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    Las dudas y el inspirador

    Nº 2203 - 8 al 14 de Diciembre de 2022

    Hay una famosa frase de Arthur Rubinstein que cae a medida para iniciar esta columna: “No hay música mejor que otra; hay músicas diferentes y lo importante, para quien las componga o ejecute, es que lo haga porque sale no del intelecto sino de la emoción, su emoción”.

    Es verdad: Rubinstein hablaba de la música clásica, pero supongo no exagerar si extiendo ese concepto, en lo esencial, a otras expresiones, incluso las músicas populares. La otra cuestión es si a todos los compositores o intérpretes les llega esa emoción tempranamente o deben recorrer un camino algo escarpado para que aparezca el impulso y se corrija la dirección.

    Lidia Borda, nacida en abril de 1966 en San Martín, provincia de Buenos Aires, es reconocida, a partir de 1995, como una de las mejores cantantes de tango del Río de la Plata. ¡Casi con 30 años! ¿Una artista tardía? No. Lidia es la menor de varios hermanos, todos músicos. De niña estudió Bellas Artes y teatro y canto a partir de la adolescencia: “A los seis años escuchaba los discos de Pink Floyd que ponía mi hermano Alejandro, los de Mikis Theodorakis que traía mi otro hermano Luis, a Mercedes Sosa por mi mamá y algo de tango por mi papá. ¡Un puchero a la española!”.

    Además, la banda Ave Rock —donde tocaba el guitarrista Luis Borda— ensayaba en su casa y, como para servir el postre, se acostumbró a visitar el Teatro Babilonia, donde se presentaban Dalila y los Cometas Brass, Alejandro Urdampilleta y Humberto Tortonese. A partir de los 10 años empezó a cantar en la banda que dirigía el pianista Patán Vidal, luego lo hizo con integrantes separados de la Mississippi Blues Band y terminó armando, ya adolescente, el espectáculo Lidia Borda y los Moyanos, mezclando jazz y blues. De tango, nada, aunque entonces ya admitía que le gustaba.

    “Yo tengo una voz aguda y parecía que para el tango no servía. La sensación era que tenías que tener calle y ser una reventada. Pero ahí, en esa etapa, conocí a Luis Cardei, que cantaba de una manera totalmente opuesta a lo que yo conocía: en vez de desbocarse a los gritos como los tipos que cantaban en las cantinas —matones delante de una orquesta—, Luisito, con su voz pequeñita y una enorme sensibilidad se hizo un sitio de privilegio en el gusto de la gente. A él, con quien hablé mucho, le debo haberme dedicado solo al tango; por él terminé aceptando mi voz y dándome cuenta de que gustaba”.

    Debutó acompañada por su hermano Luis y por Héctor del Curto; al año siguiente, 1996, actuó junto con Cardei y el cuarteto de su hermano y su primer viaje al exterior fue con el espectáculo Glorias porteñas, en compañía de Brian Chambouleyron, sustituyendo a Soledad Villamil; también grabó su primer disco, Entre sueños, acompañada, entre otros músicos, por el entrañable Antonio Pisano. En su discografía vinieron luego Patio de tango, Será una noche, La segunda —donde incluyó instrumentos de percusión y viento—, una exótica versión de Gricel, con el sobresaliente chelo de Martín Inannaccone, Ramito de Cedrón, Manzi, caminos de barro y pampa, Tal vez será su voz y Puñal de sombra, coqueteando con el folclore en Canciones de Atahualpa Yupanki.

    Lidia, en los años de la madurez, ha recibido la aprobación popular y múltiples distinciones: ganó el premio Gardel 2011, el premio de la Fundación Konex en 2005 y en 2015, en 2018 fue calificada como Personalidad Destacada de la Cultura de la Provincia de Buenos Aires y en 2019 declarada Ciudadana Ilustre de la capital argentina.

    El tango le abrió las puertas del mundo: ha hecho giras por América y Europa, participando en los festivales Grec, en España; de Otoño, en Portugal; de Cité de la Musique y Chaillot, de Francia; del Lenguaje de Identidad, en Alemania; del Bergen Festival, en Noruega; del Festival de Danza y Teatro, en Perú, y del Festival Internacional de Tango, en Buenos Aires. Antes, en 2002, participó como representante de Latinoamérica en la ceremonia de reapertura de la histórica Biblioteca de Alejandría, en Egipto.

    Según Ricardo García Blaya, Lidia “es dueña de un bello timbre de voz, buen gusto, fraseo y afinación y no cae en la tentación de la estridencia”.

    Ella, hace poco volvió a recordar a su inspirador, aquel que ya se fue pero antes, con dulzura y serenidad, le abrió la puerta de la emoción interior y, al fin, del éxito: “Luisito fue fundamental para mí. No me canso de agradecerle a la vida haberlo conocido”.

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