Por la vehemencia de la carta abierta le cabe a su autor el juicio de dogmático, fanático y totalitario (sic) que su autor atribuye a los que no participan de su opinión.
Como presidente de Funsa viví intensamente este proceso. Con el cronograma de rebajas de Valentín Arismendi calculamos la fecha en que iban cerrando las variadas secciones de la empresa. Era como en el Titanic, en que se pudo prever el momento exacto de su hundimiento.
Ese fanatismo presente de Caumont no es congruente con los gruesos errores que contiene su libro “La Política Comercial y la Protección en el Uruguay”, patrocinado por el Banco Central dirigido por Gil Díaz. Dicho libro fue escrito por Jorge Caumont, Larry Sjastaad de la Universidad de Chicago y Juan José Anichini.
Se pretendió probar, sin éxito, en forma seudo cuantitativa, lo que se llamó la protección efectiva definida como la protección sobre el valor agregado nacional. Los cálculos basados en variables equivocadas quedaron en manos del Cr. Alberto Bensión, a quien se le hicieron notar gruesos errores de concepto tales como comparar precios CIF con costos industriales globales y que se computara dentro del valor agregado industrial los costos del Estado. Posteriormente eufemísticamente se les llamó “Costo Uruguay”, que no es otra cosa que el despilfarro sin control ni responsabilidad, destructor del ahorro nacional, que aún hoy no pudo ser domado.
Estos errores fueron reconocidos, pero displicentemente se dejaron de lado no obstante la gravedad de las observaciones que les fueron formuladas. Esto no es profesional y mucho menos es científico o académico, aunque se pretenda barnizarlo con esas cualidades.
En esa ocasión dispuse un trabajo sobre la tributación efectiva para enfrentarlo con la protección efectiva, pero el Banco Central y el Ministerio de Economía se negaron a considerarlo.
Caumont se refiere a los monopolios estatales, pero a destiempo porque lo debió hacer cuando se instrumentó la nefasta rebaja arancelaria. Los monopolios estatales que forman el grueso de la producción y de los servicios siguen gozando de una protección absoluta que ni el Mercosur pudo doblegar y nunca se calculó su protección efectiva (real). De modo que todo su liberalismo se disuelve frente a estos poderosos monopolios y esta realidad nacional rechaza cualquier pretensión liberalista.
El libro solo arremetió contra la industria manufacturera privada que era la que generaba empleo e impuestos. Esto afectó el sistema tributario y fue necesario tributar los salarios con el impuesto a los sueldos y hoy con un IRPF con un inaceptable mínimo no imponible.
En mi libro “La Ética de la Clase Política y el Origen del Subdesarrollo” dedico el capítulo 10 al “Desarrollo y Destrucción de la Industria en el Uruguay”. Aún hoy, son testigos materiales de este desastre las inmensas áreas desiertas de las industrias destruidas y los asentamientos generados, con familias marginadas en condiciones que afectan derechos humanos y que son otra de las varias vergüenzas nacionales.
No sobrevivió ninguna industria, cerraron las fábricas textiles y ni siquiera quedaron fábricas de calzado.
En paralelo se desarrolló otra idea tendenciosa y es que la industria deprimía el tipo de cambio y que el agro realizaba ingentes transferencias hacia la industria. Bajando los aranceles, la demanda de productos importados sustituyendo los nacionales iba a subir el tipo de cambio. Otro disparate, pero el agro creyó esta profecía de los iluminati. Hoy, sin industrias, el tipo de cambio no está en el nivel que el agro desearía.
Mercados libres no aseguran el desarrollo si no tienen tras de sí economías competitivas y seguirán siendo proveedoras de materias primas.
El anacronismo y la falta de conocimiento de los Chicago Boys de la cultura y de las economías nacionales del sur, atrapados en un pensamiento lineal, generaron un destrozo que aún hoy no reconocen, pero sobre el que deberían asumir la responsabilidad y pedir por lo menos disculpas y dejar de lado una arrogancia que no avalan los hechos.
El Cr. Enrique Iglesias, vistos los nefastos resultados que se produjeron, dijo: “Las altas tasas de desempleo podrían estar asociadas a los costos de apertura de las economías” (Homenaje a Aldo Solari 18/05/01 - “La República”). Los Chicago Boys y el Consenso de Washington comienzan a hacer agua. Sanguinetti vincula directamente la destrucción de la industria con la apertura comercial (Círculo de Montevideo).
El autor de la Carta Abierta debiera tener conciencia de la relatividad del conocimiento en las ciencias sociales y sobre todo en economía. En nombre de una pretendida pureza científica se parte de supuestos que son los virus de la disciplina económica. Esto ya lo había percibido John Ruskin en el siglo XIX (1819-1900). Él satirizaba las conclusiones de los economistas basadas en supuestos irreales y por tanto incapaces de generar políticas económicas adecuadas.
