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    Las formas de la tolerancia

    Nº 2237 - 10 al 16 de Agosto de 2023

    Un importante intelectual brasileño que acompañaba a Lula en sus giras presidenciales me contó que cuando estuvo en la Argentina quedó sorprendido con la omnipresencia de las figuras de Perón y Evita en carteles, pintadas, eventos y discursos políticos. Lula argumentó que él alguna vez podía mencionar en un discurso a Getúlio Vargas pero que lo hacía muy raramente y como algo que, pese a ser importante, era parte del pasado.

    Juan Domingo Perón murió el 1º de julio de 1974, hace ya casi 50 años, y su presencia sigue siendo determinante en la escena argentina. Como es de esperar, se lo evoca a menudo en el ámbito de la política pero también en el campo intelectual y artístico, donde, en los últimos años, suscita adhesiones fervorosas. El peronismo, que tradicionalmente fue un movimiento que tuvo muchos altibajos en los círculos artísticos e intelectuales y mucho rechazo en su primera época y también en los años 90, a partir del surgimiento del kirchnerismo, en 2003, se convirtió para los intelectuales en sinónimo de progresismo y otorgamiento de derechos. Esto les ha permitido usar las instituciones públicas para hacer propaganda sin que esto genere grandes críticas u objeciones. En el monumental Centro Cultural Néstor Kirchner, el más grande de Sudamérica, puede verse en el hall, cerca de una obra cinética de Julio Le Parc, el auto Justicialista, de industria nacional, que puede ser admirado por todos los visitantes como si fuera una obra de arte que sintetizara aspiraciones estéticas y orgullo nacional. Hace no mucho tiempo, en el hermoso auditorio del mismo centro cultural, el público podía asistir un 17 de octubre (Día de la Lealtad del peronismo) al concierto Cancionero peronista, en el que una orquesta con más de 20 músicos interpretó canciones relativas al movimiento político, terminando como no podía ser de otra manera con la Marcha peronista. Uno se pregunta por qué el Ministerio de Cultura de la Nación pone a tantos músicos (pianista, violinistas, cantantes solistas, coro, percusionistas…) a tocar una serie de canciones anacrónicas con una estética retro en una institución pública, pero la cantidad de público y los comentarios en YouTube nos dan una respuesta: “No paro de llorar. ¡¡¡Que emoción, por favor!!! Hasta la victoria siempre, venceremos. Perón o muerte, viva la patria”. O, según otro comentario: “Es algo espectacular! Llorar y llorar… VIVA PERÓN, CARAJO”, seguido de emoticones con la mano haciendo la V (pueden verse el evento y los comentarios en Cancionero peronista, https://www.youtube.com/watch?v=SGbBE20Jibw). Para que no me tilden de gorila (y es algo que suele hacerse cuando se desliza alguna crítica al peronismo), aclaro que el primer gobierno de Perón me parece que fue un gran avance para la Argentina y que mi padre fue peronista y yo mismo fui afiliado al peronismo en los años 80. De todos modos, más que una crítica política, me pregunto por qué en el ámbito de la cultura el peronismo (en su variante actual del kirchnerismo) tiene tanta aceptación y por qué el gobierno se encuentra legitimado para realizar este tipo de eventos. Es cierto que el Centro Cultural Kirchner u otras instituciones oficiales también hacen muchísimas exposiciones y eventos de gran calidad que no son doctrinarias (en este momento, por ejemplo, hay una muestra sobre poesía visual y otra muy buena con el patrimonio del Museo Nacional de Bellas Artes), pero las actividades con tinte oficialista y nacionalista (y no son pocas) no reciben las críticas que, por ejemplo, recibía el anterior gobierno. Se dirá por ejemplo que el Centro Cultural Kirchner es una obra fundamental y de instalaciones de excelencia hecha por el peronismo, y eso es cierto, pero no es menos relevante el notable edificio que alberga el Archivo General de la Nación que hizo el anterior gobierno, y es difícil encontrar menciones en las redes. Y no es que eso sea efecto de iniciativas propagandísticas gubernamentales sino que marca concepciones y creencias muy arraigadas en la sociedad.

