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Para algunos, los menos, las crisis se transforman en el camino que los lleva al éxito. Estos —es un hecho— son tan solo unos pocos para los que resulta válido aquello de que épocas de crisis son épocas de oportunidades. Hay también otros pocos, aún menos, a los que las crisis no les afectan, que han estado siempre en la cresta de la ola y que incluso mejoran su situación. De ahí que en época de crisis se agranda la brecha entre ricos y pobres. Porque hay un hecho mucho más duro y más cierto: las crisis golpean fuertemente a las grandes mayorías y aún más fuerte a los sectores de menores ingresos.
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Las crisis, además, desnudan. Esto es, resultan un serio e inapelable examen para la real capacidad de dirigentes y gobernantes y ponen a prueba las políticas de justicia social y distributivas sin respaldo, aplicadas a destiempo, muy populistas y cargadas de “progresismo” y demagogia y sin noción de futuro, trasuntando una gran irresponsabilidad o, en el menos condenable de los casos, una inmensa ignorancia sobre la economía y el manejo de la cosa pública. También las crisis constituyen un exigente test para la solidaridad, tan generosa y tan fácil cuando sobra el dinero y tan cómoda de llevar fuera de fronteras, a través de fundaciones y sus expertos muy bien instalados, que ayudan a investigar los “problemas sociales”, sin preguntarse nunca cuánta responsabilidad les cupo, en esos “problemas”, a los países de donde vienen las financiadoras fundaciones.
A mucho de esto hoy se enfrenta Europa. El viejo continente fue en el último tercio del siglo pasado “el ejemplo” en materia de justicia en cualquier campo que fuera. Desde allí, con no poca soberbia, se dictaba cátedra, al tiempo que se olvidaban los dos tercios anteriores en que se dieron en Europa las peores manifestaciones de la humanidad: las dos grandes guerras, los totalitarismos —fascismo, comunismo y nazismo—, genocidios y campos de concentración —los de Hitler, Lenin y Stalin—, racismo, discriminación y las peores guerras fratricidas. Y paralelamente y con más soberbia aún, no reconociendo y hasta negando y repudiando a quienes le echaron una mano para poder levantarse tras sus propias catástrofes.
Hoy las cifras nos dicen que en Europa han aumentado los pobres, que la desigualdad crece y se ensancha la brecha entre ricos y pobres. En España se ha triplicado y más (de 370.000 pasaron a 1,3 millones) el número de los acogidos por Cáritas; en el Reino Unido los británicos que acuden por comida a las instituciones benéficas se han multiplicado por 20 y se informa además de la reaparición de enfermedades como la malaria y la peste en Grecia. Paralelamente, la participación en los ingresos de los ricos, crece. En España las cifras son muy elocuentes: hay ejecutivos de bancos, por ejemplo, que ganan hasta casi 50 veces más que el empleado medio. Y eso en plena crisis.
Lo grave de todo esto es que la gran mayoría de analistas y dirigentes atribuyen este deterioro social, este aumento de la desigualdad, a las medidas aplicadas para contrarrestar los efectos de la política anterior que causó y precipitó la crisis. Nadie se acuerda de los subsidios agrícolas y sus consecuencias, a nadie se le ocurre pensar que la causa de todo fue la falta de previsión, las políticas redistributivas y los beneficios sociales sin ton ni son, repartidos alegremente sin medir su viabilidad económica.
En definitiva, lo que hicieron fue repartir pescado sin enseñar a pescar. Si no se ve esto, si se sigue actuando con “tapaderas”, aludiendo a un pasado de ficción, y se niega la causa real de los males, no será fácil la salida.