos de las palomas. Pero no le hubieran llamado la atención ni la arquitectura faraónica de algunas de ellas, ni la sobriedad de otras. Tal vez se hubiera divertido con la inscripción en la tumba de Benito Nardone en el Cementerio Central, que lo recuerda como “Impulsor del anticomunismo”, o impresionado con la de Bernabé Rivera, con su furioso mensaje dirigido al cacique charrúa que lo mató: “¡Indígena salvaje! ¡Indómito habitador de los desiertos! ¡He aquí tu víctima!...”.

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