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Es una novela de tono delicado y bellísimas imágenes, pero de historia desoladora. Hay caballos, pájaros, olor a mar y a campo, a dulce de higo y a la humedad de los viejos apartamentos. En Montevideo y en Rivera se desarrolla esta narración desgranada en breves fragmentos que cuentan la vida de una familia desde los ojos de la más joven de sus integrantes. A su autora, Rafaela Lahore (Montevideo, 1985), le gusta elegir la imagen del puzle para explicar cómo fue armando la trama, que tiene como figura central a su madre. “Antes de que yo naciera, mi madre ya había escrito una nota de suicidio”, dice la narradora en el primer fragmento, y a partir de allí la historia da saltos en el tiempo. Allá en el norte estaba la abuela, casada con su primo Amantino, un hombre seco de alma que llamaba a sus hijos con apodos: el Rengo, el Pajero, la Loca. Ese abuelo estaba tocado por una locura violenta que contaminaba la vida familiar. En la novela hay momentos de una placidez fugaz en la playa, en las noches estrelladas o en la cama con la abuela mientras lee un libro de adivinanzas. A la madre de la protagonista le gusta recordar un pasaje de La Ilíada en el que Zeus reparte toneles con pesares y alegrías. Como buen dios malvado, a veces los mezcla o, peor aún, reparte solo desdichas. De ese destino incierto se trata también esta novela. Lahore es egresada de la carrera de Comunicación de la Universidad Católica y desde hace cuatro años vive en Santiago de Chile donde ha colaborado en varios medios. En Santiago estudió un diplomado en corrección de estilo y también en escritura creativa en la Universidad Diego Portales. Debimos ser felices es su primera novela y recibió el premio Mejores Obras Literarias (2019) del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile en la categoría inédita. Este año la publicó la editorial chilena Montacerdos, y ahora la uruguaya Criatura Editora. Lahore estuvo en Montevideo para su presentación en la Feria Ideas +, y mantuvo la siguiente entrevista con Búsqueda.
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—La novela se originó en un taller de Leila Guerriero…
—Para mí ese taller fue un antes y un después, y no lo digo como una frase hecha. Ahí conocí a mi pareja y eso significó que me mudara a Chile, donde me pude dedicar cien por ciento al periodismo. El taller fue en El Salvador en la Fundación Nuevo Periodismo, que ahora es la Fundación Gabo. Duró cinco días en los que Leila exponía durante unas horas y después nos mandaba un trabajo. Los cuatro primeros fueron periodísticos, teníamos que salir a reportear, pero en el último nos pidió que escribiéramos sobre nuestra madre. Nos dijo que cuanto más sabemos sobre algo, mejor escribimos. Lo escribí y tuvo muy buena recepción en el taller. Entonces mi pareja me insistió con que siguiera escribiendo. Yo no veía que hubiera allí un tema a desarrollar, me parecía que mi madre, más allá de sus peculiaridades, era como cualquier otra. Cuando me inscribí en el diplomado de escritura había que trabajar en un proyecto, entonces tenía varios fragmentos escritos y seguí avanzando.
—¿Cómo repercutió la novela en tu mamá y en tu familia?
—Mi familia recién ahora lo está empezando a leer, así que no he tenido muchas devoluciones. Lo que sí quise fue que mi madre la leyera antes de que se publicara. Cuando vine en febrero me senté con ella mientras la leía por si tenía que parar y seguir otro día. Algunas cosas le chocaron, como el primer fragmento, le inquietaba cómo lo iban a tomar en la familia. Pero creo que para ella fue importante poder canalizar muchas de sus oscuridades a través de la novela.
—¿Por qué elegiste contar la historia en fragmentos breves?
—Por un lado, lo adjudico a que empecé a escribir de a pedacitos la novela. Por otro, a que tenía que condensar la historia de tres generaciones y hubo algo de intuición, de seguir el funcionamiento de la memoria. Me fui acordando de ciertas escenas e imágenes. También le hice entrevistas a mi madre. Pero no había un hilo que unificara esos recuerdos. Tenía una cantidad de vacíos que fui llenando con la ficción. Me gusta usar la imagen del puzle. Son fichas que trato de ordenar y al final se arma algo parecido a una figura.
