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    Las cosas que realmente importan

     No resisto la tentación de transcribir textualmente la recomendación que José Ortega y Gasset les hizo a nuestros hermanos de allende el río color de león, en una conferencia que dictó en Mar del Plata en 1939. Aquí va:

    “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que daría este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental, secuestradas por los complejos de lo personal”.

    Traigo a colación esta maravillosa sentencia, porque veo a los uruguayos en una actitud diferente, como si desde el fondo de la historia la exhortación del filósofo y pensador español hubiera hecho carne en nosotros, y nos hubiera lanzado al terreno de la realidad y la sensatez.

    Claro, como herederos que somos de la Madre Patria, cuando nos lanzamos “a las cosas”, lo hacemos defendiendo y/o criticando las mismas cosas, desde el ángulo que mejor o más defendible o criticable nos parece, o, a veces, también tomando partido por lo verdaderamente defendible, y dejando de lado lo accesorio.

    En el primero de los casos antes mencionados, vemos con alegría que nos hemos enzarzado en una discusión filosófica de alto nivel, en torno al aseo de la candidata a la Intendencia de Montevideo.

    Creo que es de fundamental importancia que aclaremos los dichos de la escritora y novelista que logró detectar estiércol de gallina bajo las uñas de los pies de la señora Topolansky, porque ello sin duda incide de manera fundamental en las condiciones intelectuales y profesionales de la cónyuge del ex presidente Mujica.

    Hubiera sido terrible que la señora Vigil hubiera detectado esa materia en el cerebro de la candidata, porque es sabido que, cuando uno tiene la cabeza llena de algo, (de eso, o de lo que sea) es mucho más difícil higienizarlo que si la materia fecal de las aves de corral está ubicada en los pies (o en “las patas”, si nos ponemos en la línea de la novelista y escritora, cosa que evitamos para reservarles a las contendoras la exclusividad de su beligerancia). Lavarse los pies es mucho más fácil que lavarse el cerebro, por más que hay más de uno que ha sido objeto de un lavado de cerebro, y los resultados están a la vista.

    Hay dos bandos claramente delineados, entre los que los uruguayos debaten alegando que Lucía es limpita y aseada, y que será una magnífica jefa de gobierno comunal, y otro que se encolumnó detrás de doña Mercedes, que dicen que no sólo no se lava los pies, sino que además es asesina y ladrona, así, suave y educadamente. Páginas enteras de los periódicos se han hecho eco de esta trascendente operación dialéctica, y el resultado es de difícil estimación. Ni les digo las redes sociales, en las que acaloradamente se discute este tema de esencial importancia para la convivencia cotidiana.

    En otro orden de cosas, en las que los uruguayos no nos dividimos sino que nos arremolinamos en patota detrás de una noble causa, encontramos la apasionada defensa de los animales, frente a la despreciable actitud de algunos pocos, que no se dan cuenta de lo justas y dignas que son algunas de ellas.

    Hace ya semanas que la emprendimos primero con la defensa de los perros. Un grupo de estos nobles compañeros y mejores amigos del hombre perdió la memoria en forma colectiva, y la barra, a la que algunos peyorativamente llaman “jauría”, se llevó puesto a un desdichado enfermo mental al que despenaron sin la menor contemplación.

    Un mal momento, sin duda. Animalitos de Dios.

    A algunos otros insensibles (pocos, por suerte) se les vino en mente que había que acabar con aquel colectivo canino que tanta alegría y compañía les brindaba a los sobrevivientes de la tragedia, y, desde los que decían que había que eliminarlos, hasta los que hipócritamente decían que había que alejarlos del lugar, se complotaron (con el apoyo de la Justicia, que ya se sabe lo poco confiable que es, desde que trasladaron a Mariana Mota sin preguntarle antes) y empezaron a armar una campaña de desprestigio y fumigación.

    Por suerte aparecieron en escena los integrantes de una de las tribus autóctonas más activas y nobles que surcan nuestra patria, los oenegés, que pusieron el grito en el cielo, y defendieron a los guauguaus para que nadie los persiguiera ni los molestara. Los internaron en unos caniles cinco estrellas, les dieron ración reforzada con caviar y salmón, y, otra vez, entre las páginas enteras de los diarios, y las de los féisbucs, todos apoyamos la salvación de nuestros mejores amigos.

    Ni bien estaban a salvo los perros, los oenegés, en estado de embriaguez activista, la emprendieron contra los pobres gauchos de la rural, que estaban en plenas domas y jineteadas en la semana que les reserva el santoral laico de Turismo, y se lanzaron a la defensa de los nobles brutos (que son los caballos, no los canarios que los montan), alegando que no se podía soportar tanta tortura y sufrimiento. Abajo los rebenques y las espuelas, márchense a plantar soja, manga de salvajes criminales, y dejen a los pingos en paz.

    Y como si fuera poco, anteayer apareció una tortuga gigante muerta en una playa, y los oenegés organizaron piquetes en la rambla cuando trasladaban el cadáver del animalito, la emprendieron contra los pescadores, y reclamaron que el Instituto Técnico Forense emitiera un dictamen tras la autopsia del reptil, víctima de la crueldad de quienes aportan las corvinas y las merluzas a los puestitos del Buceo.

    Hubo algún periodista despistado al que se le ocurrió preguntarle a un destacado integrante del partido de gobierno, qué opinaba sobre la controversia entre la posición del Canciller Nin Novoa (y del presidente Vázquez) y la de otros sectores del Frente sobre la crítica situación en Venezuela.

    Despreciativamente, el distinguido hombre público le quitó importancia a un tema tan irrelevante como banal, contestándole al periodista que estaba muy ocupado estudiando la posición de su sector en el grave problema de la posible eliminación de la moña azul en el uniforme de los alumnos de las escuelas públicas.