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    Lo mejor de Maldonado es su gente (y lo peor, la sala)

    15º Festival Internacional de Cine de Punta del Este

    Algunos dicen que sería más positivo organizarlo en febrero. Otros apuestan por enero, en plena temporada veraniega. Lo cierto es que el Festival Internacional de Cine de Punta del Este, que este año llegó a su 15ª edición, se realiza en marzo, cuando en la ciudad ya mermó considerablemente la cantidad de turistas, cuando las casas y los edificios de apartamentos están prácticamente deshabitados, cuando en los jardines solo vemos jardineros y empleadas realizando tareas de limpieza. Y está bien que sea en marzo, porque el cine independiente, no industrial, tiene algo de la temporada baja de los balnearios: muestra otra perspectiva, la contracara de las cosas, su patio trasero.

    Muy cerca del hotel Conrad, en el cruce de las calles California y San Francisco, entre casas humildes que tienen nombres como “Andrea”, “Bambú” o “Don Francisco”, se levanta la parrillada de madera oscura “Watussi”. A pleno mediodía y bajo el alero del boliche, dos viejos sentados en reposeras observan a los pocos transeúntes que caminan por allí. A sus pies, en la sombra, se resguardan un par de perros callejeros. La escena es cinematográfica, de un western sucio, urbano. Solo faltan las escopetas (¿o las tienen?).

    El festival se inauguró el sábado 10 en la Sala Cantegril con Violeta se fue a los cielos, del chileno Andrés Wood. Si dejamos de lado una proyección oscura y un sonido sucio, lo que queda es la historia infeliz de la cantante, artista plástica y poeta Violeta Parra (hermana de Nicanor), un personaje complejo, poco simpático, que perdió a un hijo, vivió en París y expuso sus obras en el Louvre, buscó la sabiduría de la tierra andina y también maldijo a esa misma tierra andina, simpatizó con las ideas comunistas y escribió un puñado de canciones que fueron hits para más de una generación. Pensada como una biografía libre donde la construcción de imágenes siempre es lo más importante, la película es por momentos lograda y en otros machacona. El tibio aplauso del público al finalizar la proyección dio cuenta de esas proporciones.

    La fiesta de apertura se llevó a cabo en “One”, un local luminoso de la Avenida Roosevelt, con estética de automotora. Se pareció más que nada a una conferencia de prensa, por lo aburrida. Por allí daban vueltas echando miraditas los periodistas, la gente de Cinemateca, los funcionarios de la Intendencia de Maldonado, alguna figura invitada y los curiosos. Lo más divertido fue ver a las niñas protagonistas de El premio, Paula Galinelli Hertzog y Sharon Herrera, arrojar piedras contra un cartel. Estaban hartas de corretear entre tanto adulto. Inmediatamente, las estrellas fueron regañadas por sus correspondientes madres.

    Boleto al paraíso, la película cubana de Gerardo Chijona sobre marginales con sida que van a ver un concierto de heavy metal, empieza bien, con solventes actores no profesionales, una suerte de road movie desencantada, desesperada, pero a medida que avanza se va desflecando hasta llegar a un final inverosímil. Una vez más, la Cuba que vemos en la pantalla se cae a pedazos.

    Por su parte, Capitanes de la arena, de la brasileña Cecilia Amado sobre novela de su abuelo Jorge, es una versión con brillantina de “Ciudad de Dios”. De todos modos, terminó siendo la película favorita del público.

    La Punta del Este fantasma aparece por todos lados. En las inmediaciones del hotel Salzburgo, muy cerca de la escuela primaria Nº 21, irrumpe un viejo teatro de verano abandonado, con los bancos de concreto y el escenario tomados por pastizales. Parecen ruinas griegas. También cerca del hotel se levanta una imponente torre de OSE de varios pisos, fuera de servicio hace más de 20 años, con los vidrios rotos y escaleras que no conducen a ningún lado. Una locación digna de “Stalker”, para que alguien encare una remake criolla de la obra maestra de Andrei Tarkovski con tres pastabaseros que en cierto momento no pueden salir del predio por razones desconocidas, misteriosas y poéticas.

    De Brasil llegó Las canciones, de Eduardo Coutinho (“Cabra marcado para morir”), un documental sobre gente común que recuerda sus amores y la música que acompañó esos momentos afectivos. La cámara clavada y el mismo tono de los entrevistados (“Conocí a mi mujer en 1943...”, “Y yo a la mía en 1932...”) la vuelven una obra monótona y difícil de soportar. Además, todos cantan canciones, una detrás de otra... A los veinte minutos, este crítico había olvidado sus funciones y estaba en la calle fumando un cigarrillo.

    Nada aburrida pero delirante hasta el disparate es la japonesa Culpable de romance, de Sion Sono. Comienza como un policial, sigue como un thriller porno y termina en cualquier cosa. Lo más extravagante de todo fueron las bombitas de pintura que arrojaba uno de los personajes, modalidad que se acordó emplear con otros críticos en caso de que el fallo del jurado no fuese acertado.

