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    León Fernández

    Sr. Director:

    Agradezco la publicación de esta carta en homenaje a quien fue un lector del semanario durante más de tres décadas.

    Nelson Fernández

    León Fernández. Fue ejemplo de un Uruguay con movilidad social, un país en el que el esfuerzo volcado en el trabajo, en la familia, en la vida, arroja el resultado positivo de logros heredados. Pero que también sufrió las limitaciones impuestas por condiciones de familia humilde.

    Tenía un diploma de “Idóneo para el Comercio” de la Universidad del Trabajo, que no pudo usar en un trabajo, porque al ser el único varón de los tres hijos de una lavandera maragata, debía trabajar en lo que le diera más salario presente, sin poder apostar a proyecciones futuras.

    Fue obrero de barracas y lavaderos de lana, y por liderazgo y empeño, se convirtió en representante de sus compañeros de trabajo. Y en épocas de varias centrales gremiales, batalló por la conformación de una central única.

    Fue uno de los tres firmantes de la convocatoria para una convención que acercara las posiciones y permitiera la unidad y presidió la mesa pro-central única junto a Héctor Rodríguez y Gerardo Cuesta, en el acto que hicieron en el Paraninfo de la Universidad de la República, para iniciar el proceso que desembocó en la CNT.

    Quedan las fotos de su discurso de esa noche y los artículos firmados en diarios de la época por León Fernández, delegado de la Federación de Obreros de la Lana (FOL), en aquella cruzada por la unidad del movimiento sindical.

    No llegó a la universidad para aprender una profesión. Pero sí llegó a la máxima casa de estudios para hablar ante una multitud y convocar a la unidad y al respeto de las diferencias ideológicas. Estuvo justo en ese momento histórico; no como testigo sino como protagonista de primera línea.

    Solidario con sus compañeros en ocupaciones de barracas, mantuvo siempre un trato respetuoso con los empresarios, que se lo reconocieron así cuando se retiró de la actividad laboral.

    De niño, yo lo acompañé a la seccional policial del barrio cuando iba a hablar con el comisario para que liberaran a compañeros que estaban demorados, porque los habían detenido mientras hacían “peajes” frente a la ocupación. Y el comisario lo respetaba. Más de una vez.

    Tuvo su pasaje periodístico por el diario “El Popular” y en radios de Montevideo, como la “CX 42”, entonces “Radio El Pueblo”.

    Aquellas notas publicadas lo muestran como un líder sindical convencido de reivindicaciones del movimiento obrero. Proveniente de familia blanca, militó junto a corrientes comunistas, pero siendo siempre batllista y votante del Partido Colorado. Lucía orgulloso por ambas banderas.

    Cuando el golpe de Estado del 73, lo ayudé a envolver materiales de lectura y documentos, que fueron escondidos largos años.

    La necesidad de estar informado, la pasión por la lectura, lo llevaban a comprar dos diarios por día (uno diferente cada mañana y “El Diario” por la tarde noche), así como coleccionar libros y revistas, escuchar varios informativos por día o ver el noticiero del final de jornada.

    Su infancia había sido con privaciones.

    Él mismo hizo su primer juguete. Nacido en una familia humilde de San José de Mayo, ya de niño asombró con su creatividad para hacer su propio “cine”, con una caja de zapatos. En la parte delantera recortó un rectángulo en el centro para que quedara como la pantalla y por la parte de atrás, con dos rodillos a los costados, hechos con palos de escoba recortado, pasaba la película que era una tira larga de papel, pegada con cola. La tira era de los recortes de diario con historietas de la época.

    Juntaba a los compañeros de la escuela en la Plaza Independencia, se sentaba al pie del monumento, ellos como platea en la escalinata, y les pasaba “películas” de papel…

    Con el paso de los años, volvió a fabricar aquel cine, pero en realidad lo llamó “la televisión”. No era una caja de zapatos sino una caja de madera pintada; la pantalla tenía una mica para dar imagen de pantalla, las tiras eran con colores —por recortes de “Billiken” o de “El Diario”— y era para su hijo.

    Y para su hijo era el orgullo del juguete casero, que ninguno de sus amigos podía tener. Hasta que comenzaron a imitarla y hacer otras “televisiones” como esas, como la que León había creado en San José en los años treinta.

    Y hasta se armó “festival de cine”, ya no con recortes de diarios, sino con tiras dibujadas por cada botija, que repetían ese juguete.

    En Montevideo, “Lolo”, “Don León”, se afincó en el Paso Molino y en el Prado, siguió al River Plate y fundó el “Sportivo Castro”, así como lució aquella casa blanca con la franja roja cruzada.

    Fue militante activo en el “Frente Nacional de Inquilinos”, hizo esfuerzo para que su madre tuviera vivienda propia y sufrió mucho cuando al mes de mudarse a esa casa, falleció Doña Juana.

    Él, ya jubilado, pudo comprar su casa propia y disfrutar de sus tres nietos durante largos años. También les hizo juguetes caseros y remontó cometas para nietos y también para otros amiguitos de la escuela, en lindísimas jornadas de primavera.

    A los 89 años, murió el 29 de julio de este 2013. Había festejado los noventa ya hacía un año y medio, con el argumento de que por ahí no llegaba… Pero lo hacía con sentido del humor, sonriendo, con sorteos y juegos en cada cumpleaños, para dar regalos a los que íbamos a saludarlo, y siempre con sentido lúdico.

    Tras su muerte, encontramos su último juego, un desafío que nos superó: cajas con candaditos, sin llaves a mano. Rompimos los candados y cada caja tenía billetes de pesos y dólares, en cada una, separados por su valor. De todos los colores… había mucho dinero.

    La penúltima caja abierta tenía todas las llaves, con cartelitos, “Caja Pirata-1”, “Caja Pirata-2”, y así. El “tesoro” estaba con esas pistas y por eso, en algunas ocasiones, le decía a su esposa de medio siglo de convivencia, que ella iba “a quedar bien protegida”.

    La primera reacción fue un golpe emocional muy fuerte. Luego gratitud por lo que dejó para su esposa. Y también sonrisas, por imaginarlo riendo mientras armaba ese último juego del tesoro escondido por el pirata.

    Hoy ese dinero está volcado en la casa nueva.

    En fin.

    Estudié contabilidad, taquigrafía y mecanografía por él. Me hice periodista por su herencia y porque me crié entre diarios, informativos de radio y noticieros de TV. Y por leer las revistas y libros que me regalaba cada semana (los primeros fueron “Como era de pequeño mi papá”, “El hombre que calculaba”).

    Y conocí Búsqueda por él, porque en aquellos años ochenta cuando había una lluvia de semanarios, mi viejo me dijo un día: “El que tenés que leer es éste, que tiene muy buena información y lectura”.

    Años después me leyó en Búsqueda. Y luego también pudo leer las notas de su primer nieto, Pablo.

    Le di tres nietos que lo hicieron feliz durante los últimos 27 años. Mucho tiempo de felicidad para un hombre tan sufrido. Diego le arrancaba risas como yo no hice de niño. Y Silvana fue la nieta mujer, que lo conmovía con su dulzura.

    Le di la calma de saber que su familia quedaba bien encaminada. Y ahí estaban sus frutos: las lecciones de honestidad y esfuerzo, de empeño permanente, de fijar metas y construir caminos para cumplirlas.

    No pude seguramente devolverle lo tanto que me dio.

    Fue un gran padre. Enorme. Adiós Papá.

    Nelson Fernández

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