    Otra exposición abierta hace poco tiempo en el mismo Centro Cultural Kirchner nos puede dar algunas respuestas. La participación al poder rememora un acontecimiento hermoso del primer peronismo, cuando el presidente Perón, para diseñar el Segundo Plan Quinquenal, convocó a la ciudadanía para que hiciera propuestas. Entre 1951 y 1952 llegaron cerca de 70.000 cartas y la curaduría convocó a varios artistas contemporáneos para que hicieran obra a partir de las cartas que ellos eligieran. La calidad de las obras es dispar, y aunque se destacan algunas (sobre todo la de Alicia Herrero), lo que sorprende es la cantidad de textos explicativos, el relato una vez más de hechos por todos conocidos y el modo totalmente acrítico con el que se revisita el archivo. Resulta obvio que entre semejante cantidad de cartas-proyectos haya iniciativas originales e increíbles pero no se dice nada del autoritarismo o el fanatismo que puede leerse en muchas de ellas y cómo ya en varios proyectos se perciben señales de agotamiento del gobierno en curso (aunque el desastroso golpe militar de 1955 parecería eximir de cualquier autocrítica). ¿Por qué una muestra que ha invitado a artistas muy relevantes para dar cuenta de un archivo es enmarcada por títulos y textos celebratorios y hasta militantes cuando podría haber sido una visión dotada de matices e interpretaciones abiertas?

    El uso oficialista de instituciones estatales que en principio deberían tener un perfil más pluralista se explica en parte porque el peronismo ha logrado identificarse como movimiento de la patria y de la nación (y, complementariamente, señala a sus adversarios como la antipatria). La presencia en el discurso cultural no es tan explícita como lo fue durante el primer peronismo, pero sobrevuelan sutilmente diferentes expresiones y propuestas. Al final, como era de esperar, desembocó en el actual nombre del partido gobernante para las próximas elecciones (Unión por la Patria) y promete ser un capital muy activo en los años por venir. La intelectualidad suele ser bastante tolerante a estas operaciones y hoy el peronismo ha logrado convertirse en sinónimo de “otorgar derechos”, así como la oposición, por inferencia, de quitarlos. La tolerancia del discurso intelectual con el peronismo es notable, glorificando algunos hechos y silenciando o minimizando otros. Es más, algunos hechos del peronismo (tal vez el más grave de todos es haber iniciado la represión violenta e ilegal desde el Estado durante el período 1974-1976) parece que no formaran parte de sus prácticas sino que son producto del complot o la traición (algo que también suelen decir del gobierno peronista de Carlos Menem, que introdujo las reformas neoliberales en la Argentina). Según el funcionamiento de sus aceitados mecanismos paranoicos, todo lo que no funciona es el resultado de complots del poder dominante con la intención de demoler su trabajo incansable por una patria justa, libre y soberana.

    Los materiales exhibidos en la muestra La participación al poder, sobre las cartas enviadas por los ciudadanos para el Segundo Plan Quinquenal, permiten otra lectura. Existen, en ese archivo, dos imaginarios funcionando que han sido muy poderosos y siempre han estado muy presentes en la historia argentina. Por un lado, un relato de comunidad que en este caso está impulsado desde el Estado alrededor de la idea de pueblo y, por otro, un relato compuesto de invenciones, a menudo individuales o realizadas en soledad, muchas veces disparatadas, que aspiran a dar el batacazo y que en otros momentos históricos asumió la forma plebeya de una conspiración o un complot. Nos hemos acostumbrado a pensar esos dos relatos (el comunitario y el individualista) como opuestos (y es verdad que cada uno de ellos necesita, o cree que necesita, suprimir al otro para sobrevivir), pero lo cierto es que a menudo aparecen entreverados, dependientes entre sí o haciendo una suerte de canon musical. Son dispositivos muy presentes en el imaginario argentino y que no dejan de recorrerlo en todas direcciones, y en trayectorias a menudo difíciles de definir. No quiero que se entienda que adscribo estos relatos a un movimiento o a una ideología política, entiendo que una de las tareas de la crítica es no solo calibrar la fuerza que tienen en el imaginario sino también cómo sus fronteras son mucho más borrosas de lo que suele decirse y no admiten esa pasión tan común hoy en nuestro país, la pasión por la dicotomía. Se vienen momentos muy difíciles y, por más que las simplificaciones sean muy seductoras, resultan más la supervivencia de un relato que una descripción del actual estado de cosas.

    (*) Doctor por la Universidad de Buenos Aires, investigador de Conicet, profesor visitante en Stanford University y Universidad de Sao Paulo y escritor de numerosos ensayos sobre el cine argentino y latinoamericano.