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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMario Vargas Llosa es una fuente de aprendizaje e inspiración para todos los que compartimos con él que la libertad es el máximo derecho de los hombres y el motor para el desarrollo de la humanidad.
En la edición de Búsqueda del pasado 19 de julio, en su artículo La españolita y el Príncipe Gudrjieff Vargas desarrolla el caso de la joven española Patricia Aguilar que viajó a Perú atraída por las promesas de una vida diferente por parte de un gurú peruano. El texto —muy atrapante, como todos los de Vargas — termina con el hallazgo de la joven gracias a su padre, Alberto Aguilar, en la selva peruana. En precario estado de salud y teniendo en brazos a su pequeña bebita, hija que tuvo con el gurú, Patricia trabajaba junto con otras mujeres —todas con hijos que también tuvieron con él— para mantener a dicho gurú, convencida de que ese era el mejor camino que podía tener para su vida. Con todo listo para retornar a su casa en España y con sus padres deseando fervorosamente recuperar a su hija —y ahora con su nieta—, la joven aparentemente se ha negado a retornar a su vida familiar.
Así descrito, se lo ve claro: un caso de esclavitud a través de la manipulación psicológica. Eso no tiene otro nombre.
Sin embargo, me sorprendió la forma en que Vargas evalúa esta situación y da su opinión acerca de lo que se debe hacer para ayudar a la joven: “¿Qué es lo más justo? Yo creo que dejarla hacer lo que a ella le parezca (…)”.
Vargas tiene derecho a “bostezar como cocodrilo” ante lecturas esotéricas, pero igualmente debería tener presente la gravedad de lo que les sucede a las personas en situación de vulnerabilidad cuando son influenciadas por estos gurúes: la pérdida del espíritu crítico y de la subjetividad para avanzar sobre el cambio de los valores y de la conducta.
El uso del entrecomillado para algunos conceptos (“está siendo ‘desprogramada’”, “se niega a que ‘la salven’”, “la ‘normalidad’ también puede ser temible”) revela que Vargas confunde libertad con esclavitud. Sí, Vargas: a las personas que les lavan el cerebro por manipulación mental hay que desprogramarlas, o como se le quiera llamar a tratarlas con psicólogos especialistas; las personas en esa situación se niegan a que las salven porque no se dan cuenta de lo que les ha sucedido, pero eso no quiere decir que no sea necesario salvarlas. Y la normalidad puede ser temible porque te puede quitar la libertad, pero ante la esclavitud no hay otro camino que volver a la normalidad y desde ahí dar la batalla por la verdadera libertad.
El día en que, en aras de mantener la libertad, dejemos que las sectas, gurúes, perversos narcisistas y otros psicópatas se desplacen por el mundo destruyendo la vida de la gente y que, en aras de mantener la libertad de su hija, no apoyemos a Alberto Aguilar en su lucha por salvar a Patricia, habremos perdido una buena porción de lo que Vargas más quiere cuidar.
Miguel Algorta
CI 1.231.178-0