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    Leyes que no es necesario escribir

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2262 - 1 al 7 de Febrero de 2024

    La izquierda y algunos aliados ocasionales se han empeñado con relativo buen suceso en deconstruir hasta donde sea posible los valores tradicionales básicos: familia, jerarquía y fe. Este proceso destructivo se puede decir que no ha encontrado una entera resistencia generalizada, pero sí hay indicios de la concomitancia de varios focos que tanto en Europa como en las tres partes del continente americano ha empezado a manifestar con un cierto vigor, aunque de modo penosamente inorgánico. Hoy asistimos a lo que se ha dado en llamar una batalla cultural, evento que se está librando de manera harto dispersa; pero no por ello menos significativa.

    Estos años de anomia y desasosiego están trayendo alguna novedad desde el fondo de la historia. Las premisas de la filosofía conservadora surgieron a finales del siglo XVIII y principios del XIX y fueron expuestas principalmente por los filósofos Joseph de Maistre, Louis Bonald, René de Chauteaubriand, Thomas Carlyle y Juan Donoso Cortés. A pesar de que estos pensadores escribieron en diferentes épocas, vivieron en diferentes países y no tenían su propia escuela filosófica organizada, sus pensamientos encastraron completamente y llegaron a formar la base de la filosofía conservadora que hoy regresó para reclamar espacios de identidad.

    Prefiero detenerme en Joseph de Maistre porque fue el primero en exponer sus ideas, en libros tales como Ensayo sobre el principio rector de las instituciones humanas y Sobre la esencia de la justicia divina. A pesar de que el propio De Maistre no se esforzó por presentar sus pensamientos de forma sistemática y coherente, sus ideas en sí mismas son bastante susceptibles de sistematización.

    Sostenía este pensador que el Estado es un cuerpo único, un organismo integral que requiere una única voluntad rectora; esta voluntad no puede encarnarse en un solo cuerpo colegiado. Desde este punto de vista, la democracia es la violencia organizada de la mayoría sobre la “minoría digna”, y cualquier procedimiento democrático fragmenta la sociedad, dividiéndola en pequeños grupos que no confían entre sí. Consideraba que los elementos más importantes de la unidad moral y política (poder, derecho, tradiciones, moralidad) no pueden formarse artificialmente, en el curso de una lucha democrática de fuerzas. Son creados por la voluntad de Dios y deben tener una conexión inextricable con el pasado histórico.

    De Maistre defendía con fervor el Antiguo Régimen; en su opinión crítica, la institución social más elevada, la que tiene sanción divina y fuertes raíces históricas, es la monarquía absoluta: es la que une y une mejor y más firmemente a la nación. Consecuentemente creía que la unidad del pueblo es imposible sin continuidad histórica, porque no solo están unidos los ciudadanos vivos de un Estado, sino también todas las generaciones pasadas y futuras de compatriotas. En su concepción, solo aquellos valores y fenómenos que están asociados con el misterio y requieren veneración sacrificial pueden ser útiles para el pueblo: la Patria, el poder real, la constitución. El temor sagrado por la constitución surge solo cuando no está escrita. El texto visible, decía, destruye el carácter sagrado y absoluto de la idea constitucional misma, y la constitución deja de ser respetada y observada. Esto se expresa en su más que curioso aforismo: “Hay muchas leyes que hay que seguir, pero que no es necesario escribir”.

    Bajo su mirada, el principio de unidad e integridad de la sociedad como un solo organismo es más importante que los derechos y privilegios de la aristocracia francesa tradicional, porque el aislamiento de cualquier institución y clase conduce inevitablemente a la atomización de la sociedad. Según su doctrina no debería haber ninguna nobleza privilegiada que reclamara derechos especiales. Como estrato de élite, de Maistre propone no la nobleza histórica, sino un patriciado especial. Esta élite, asignada según el principio meritocrático, no debería tener “derechos especiales”, sino “responsabilidades especiales”, porque estaba convencido que la institucionalización de cualquier privilegio de la nobleza corrompe fatalmente a la nación.

    Desde este pensador se habrá de verter un escepticismo radical respecto de las instituciones modernas, una prudencia acaso excesiva y un claro rechazo de toda demagógica apelación a las turbas ignorantes para que sean irresponsables proveedoras de legitimidad de la clase política adueñada de las repúblicas.

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