    Por suerte, el jurado falló con sensatez. La mejor película terminó siendo El premio, escrita y dirigida por Paula Markovitch, una propuesta sensible y poética sobre una madre y una hija que huyen del gobierno militar argentino y que se refugian en un balneario agreste donde el viento y el agua que entra por debajo de las puertas es una constante. La actriz principal, la niña de siete años Paula Galinelli Hertzog, con una actuación descomunal, se llevó también el galardón a la mejor interpretación femenina.

    “Un día antes de empezar el rodaje tuve la suerte, yo diría que el gran culo, de encontrarme con Paulita”, dijo la cineasta argentina. La otra niña protagonista, Sharon Herrera, también hizo un buen trabajo y obtuvo una mención del jurado.

    Markovitch, que emplea el método de John Cassavetes (prender la cámara apenas llega al set y apagarla cuando se va), se apoya en una excelente fotografía del polaco Wojciech Staron y en una estupenda banda sonora, sutil, económica y muy expresiva, de Sergio Gurrola.

    La próxima película de Markovitch, un díptico de tres horas, tratará sobre un pintor al que le roban las pinturas. Está basada en la vida de su padre, y la directora quiere rodarla en... Montevideo. Para eso necesita ubicar un barrio marginal, donde viviría el ladrón. “Gran parte de la historia es lo que les ocurre a los cuadros en la casa del ladrón”, puntualiza la realizadora: “La lluvia los castiga, un caballo los patea y también los alcanza el fuego”.

    Tal vez lo más divertido del festival haya sido el afterhours en el hotel Camelot, donde se juntaban algunos críticos a beber cerveza, hablar de cine y beber más cerveza. En una de esas madrugadas sonó el nombre de Walt Disney y uno de los críticos acercó su laptop y exhibió el genial corto “Music Land”, de 1935, una especie de guerra entre Capuletos y Montescos jugada en términos musicales entre el sinfonismo y el jazz, lo escrito y lo improvisado, el conservatorio y la calle. Por fuera de la programación, lo mejor del festival.

    Hubo dos fiestas divertidas: la de Punta Stage en José Ignacio y la del cierre del festival en la Fundación Pablo Atchugarry. En ambas se pudo comprobar un óptimo nivel de intoxicación en los autobuses de regreso.

    Y, hablando de traslados, lo más difícil, lo que más riesgos presentó, fueron las camionetas de la Intendencia. Es imposible recoger en hora a todos los periodistas e invitados porque algunos se quedan en la piscina, otros en el baño, otros durmiendo la siesta y otros bebiendo hasta que los vouchers se acaben y los mozos los echen. Además, había que contemplar a los veteranos con bastón o con problemas de salud, un espejo deformante en el que tarde o temprano acabarán reflejándose los cronistas más jóvenes.

    Desde Argentina, livianita resultó la comedia romántica Medianeras, de Gustavo Taretto; con algún buen chiste pero fallida Querida voy a comprar cigarrillos y vuelvo, de la dupla Mariano Cohn y Gastón Duprat (los mismos de “El hombre de al lado”) y horrenda hasta el asombro la promocionada como un “western criollo” Aballay, el hombre sin miedo, de Fernando Spiner.

    En cambio, fue una sorpresa el documental Los últimos cangaceiros, del brasileño Wolney Oliveira. Según explicó el director, su idea era hacer un retrato de Lampião, el famoso líder de los bandoleros, pero al descubrir que todavía vivía una pareja de cangaceiros de aquella época, el foco se movió hacia allí inmediatamente. Hay que ver a esos viejitos de casi cien años recordar sus andanzas a los tiros con la Policía. Un deleite.

    Oliveira fue compañero de Pablo Dotta en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba, y recuerda que en esos tiempos había una cantidad de “maconieros” con síndrome de abstinencia. “Algunos decían que triturando la semilla de la sandía se lograba un pegue similar al de la marihuana”, cuenta Oliveira. El asunto es que probaban con una cosa y otra sin resultado. Al final, alguien consiguió semillas de cannabis, las plantaron y crecieron unas plantitas que fueron distribuidas en macetas y en secreto a varios alumnos de la escuela. Una de las macetas estaba en poder de un delegado de la UJC. Las fuerzas del orden, que todo lo controlan, irrumpieron en las habitaciones y requisaron las macetas. La gran decepción se la llevaron con el delegado de la UJC, a quien consideraban de un comportamiento ejemplar. Y el delegado no los decepcionó. “¡¡¡¡¿¿¿Esta planta es de marihuana???!!!”, dijo a los gritos. “¡¡¡No lo puedo creer!!!”.

    En el cierre del festival, el domingo 17 se proyectó La demora, del uruguayo Rodrigo Plá, un filme que se pudo intuir delicado e intimista. Y digo se pudo intuir porque la proyección en el Cantegril fue lamentable. Sería bueno que la Intendencia de Maldonado, que se enorgullece del festival en todos los actos protocolares, pusiera de una vez por todas la sala en óptimas condiciones. Para que el público sepa cómo es el cine de verdad. Para que el festival siga existiendo. Y para demostrar, como dice la publicidad, que “lo mejor de Maldonado es su gente”.