N° 1821 - 25 de Junio al 01 de Julio de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos mitos no envejecen nunca y menos aún los mitos sexuales, que necesitan conservar la imagen viva y el fuego de los dioses por siempre encendido. Pero sí lo hacen las personas que posibilitan esos mismos mitos y que enferman, se apergaminan y mueren como cualquier mortal, a veces con dignidad y otras tantas de un modo triste, solitario, espantoso.
Laura Antonelli fue encontrada en su casa de Ladispoli, cerca de Roma, sin vida. Tenía 73 años y vivía de una pensión de 500 euros. Estaba arruinada, física, emocional y económicamente, esa belleza que había realizado películas con Lando Buzzanca, que había sido una estrella de la comedia erótica italiana (digna actriz aunque encasillada en el mismo papel), que había trabajado con directores como Luchino Visconti, Claude Chabrol, Dino Risi, Mauro Bolognini, Ettore Scola y Luigi Comencini. Un final de realismo sucio y furibundo.
Algunos amigos intentaron ayudarla. Otro tanto hizo por ella la caridad de la iglesia del barrio. No es justo que esa mujer radiante, como aparece en todas las fotos de la Web, se haya convertido en un cadáver irreconocible. Aquella bomba de Malicia y de Sexo loco a principios de los 70. Pero ella misma se había entregado, primero a la soledad, después a las drogas (tuvo que justificar 36 gramos de cocaína para consumo personal en un proceso legal que llevó varios años), más tarde a una atroz cirugía plástica que terminó de hundirla y le acarreó una internación psiquiátrica. En una carta fue tajante: “Agradezco que se preocupen por mí, pero la vida terrenal ya no me interesa. Quisiera ser olvidada”.
Esta criatura extremadamente sensual que había sido profesora de educación física, ese rostro de ángel en cuerpo de pecadora —como la definió la crítica italiana— dispuesto a enloquecer a Giancarlo Giannini, esa señora que subía una escalera para que contempláramos sus piernas y que fue pareja durante varios años de Jean Paul Belmondo, no merecía semejante final. Entiendo el último encierro de Greta Garbo, de Raquel Welch y de Brigitte Bardot, incluso el empastillamiento de Marilyn. No pido fuentes de rejuvenecimiento ni maquillajes imposibles. No todas las hermosas actrices tienen la suerte de Jane Fonda. Pido al menos que sea un atardecer digno como el de la actual señora Bárbara Bouchet, otro mito erótico del cine, casi de la misma edad que Laura Antonelli. Y no una noche sórdida de perros aullando en callejones con desperdicios.