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    Las creencias religiosas

    Sr. Director:

    “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo” (atribuido a Voltaire por su biógrafa, Evelyn Hall)

    “Promoverá la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable” (Art. 3º de las Instrucciones del Año XIII)

    “Todos los cultos religiosos son libres en el Uruguay. El estado no sostiene religión alguna” (art. 5º. de la Constitución)

    Podría coincidir con la carta de Ruben Castro Rivera publicada en Búsqueda Nº 1.897 el 15 de diciembre. Originalmente las religiones fueron una forma de interpretar y entender el mundo, de “hacer pie” confiando en entidades o entelequias creadas e imaginadas por sacerdotes e intérpretes autoproclamados. Proceso inevitable en los primeros estadios de la humanidad. Y las religiones generaron dogmas que muchas veces constituyen directrices y mandatos que son impuestos a los fieles, y que fueron y son el origen de cruzadas, feroces guerras y genocidios, inquisiciones y terrorismo. Durante siglos la Iglesia católica fue una institución muy peligrosa, y manejó el terror como forma de alinear a los creyentes.

    Afortunadamente, hoy, debilitado su poder terrenal, se adaptó a las normas de los estados liberales y debió aceptar la tolerancia y la separación de política y religión, porque el catolicismo (inventado por Constantino en el S IV), “se superpuso a la civilización romana y no conquistó nunca su sistema jurídico (el derecho canónico es interno de la Iglesia), a diferencia del derecho islámico, que debe basarse y remitirse a su derecho religioso (teocracia)”(1). Aunque no faltaron intentos.

    Y también podría coincidir con Castro en que tal vez no sea bueno programar la mente de los niños inculcándoles creencias religiosas, que podrían colisionar con el desarrollo de una mente abierta y racional, sin mandamientos, prohibiciones ni temores a castigos eternos. Personalmente tuve una muy fuerte formación católica, a la que adherí y con la que me comprometí largamente (en la línea de Vaticano II), y a la que intenté racionalizar y “bajar a tierra”, porque en mi caso, también me enseñaron a pensar libremente… y finalmente, la frustración y la razón mataron a la fe católica (que no la esencia del mensaje de Cristo).

    Pero, “como te digo una cosa, te digo la otra”: no comparto en absoluto la propuesta de Castro de que “el Estado debería prohibir que los niños reciban enseñanza religiosa”, porque eso es derecho inalienable de sus padres, consagrado en la Constitución, nos guste o no nos guste. Porque así como Castro puede manifestar su ateísmo donde quiera y cuando quiera, también lo pueden hacer quienes profesen religiones, siempre que no se transformen en fundamentalismos terroristas. Y si no nos gusta lo que predican, debemos enfrentarlos en el ágora, pero nunca prohibirlos. Porque esa fue y es la esencia de la laicidad uruguaya.

    Y porque por más que prohíban, nunca dejará de haber religiones, ya que siempre habrá mentalidades que necesiten que alguien les explique lo que no entienden, y les dé directivas de cómo actuar y en qué creer… tanto en religión como en política (miedo a la libertad).

    Por otro lado, tampoco podemos desconocer que, a pesar de aquellos antecedentes de la Iglesia católica durante más de 15 siglos, no hay en el mundo institución u organización como las iglesias cristianas que hayan hecho tanto en materia de obras educativas, formativas, culturales, sociales, fraternas… lo que va desde los monasterios del medioevo, pasando por la creación de universidades, por experiencias fantásticas como las Misiones jesuíticas, como las hermanas de la Caridad de la Madre Teresa… hasta experiencias actuales como Tacurú, el liceo Jubilar, Los Pinos, en Uruguay. Y me quedo cortísimo. Por eso yo distingo entre catolicismo (creencia religiosa, mandamientos, dogmas) y cristianismo (“bajada a tierra” y concreción del mensaje de Jesús, opción por los más pobres).

    Finalmente: veo que la propuesta de Castro se inscribe dentro de una recurrente línea antirreligiosa (anticonstitucional, a mi modo de ver), de quienes entienden que las actividades proselitistas de las iglesias deben eliminarse en la primera edad y circunscribirse exclusivamente al ámbito de los templos. Es como un anacrónico fundamentalismo (¿religioso?) del anti dogmatismo

    1. Giovanni Sartori, “Carrera hacia ningún lugar”.

    Andrés Pfeiff Folle

    CI 1.147.555-3

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