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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn mi opinión, lo políticamente correcto va de la mano de la hipocresía. Y lo políticamente incorrecto tiene gusto a autenticidad, a pesar de que muchas veces suene discordante, fuera del contexto común y hasta irritante. De eso se trata, de hombres y mujeres que se plantan en una actitud diferente a la majada, que no son “arreables” y gritan desde su estridencia las verdades que en lo íntimo en gran medida coinciden con nuestras más íntimas convicciones. Aquellos políticamente incorrectos representan muchas veces las posturas que no nos atrevemos a asumir, esperando que alguno de ellos lo haga; por eso, a la hora de marcar apoyos, obtienen guarismos sorprendentes.
Churchill, desde su posición políticamente incorrecta se cansó de denunciar en el Parlamento británico el peligro nazi ante una inminente agresión bélica de Hitler, que daría inicio a la II Guerra Mundial, mientras que el primer ministro Chamberlain, correctísimo él, se dejaba engañar como un niño. El pueblo británico terminó dando la razón al discordante.
Patton, general americano, con su célebre Colt de cachas nacaradas al cinto, fue el personaje incorrecto que devolvió fuerzas y confianza a las columnas que avanzaban hasta el corazón del poder nazi. Y no derrotaron al Eje y devolvieron la democracia a Europa con caricias precisamente. En Uruguay, allá por fines de los sesenta un joven profesor de Literatura, periodista devenido director del diario El Día, boxeador y bohemio, políticamente incorrecto, gobernó con suceso al país en uno de los momentos más críticos de la historia. Pacheco no midió nunca a quien le caía simpático, cumplió y entregó el poder luego de elecciones libres, tras haber sintonizado sin duda con los sectores más postergados de la sociedad, que le dieron un apoyo masivo en las urnas.
En las antípodas, y ya contemporáneo, Mujica, personaje políticamente incorrecto si los hay, evolucionó de tirabombas a presidente, y sigue siendo una de las personas más influyentes del país. Por más estudiado que sea su personaje, sus votantes intuyeron autenticidad detrás de sus incordios, y es a mi gusto preferible antes que el prototipo de político falluto que siempre abunda en este océano.
Me divertí como perro con dos colas hace pocos días al ver un programa periodístico y de debate en el cual los panelistas, todos políticamente correctos, censuraban horrorizados el hecho de que el fiscal Zubía hubiera mostrado el arma que legalmente porta ante otro periodista en su programa de radio. Lo asombroso fue que tras repetidas andanadas contra el incorrecto fiscal, y ahora candidato al Parlamento por la lista 12000 del Partido de la Gente, y mientras repicaban en el estudio televisivo discursos correctos de condena, el público votaba masivamente (91% a 9%) un masivo apoyo a la posibilidad de que el ciudadano común pueda armarse.
Zubía explicó bien su actitud: amenazado de muerte en más de 20 ocasiones, y luego de comprobar que el Estado, aquel al cual le confía su seguridad y la de su familia, no es capaz de protegerlo contra la delincuencia (esa sí armada en gran forma), con los permisos legalmente obtenidos, confía más en su “ángel guardián”, como denomina a su revólver.
En muy fea la sensación de tener un arma apuntándote en la cabeza, y que después de rapiñarte te peguen con ella hasta lastimarte la cara innecesariamente. Estoy seguro de que ninguno de los escandalizados panelistas del programa en cuestión ha pasado por esa experiencia. Yo sí, y muchísimos uruguayos también. Los panelistas hablan de terminar con la delincuencia con mimos; yo con plomo y rejas. Por eso confío en la autenticidad de Zubía, y en su capacidad de modificar desde el Parlamento las leyes benévolas que han sometido a nuestra sociedad a una inseguridad sin precedentes en el país.
Andrés Merino