El libro de Caumont-Sjastaad tiene múltiples desvaríos de ese tipo, como por ejemplo pagar indemnizaciones a los remolacheros para que dejaran de producir. Y la más fantasiosa de sus opiniones sostenía que considerando que el 17,7% (falsa precisión como tantas otras) de trabajadores que quedarían desocupados perderían por concepto de salarios 1,4% del ingreso nacional, es decir que se les podría pagar mensualmente a los desocupados el doble del ingreso que pierden y aún ganar en la nueva situación frente a un 8% que se perdía con el proteccionismo. Con estos ejemplos se transitaba el nivel del disparate. Es notable que con esto asumen el modelo cubano: aceptan el capitalismo de Estado, destruyen el incipiente capitalismo privado y los cesantes se convierten en funcionarios públicos. Esto es lo contrario al liberalismo.
En cuanto a lo que se obtendría con lo que llamaban el nuevo modelo, que es lo más importante de cualquier modelo, sus inventores no se arriesgaron “a cuantificar la reabsorción de la mano de obra o del probable aumento de la producción ya que no se cuenta con elementos suficientes como para poder observar la magnitud del aumento potencial en la actividad económica”. En consecuencia, fue poco ético llevar adelante este seudo modelo liberal que carecía de lo esencial de todo modelo. Si no sabemos lo que vamos a conseguir toda la teoría no sirve para nada. Prats i Catala fue muy preciso al afirmar que toda reforma del Estado debe probar que mejorará la vida de las personas. En los hechos la desocupación que pronosticaron se produjo y las nuevas actividades nunca aparecieron, salvo las que fueron subsidiadas, sin el peso del Costo Uruguay, como la hotelería y la forestación.
Las reflexiones sobre la desocupación de mano de obra y de capital hacen recordar la película de Peter Sellers, “Como aprendí a amar la bomba atómica”, cuando en el salón de la guerra van estimando las gigantescas bajas en cada bando en una guerra nuclear. Los afectados por la baja arancelaria serían únicamente 168.623, para estos liberales; ni uno más ni uno menos, según estos econometristas sui generis, amantes de la bomba atómica. De inmediato con la baja arancelaria serían 29.589 los despedidos, con el agregado mío de que no son personas sino familias y que potencialmente pueden ser 170.000 según los profetas.
Para dar verosimilitud a tanto desequilibrio mental se menciona que la Universidad de Chicago tiene el mayor número de académicos con el Nobel de Economía que es, dice Caumont, “la Universidad que Ud. debería conocer a fondo antes de hablar, la Universidad que corre las fronteras del conocimiento económico”. La posible sabiduría de algunos Nobel no necesariamente contagió a Sjastaad ni a los discípulos locales. Muchos premios Nobel han sido verdaderos fracasados cuando pretendieron aplicar sus fórmulas al mundo real, comercializando su título “nobiliario”. En la Ética (2002) en el Capítulo 3 - Los Sistemas Dinámicos Complejos, escribía: “Muy recientemente han fracasado varios premios Nobel que pretendieron haber encontrado la fórmula matemática que eliminaría los riesgos en la inversión en portfolios. Myron S. Sholes y Robert C. Merton compartieron el premio de Economía en 1997 por sus trabajos en Administración del Riesgo. Ambos de la facultad de M.I.T. Merton se incorporó luego a Harvard. Fueron acompañados por otros destacados especialistas como David W. Williams Jr. con un doctorado de M.I.T. y fue el número dos en la Reserva Federal, y Eric Rosemberg, profesor de la eminente Harvard Bussines School”.
“The New York Times”, a todo lo ancho de la página titulaba el fracaso de estos genios de este modo: “En Long Term Capital Management, una victoria de los mercados sobre las mentes”. “En esa empresa ellos aplicaron sus arcanas teorías cuantitativas en prácticas de inversión. Pero los mercados no siempre respetan la primacía del intelecto y el trust de cerebros de Long Term Capital está enfrentado a un revés de la fortuna”. “La operación salvataje obligó la intervención de la Reserva Federal”. Esa experiencia no sirvió a los economistas de hoy para prevenir la presente crisis americana, como Harvard no pudo prever la del ‘29, de acuerdo a las clases de Luis Faroppa. En esta crisis tampoco se salvó la institución que otorga los premios, la que se vio forzada a rebajar el importe de los premios. Ninguno de los premiados le pudo dar una mano a la venerable institución.
Yo no me quiero declarar liberal por la deformación que se ha hecho de su contenido, de modo que así como se inventó el justicialismo, he inventado el libertalismo que no figura en el diccionario pero que tiene como centro la excelencia democrática sostenida por el esencial control de los que mandan. (Artigas y los Constituyentes de 1830).
El tema, por su importancia mirando el presente y el futuro, da para mucho más, en especial porque la imprescindible reforma del Estado que hasta ahora no ha encontrado la teoría para un desarrollo sistémico que no requiere las muletas de ninguna ideología ad hoc del signo que fuere.
Egon Herbert Einöder
Sociólogo Multidisciplinario