Al entrar a la peluquería de mi barrio no puedo dejar de recordar el poema de Pablo Neruda “Walking around”:?
Al entrar a la peluquería de mi barrio no puedo dejar de recordar el poema de Pablo Neruda “Walking around”:?
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSucede que me canso de ser hombre.Sucede que entro en las sastrerías y en los cinesmarchito, impenetrable, como un cisne de fieltronavegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Esperando turno en las estrechas banquetas no necesito traer de la tumba a Neruda para que me los explique.
Hago el aguante lejos de donde el amoníaco extiende sus deditos sobre las cabezas hirsutas de las mujeres que esperan, embadurnadas y embutidas, a que sus pelos se domen: pelos negros en rubios, canas en reflejos dorados, abigarradas motitas en mechones rectos.
Observo, resignada, al igual que esos seres varados en un aeropuerto, en una cola durante una escasez de alimentos.
Veo mujeres con pies desnudos sobre el regazo de una trabajadora inclinada. El verano se acerca y hay que lucir las uñas rojas y redondas en las sandalias. Las pedicuras se dan maña sobre aquellos pies ajenos: los dedos deformes por tantos años de zapatos de punta y taco se separan con bolas de algodón. Mientras luchan con sus callos, la clienta mira con complacencia.
Luego están las que se depilan: aparece una peluquera con un recipiente donde bulle una sustancia verdosa que parece pasta de víbora: es cera para arrancar de cuajo los bigotes. Las mujeres saltan en sus butacas de dolor. ¡Zas!, se les llenan los ojos de lágrimas, pero se quitan el sospechoso bozo de la androginia.
No quiero pensar lo que sucede en el subsuelo de la peluquería, donde las mujeres se permiten dejar al raso sus partes pudendas, como cuando eran bebés.
Y qué decir de la doble fila humeante de sillas donde mujeres sentadas hojean las revistas del corazón (la farándula argentina es allí donde consigue su verdadero éxito), mientras otras mujeres, paradas, les estiran con los secadores las guedejas.
Prrrrrrrr, prrrrrrrrr, hacen los secadores. Los brazos de las peluqueras van y vienen en un gesto mecánico e infinito: el brushing se impone en el Uruguay uniformador de vieja cuña batllista. Pelo lacio y, a ser posible, claritos.
Y yo miro aquel trasiego que los viernes y sábados se hace tumultuoso, y miro el cuerpo de las trabajadoras que mueven sus brazos sin cesar, estiran mechones y pasan cepillo y secador de mano una y otra vez.
Y todo ello paradas, con los riñones dolientes, con los pies hinchados, con las várices acechantes, con la columna transformándose en un signo de interrogación, con las panzas de las embarazadas aguantando aquel trabajo implacable.
Unas se van orondas mirándose al espejo con la metamorfosis consumada. Las otras, hundidas en el cansancio, meten mano a la siguiente.
Una clienta melosa da propina a la chica que sonríe como un mendigo.
En el Uruguay del siglo XXI, el de los derechos civiles, las peluquerías son recintos medievales. Esclavas que dejan cabelleras de fotoshop.
Hay plata: un momento ideal para olvidar las injusticias.