—También elegiste narrar en una primera persona distante…
—Lo que me interesaba sobre todo era el tema de la salud mental de la madre y también del abuelo, pero no quería que fuera una narración sentimental o desbordada. Creo que esa distancia se rompe un poco en las últimas páginas porque durante la novela pasaban frente a los ojos de la protagonista una cantidad de situaciones, sobre todo cuando era niña, y no había ningún juicio, no se sabía qué había sentido. Entonces al final quise decir cómo lo había vivido.
—¿Cómo fue afrontar el tema de la depresión en la familia?
—Me interesaba tratar el tema de la enfermedad mental, pero no desde el punto de vista del depresivo o suicida, sino desde el entorno familiar para mostrar cómo lo contamina. Quería mostrar la falta de comunicación que genera una persona con depresión, explorar la herencia simbólica en la abuela, la madre y la hija a través de pequeños detalles cotidianos. No se puede juzgar a alguien depresivo, pero tampoco caer en las trampas de su dolor. La protagonista trata de pasar esa línea, de cortar con esa contaminación. No sé cómo se leerá, porque a veces puede ser un poco dura con su madre. Es curioso que en Chile hayan tenido una lectura muy feminista de la novela. Cuando la escribí no pensaba para nada en ese tema.
—El título puede llevar a varias interpretaciones sobre la felicidad.
—Me gustó el doble sentido. “Debimos ser felices” es una frase que dice la madre mientras mira una foto con las tres protagonistas en la playa. Es una escena plácida, que lleva a pensar en un momento feliz. Uno de los sentidos de la frase podría ser “no fuimos felices”, pero otro, “tal vez fuimos felices y no nos dimos cuenta”. Me gusta que quede a decisión del lector.
— “Siento que la vejez es eso”, piensa la protagonista cuando ve moscas en las piernas de señoras mayores. ¿Te surgieron primero ese tipo de imágenes y después la narración?
—Me centré más en las imágenes y sensaciones que en la trama. Quería que el lenguaje fuera potente, acercar la poesía a la narración. No soy poeta, pero quería concentrar la historia de esa manera. Cuando era chica me encontraba a menudo con esas señoras sentadas en la vereda que no espantaban las moscas de sus piernas. Había algo que me inquietaba y no me daba cuenta por qué. Después me volvió la imagen cuando en el velorio del tío muerto aparecen las moscas en su rostro y nadie las espanta.
—¿Influyó en algo tu experiencia periodística en esta novela?
—Al principio partí de algo muy periodístico con entrevistas a mi madre. Un día fui al Vilardebó porque mi abuelo había estado internado y quería investigar en su ficha, que finalmente no encontré. Pero a medida que fue pasando el tiempo me di cuenta de que no quería hacer un documento histórico ni una crónica. Tenía fotos, pero no muchas. Jugué más con las fotos mentales que tenía mi madre y con su relato. La novela está muy atravesada por lo que ella dice que sucedió y no lo contrasté. Por ejemplo, la visión que tenía sobre su padre. Esa narración, al fin y al cabo, es la que se cuenta a sí misma.
—¿Cómo viviste el estallido social en Santiago?
—Siempre digo que el viernes 18 de octubre de 2019 me metí en un túnel del que todavía no salí porque después del estallido vino la pandemia. Empezó de golpe con los estudiantes que se saltaban la entrada de los metros y terminó con medio país incendiado y una brutal crisis política. Piñera llegó a tener 4 % de aprobación. Entonces se discutió mucho por qué periodistas, analistas y políticos no habían visto venir ese estallido. Yo había llegado dos años antes y había muchas cosas que me resultaban violentas y pensaba cómo la gente no salía a la calle a protestar. Las diferencias sociales son muy grandes y eso se siente en la salud, en la educación, en todas las instituciones del Estado. El costo a nivel de derechos humanos fue tremendo, pero, por otro lado, ese estallido derivó en un gran avance para Chile. Se logró discutir una nueva Constitución porque hasta ahora seguía vigente la avalada por Pinochet. En abril habrá elecciones para elegir la Asamblea Constituyente y los chilenos decidirán qué país quieren ser.