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    Lecciones sobre marginalidad e inclusión

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2250 - 9 al 15 de Noviembre de 2023

    En Carrasco Norte, sobre los bañados de Carrasco y casi en el límite entre Montevideo y Canelones, se ubica el barrio Santa Eugenia. Se trata de un asentamiento irregular de 40 años de antigüedad en el que viven unas 250 familias, varias de ellas ya en su tercera generación. Hasta el año pasado carecían de acceso al agua potable y electricidad y aún no tienen saneamiento.

    Hay pocas estadísticas sobre las condiciones de vida en los asentamientos. Las encuestas de hogares suelen tener una baja representatividad en estas zonas, y los censos son poco frecuentes y no dan información suficiente. Junto con estudiantes de la Universidad de Montevideo y un grupo de voluntarios de la Asociación Civil Cireneos, realizamos en julio una encuesta que nos permitió acercarnos con más claridad a la realidad de Santa Eugenia.

    La población del barrio es joven: menos del 10% supera los 50 años y dos de cada cinco son menores. Los hogares que incluyen madre y padre y sus hijos biológicos constituyen el 32% del total. Le siguen en importancia los hogares encabezados por mujeres solas (25%) y los hogares biparentales con al menos un hijo de uno de los padres (23%). Las parejas sin hijos conforman el 9% de los hogares y los hogares encabezados por hombres son el 1,5%. Si se compara con la estructura familiar promedio en Uruguay, se ven en el barrio más hogares encabezados solo por mujeres, más hogares biparentales con al menos un hijo de uno de los padres y menos con parejas sin hijos.

    Casi todos los hogares reciben transferencias del Estado. Pero, incluso con este apoyo, el 80% de los hogares es pobre, y de estos casi uno de cada cuatro no llega a cubrir con sus ingresos una canasta básica de alimentos. La mayoría de las viviendas están construidas con materiales livianos o de deshecho, pisos de barro, con conexiones eléctricas precarias y sin acceso a saneamiento.

    ¿Cómo son los patrones de trabajo? La gran mayoría de los hombres (79%) reporta que trabaja y una fracción alta lo hace a tiempo completo. La mitad de estos empleos son informales. Los trabajos más habituales incluyen la construcción, la venta de tierra o leña, el trabajo en jardines o viveros o la clasificación de residuos. En el caso de las mujeres, trabajan en menor proporción y menos cantidad de horas que los hombres: solo la mitad trabaja y un cuarto lo hace a tiempo completo. La formalidad es un poco mayor en las mujeres que en los hombres, que se dedican sobre todo a tareas de limpieza o cuidados en residenciales, hogares o empresas y en menor medida a ventas. Tanto en el caso de los hombres como de las mujeres, son una minoría los que tienen un trabajo formal de más de tres años.

    Esta precariedad laboral está muy asociada a los bajos niveles educativos: 16% de los adultos son analfabetos, ocho de cada 10 no completó la educación media básica (tercero de liceo) y son muy pocos los que terminaron secundaria. Se observa además una estructura de roles de género bastante más sesgada que la que se observa en la población en general, tanto en lo que tiene que ver con el trabajo como en la estructura del hogar y los cuidados.

    La encuesta también nos da algunos indicios del impacto de estas condiciones en la alimentación y la salud. Uno de cada tres hogares en el barrio tiene inseguridad alimentaria moderada o severa, que significa que algún miembro del hogar se llegó a quedar sin alimentos, se salteó comidas o comió menos, consumió alimentos no balanceados o sintió hambre debido a la falta de dinero. Más de 40% de las mujeres tienen síntomas que las ubican en riesgo de depresión. Y la mitad de los encuestados califica la salud de sus dientes y encías como regular o deficiente y manifiestan haber sentido vergüenza por esta condición.

    El barrio combina problemas de vivienda, educación, trabajo, acceso a la salud y también de integración con el resto de la ciudad (el transporte que llega es de baja frecuencia, lo que segrega aún más a su población). Cualquier solución requiere una mirada integral y multidimensional, pero también una mirada cercana, humana, desde lo vincular. Y aquí es donde entro en la segunda parte de la columna. Me gustaría resaltar el trabajo que viene haciendo en Santa Eugenia el grupo Cireneos, un equipo de jóvenes voluntarios que, bajo el liderazgo del padre Juan Andrés Gordo Verde, depositó su mirada en el barrio y está transformando las vidas de muchos de sus integrantes. Me interesa destacarlo porque es en sí mismo un ejemplo maravilloso de empatía y trabajo solidario, pero sobre todo porque su accionar deja algunas lecciones sobre cómo afrontar como sociedad el problema de la marginalidad.

    Cireneos empezó ofreciendo actividades recreativas y apoyo escolar a niños y adolescentes y gradualmente se fue comprometiendo en mayor profundidad con sus familias. En los últimos dos años consiguió mudar a 70 familias a contenedores-vivienda, una solución que, aunque temporal, mejoró notoriamente la calidad habitacional y las condiciones sanitarias de estas familias. A través de apoyo escolar, escuela de fútbol y actividades recreativas se ha logrado una asistencia a la educación formal de los niños del barrio superior al 90% y por primera vez en 40 años tres jóvenes mujeres han ingresado a la universidad, fruto de un intenso acompañamiento. Actualmente el movimiento está embarcado en la creación de un barrio nuevo lindero a Santa Eugenia, en el que se planifica construir 120 viviendas permanentes junto con calles, alumbrado público, saneamiento y todos los servicios básicos. A esto se agrega un esfuerzo creciente por ofrecer cursos y talleres de capacitación de adultos para mejorar su inserción laboral y una policlínica que ofrece consultas odontológicas, pediátricas, dermatológicas, oftalmológicas y apoyo de parteras, entre otras.

    El accionar de Cireneos, aunque todavía en pleno proceso, deja ya varios aprendizajes sobre el combate a la exclusión. En primer lugar, no hay verdadera transformación sin una mirada empática desde la propia sociedad civil. Ser visto y escuchado por otros, sentir que hay alguien dispuesto a establecer vínculos y tender manos ya representa un gran paso hacia la transformación. Debemos trabajar esa mirada desde la educación formal y promoverla desde otras organizaciones de la sociedad civil. Un ejemplo de esto es el llamado que está impulsando la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa para acabar con la marginalidad, que se inició con un encuentro en el que participaron los tres expresidentes Luis Alberto Lacalle Herrera, José Mujica y Julio María Sanguinetti y que continúa ahora con el trabajo de los principales centros de investigación del país en la búsqueda de soluciones.

    El segundo punto es el enfoque integral y multidimensional para poder acabar con la pobreza y la marginalidad. La mayoría de los programas que apuntan a mitigar o eliminar la pobreza son parciales en sus enfoques: algunos tienden a fortalecer la educación, otros, a cubrir necesidades básicas a través de transferencias, algunos generan mejoras en las condiciones de vivienda o promueven la formación vocacional. Si bien cada una de estas políticas tiene impactos positivos, las barreras que surgen debido a deficiencias en las otras dimensiones limitan en gran medida su potencial. El enfoque de Cireneos para combatir la pobreza no tiene precedentes en su amplitud: busca brindar una solución integral a la pobreza extrema que fortalezca simultáneamente la vivienda, la educación de niños y adolescentes, las habilidades laborales, la atención en salud y la vida comunitaria y cultural.

    El tercer punto es la capacidad de los jóvenes de soñar en grande y arrastrar a otros en sus sueños. Ojalá sigamos encontrado muchos más jóvenes que nos inspiren y animen a creer que podemos cambiar la realidad.

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