N° 1998 - 06 al 12 de Diciembre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAllá, a comienzos de la década del 60, a impulsos del inolvidable dirigente aurinegro Washington Cataldi, la por entonces Confederación Sudamericana de Fútbol instauró un torneo de campeones continental, a semejanza del que, desde unos años antes, se venía disputando en Europa: la Copa Libertadores de América. La denominación —obvio es decirlo— era un explícito reconocimiento a los héroes que otrora habían luchado por la independencia de nuestros países de la dominación extranjera.
Por estos días, algunos graves incidentes, en ocasión de la segunda final de la actual edición de dicho torneo, entre Boca y River, y los penosos episodios burocráticos que les sucedieron, han determinado que esa final suspendida se juegue finalmente (como una curiosa mueca de la historia) fuera del continente en donde aquel fue creado, y precisamente en la tierra desde donde provino buena parte de aquella pretérita conquista.
No detallaremos la serie de lamentables circunstancias que llevaron a que se arribara a esta última y cuestionable decisión. Pero sí parece oportuno efectuar algunas puntualizaciones sobre todo ello. La primera es que el hecho inicial (la alevosa agresión del ómnibus que trasladaba a los jugadores de Boca al estadio de su eterno rival por un grupo de simpatizantes del dueño de casa) no fue sino el último —y seguramente no el de más gravedad— de una inacabable lista de incidentes similares, que arrancan desde los inicios mismos de esta Copa.
Ya en la primera edición, en 1960, en Asunción, los futbolistas y dirigentes aurinegros, que festejaban en la cancha la obtención del título contra Olimpia, debieron soportar una fuerte lluvia de proyectiles, en lo que entonces se llamó la “guerra de las naranjas” (el episodio se reiteró un año después, en ese escenario y ante el mismo rival, e incluso una piedra hirió en la cabeza al juez argentino y el partido debió suspenderse por varios minutos). Otro tanto le ocurrió al árbitro chileno Robles, en 1962, en la segunda final entre Peñarol y Santos, en Pacaembú. A cierta altura del partido, Peñarol ganaba 3 a 2, y el ambiente era tan amenazante que el juez —tras recibir un botellazo en su cabeza— decidió que ese sería el resultado final válido, aunque no se animó a suspender el partido, temiendo una reacción aún peor de la enardecida hinchada local (aunque en dicho lapso Santos hizo el gol del empate, aquel tanteador no se modificó y finalmente Peñarol se quedó con la victoria).
A su turno, a Nacional también le tocó sufrir agresiones similares: en 1969 en Asunción, frente al Guaraní, y en la ciudad de La Plata, frente a Estudiantes, en dos oportunidades casi consecutivas (en 1969 y 1971). En esas ocasiones los ómnibus que transportaban a los jugadores llegaron a la cancha bajo una fuerte pedrea, y estos fueron objeto de insultos y agresiones al ingresar al campo de juego. En otros escenarios y con participantes de distintos países, existieron situaciones tan o aún más graves. O bien algunas que no pasaron de ser unas molestas artimañas (petardos arrojados en las inmediaciones del hotel donde se alojaba el equipo visitante, para perturbar su descanso previo a los partidos), pero que igual revelaban una inalterable y perniciosa intolerancia de los hinchas del local hacia el adversario de turno.
En Argentina (donde la violencia generalizada determinó que, desde hace una década, todos los partidos se disputen únicamente con la hinchada del local) hubo incluso, en el año 2015, un episodio muy similar al recientemente ocurrido en Núñez, aunque con los roles cambiados. En un clásico por la Copa Libertadores, en la Bombonera, varios hinchas de Boca les lanzaron “gas pimienta” a los futbolistas de River, que reingresaban a la cancha para el segundo tiempo. El partido fue suspendido y el equipo local fue eliminado de la Copa y duramente sancionado.
¿Por qué un hecho —que, como se dijo, no fue tan distinto a otros ya acaecidos en la larga historia de este torneo— ha cobrado esta dimensión inusitada? Se han conjuntado varias circunstancias. Por un lado, la desmesurada promoción previa a estos dos partidos, atento al hecho inédito de que este clásico eterno se daba, esta vez, en la mismísima final de la Copa Libertadores (fue tanta la exageración que se la llegó a promocionar como la “final del mundo”, cuando ella no trascendía —al menos por entonces— el nivel sudamericano). A ello se sumó una valoración exacerbada del eventual resultado de esa definición tan singular. Alguien lo calificó como el “temor de perder” en una circunstancia histórica, más que el mero placer por la victoria (lo que exponía al perdidoso a un seguro escarnio eterno por parte de los hinchas del ganador).
Con ese panorama previo (que llegó a opacar la inminente reunión del G-20), los hechos siguientes no hicieron sino sumar otras perlas a este variopinto collar de desaciertos. A la obligada prórroga del primero de los dos partidos por lluvia, se sumó la increíble ineptitud de las autoridades competentes, que no previeron la “emboscada” contra el ómnibus boquense en la revancha. Luego, la nefasta actuación de las autoridades de Conmebol (y del propio presidente de la FIFA, invitado a ese partido), dilatando excesivamente su suspensión. Y en los últimos días, la ominosa batalla de ambos presidentes procurando sacar ventajas de un episodio desgraciado, luego de haber firmado un “pacto de caballeros” para la pronta fijación de la revancha suspendida. El de River, para evitar similares sanciones a las aplicadas a Boca unos años antes por un episodio muy parecido, y su par boquense empeñado en ganar el partido “en los escritorios”, mediante las impugnaciones de rigor.
Los días fueron pasando y, a falta del esperado acuerdo entre las partes, la decisión final quedó en manos de la Conmebol o, más bien, de su impresentable presidente (que, de seguro, no aprobaría el mismo examen de “aptitud” que aplicara a los candidatos a presidir la AUF). Y este, desoyendo las garantías ofrecidas por el presidente Macri, decidió que no estaban dadas las condiciones para que el partido se jugara en Argentina (cuando sí las hubo para la trascendente reunión del G-20) y por las suyas, sin consultar a nadie, se puso a buscar el lugar más apropiado para hacerlo (o aquel que le reportara mayores beneficios, que de eso parece tratarse). Y finalmente, tras barajar diversos destinos en el extranjero, se convenció de que Madrid era la plaza ideal.
No pensó en la probable oposición de ambos clubes, ni en los aficionados que habían pagado por una revancha que ya no podrán ver, ni en la fortuna que deberán desembolsar quienes sí puedan ir a verla. Y tampoco en la supina paradoja de que la final del máximo torneo de América…¡se juegue en Europa! ¿De qué Libertadores estamos hablando?