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    Las declaraciones del cardenal Sturla

    Sr. Director:

    No es necesario dar demasiados detalles sobre los dichos navideños del cardenal Sturla ni sobre las posteriores aclaraciones realizadas por el Cardenal en el programa “Desayunos Informales” de La Tele en la mañana del día después. Recomendamos a los lectores que vean la grabación de dicho programa, utilizando recursos como YouTube, y juzguen por sí mismos los dichos del Cardenal y la forma como se instrumentó el desarrollo del reportaje.

    Lo importante es el contenido de las declaraciones del Cardenal que pretenden quitarle trascendencia a la frase del “balde laicista”, utilizado en la misa navideña, que le resultó un boomerang.

    Hay un dicho popular que reza que muchas veces cuando se pretende aclarar algo lo que se logra oscurece más el panorama. Como cuando dice que el laicismo es un dogma, como si fueran negativos los dogmas. Por Dios, Cardenal, lo invitamos con todo respeto a consultar el Diccionario y repasar la definición de dogma. A lo que debemos oponernos no es a los dogmas sino a los dogmatismos que son verdades reveladas o que se comportan como tales. Y vaya si las religiones tienen dogmatismos y los utilizan blandiéndolos a troche y moche como el as de bastos. Por lo tanto, a quien le caiga el sayo que se lo ponga.

    Pero además el laicismo no es un dogma, sino una doctrina que procura que se genere en la sociedad civil un ámbito de libertad para todos los ciudadanos. Libertad de creer en lo que cada conciencia le dicte a cada uno en materia religiosa o de no creer en nada si eso es lo que surge de su conciencia libre.

    Pero esto ya se ha convertido en un diálogo de sordos. Y parafraseando la proclama del Obelisco, leída por el gran Alberto Candeau, al final de la dictadura, no hay peores sordos que “aquellos que no quieren oír”. No es la primera vez que la Iglesia uruguaya incurre en estos excesos, en el marco de sus fiestas religiosas. El obispo Milton Trocolli dijo en vísperas de una Semana Santa, uno o dos años atrás, entre otras cosas, que el laicismo era responsable del aumento de la tasa de suicidios entre los jóvenes.

    Por lo tanto, vuelvo a citar en esta querida y muy respetada sección de Cartas al Director del semanario Búsqueda las definiciones sobre laicidad y laicismo del Diccionario de la Real Academia Española, RAE, que por cierto no tiene una base ateísta o anticlerical, y dejo al lector que saque sus propias conclusiones, acerca de lo que se pretende hacerles decir a la laicidad y al laicismo.

    Laicidad: “Principio que establece la separación entre la sociedad civil y la sociedad religiosa”.

    Laicismo (tomar nota que la terminación ismo la aplica la Academia a una doctrina o corriente de pensamiento: “Independencia del individuo o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa”.

    Lo que queda claro que la laicidad es una sola y lo de “positiva”, como si hubiera una laicidad negativa, es un invento mal intencionado de la Iglesia para quitarle la fuerza doctrinaria que proviene del laicismo, doctrina que no es ni atea ni anticlerical ni antirreligiosa.

    Y menos en el Uruguay, donde el Art. 5 de la Constitución incorpora claramente nuestra concepción de laicidad, que no difiere de la interpretación de la RAE, según el texto siguiente: “Todos los cultos religiosos son libres en el Uruguay. El Estado no sostiene religión alguna. Reconoce a la Iglesia Católica el dominio de todos los templos que hayan sido total o parcialmente construidos con fondos del Erario Nacional, exceptuándose solo las capillas destinadas al servicio de asilos, hospitales, cárceles u otros establecimientos públicos. Declara, asimismo, exentos de toda clase de impuestos a los templos consagrados al culto de las diversas religiones”.

    El balde que nos tenemos que sacar muchos uruguayos de la cabeza no es laicista precisamente sino que es el balde de los dogmatismos, los religiosos y los no religiosos como los que conducen a todo tipo de fundamentalismos, incluyendo al que Juan Luis Cebrían, director fundador del prestigioso “El País” de Madrid, calificara, desde el título de un libro de su autoría, como “El Fundamentalismo Democrático”. Ese fundamentalismo ha degenerado en varios países de América en los llamados populismos que tanto daño le han hecho a la convivencia social.

    La Iglesia uruguaya debería dedicar su inteligencia y su energía no a combatir al laicismo sino a encauzar todas las avenidas que conducen a esa fuerza creadora a la que no tenemos ningún inconveniente en llamar Dios, en procura de reforzar la vida espiritual de todos nuestros compatriotas, tanto los que practican una religión y creen en Dios como los que no lo hacen y no creen, porque todos compartimos esta peripecia vital y somos hermanos provenientes de un mismo origen, que nos conduce a la necesidad de revitalizar y fortalecer los alicaídos valores morales que no son patrimonio de ninguna religión en particular sino que, en todo caso, integran la corriente del humanismo cuyo primer gran exponente fue precisamente Jesús de Nazaret.

    Y deberíamos entre todos, los que creen y los que no creen, buscar una solución a los graves problemas como el de la educación pública, dejada a la merced de los corporativismos que tanto la han lastimado y la han dejado muy maltrecha, en situación de caída libre.

    Gastón Pioli