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    Las paradojas de Bill Gates

    Sr. Director:

    Ciertas personas muy destacadas en alguna disciplina suelen creer que pueden extrapolar su pericia a otro u otros rubros de actividad con el mismo éxito.

    Así, surgen jugadores de fútbol trasladados al periodismo deportivo, artistas devenidos en políticos o abogados ejerciendo de opinólogos en cualquier panel televisivo.

    Esas extrapolaciones en general resultan muy frustrantes, porque pedirle a alguien que sea tan eficiente en una disciplina que no conoce como en la que domina es como pedirle peras al olmo.

    Acaso el peor de los ejemplos al respecto sea el del Sr. Bill Gates, empresario informático muy exitoso, que se ha vuelto profeta. Sí: profeta.

    William Henry Gates III (Seattle, Washington, 1955) fundó junto con Paul Allen la empresa Microsoft, desarrolladora del fantástico sistema operativo Windows hoy adoptado en forma casi universal.

    No hay ninguna duda de que ese sistema operativo y muchas otras innovaciones que introdujo Microsoft en la órbita digital representaron verdaderos saltos de calidad que impulsaron a la computación al vertiginoso desarrollo que ostenta hoy día.

    Tampoco hay dudas de que la fría inteligencia de Gates, y acaso su bajo umbral de escrúpulos éticos, lo condujo a aplastar a la competencia desde chiquita, a disfrutar de una posición hegemónica, a deshacerse de socios que pudiesen llegar a hacerle sombra y a cosechar una fortuna de dimensiones obscenas, alrededor de 100.000 millones de dólares, que lo ha vuelto el primer o segundo hombre más rico del mundo y de la historia.

    Sea dicho también, en su beneficio, que Gates es un filántropo generoso que ha efectuado ingentes donaciones con fines altruistas.

    Pero de allí a creerse un profeta y lanzar sus tremebundos oráculos desde el parnaso de su fortuna, sobre temas tan diversos como infectología, pandemias, virus, alimentación, el futuro de la humanidad, el planeta Tierra y el universo, etc., etc., etc., es de una desubicación que solo la soberbia puede producir.

    Gates estudió apenas dos años en la prestigiosa Universidad de Harvard, a la que abandonó para dedicarse de lleno a sus desarrollos y negocios informáticos.

    No hay duda de que es un hombre de una inteligencia singular.

    Pero resulta pedantesco y hasta ridículo cuando lanza sus profecías, que, también hay que decirlo, todos consumimos.

    Ahora le ha dado por denostar a la ganadería.

    En una de sus últimas diatribas proféticas ha dicho que “los países desarrollados deberían abandonar la ganadería industrial y comer exclusivamente carne sintética si queremos sobrevivir como especie”.

    Ese aserto, entre muchos otros, está incluido en su trabajo Cómo evitar un desastre climático.

    Declara allí que “después de haber investigado durante diez años el antropoceno” (no revela procedimientos de investigación ni fuentes de conocimiento) llega a la conclusión de que es la “primera vez que una especie pone en riesgo su supervivencia voluntariamente”.

    “Hay que parar al metano” —dice Gates y uno lo imagina golpeando el báculo profético contra el suelo como lanzando un anatema.

    El 50% del metano presente en la atmósfera, con efecto invernadero, es producido por las actividades humanas, lo cual no parece preocuparle demasiado a Gates, pero sí la tercera parte derivada de la ganadería. Una de las medidas que sugiere para disminuir el metano fruto de la doble digestión del ganado es cambiar la alimentación del mismo, regulando las bacterias que participan en su proceso digestivo.

    Pero, sobre todo, propone Gates, pasar a consumir “carne sintética” elaborada con proteínas de origen vegetal y abandonar la ganadería.

    Gates quiere “parar el metano” que produce el ganado por su efecto invernadero y sus consecuencias en el cambio climático.

    Paradojalmente, nada dice del terrible impacto ambiental de su rubro de negocios.

    Si algo caracteriza al desarrollo tecnológico actual, del cual Gates es uno de los principales protagonistas, es su vértigo. Uno no ha terminado de entender el manejo y las prestaciones del gadget que adquirió el año pasado, cuando el mismo ya ha quedado obsoleto, algunas aplicaciones ya no las recibe y por todos lados se ofrece la nueva versión con muchas más prestaciones y recursos que, más pronto que ligero, perderán vigencia aún antes que los hayamos usado.

    En el año 2016 la humanidad desechó 45 millones de toneladas de aparatos tecnológicos y electrodomésticos por un valor estimado de 62.500 millones de dólares. Esa montaña de chatarra tecnológica seguramente ha crecido exponencialmente en este último lustro. No hace falta decir que una considerable porción de esos desechos se debe a las empresas de Bill Gates y a la obsolescencia programada, un recurso comercial cuestionable desde la ética que debiera ser estudiado por los abogados del mundo entero a ver si no constituye un fraude al consumidor.

    Peor aún. Estos desechos se envían ilegalmente desde occidente a vertederos tóxicos en países como Filipinas, Ghana, Nigeria o la propia China.

    El impacto ambiental que causa la rápida obsolescencia programada de estos equipos electrónicos, en emisiones de CO2, en contaminación del agua y de las cadenas alimentarias, es incalculable. Un análisis realizado por el Bureau Europeo del Ambiente (EEB) calculó que extender la vida útil de los aparatos electrónicos y los electrodomésticos por un año más ahorraría 4 millones de toneladas de CO2, el equivalente a retirar de las carreteras 2 millones de automóviles por año…

    Todos sabemos que la ganadería es el principal rubro de exportación del Uruguay. Nuestras carnes, por su calidad, su nivel sanitario, su trazabilidad, son apetecidas por los mercados más exigentes de todo el mundo. Entonces, estas inopinadas sugerencias del Sr. Gates en el sentido de que los mercados desarrollados debieran volcarse a lo que él llama “carne” sintética (debe prohibírsele el uso del sustantivo “carne”) viniendo de un personaje tan influyente nos hacen daño y las rechazamos de plano por falaces y mal fundadas. ¿Ignorará el Sr. Gates que durante millones de años, en las vastas sabanas de todo el mundo, se desarrollaron manadas enormes de herbívoros que vivían en perfecto equilibrio con el resto de la Creación?

    ¿Ignorará que donde se practica ganadería extensiva e intensiva, como en Uruguay, la huella de carbono tiende vigorosamente a cero?

    En fin, tratándose de este sagaz y exitosísimo empresario es seguro que detrás de sus declaraciones en contra de la genuina producción cárnica, yazga oculto algún interés propio en la producción de chuletas sintéticas. ¡Bon appetit, Bill!

    Álvaro Secondo Escandell

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