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    Los Diez Mandamientos

    Llegó de vuelta a casa con gesto aliviado y rostro sonriente.

    Se puso cómodo para cenar, pero le costó desalmidonarse de tan rígido y estructurado que había estado a lo largo del cierre de la jornada.

    La sopa que le sirvió su esposa le recordó aquella que ella le preparó aquel primero de marzo de 2005, de regreso del acto en las escalinatas del Palacio Legislativo, cuando entró en la historia. Él, no la sopa, claro. Estaba insípida y medio fría, pero le gustó igual. La sopa, claro.

    Se cepilló los dientes y, a diferencia de Fortunato, que siempre se queda dormido frente a la tele, ni la encendió. ¿Para qué? ¡Si el gran espectáculo lo había dado él hacía una hora! ¿El replay? No esta noche, ya lo pasaría una y otra vez en el futuro, ya estaría en la segunda película de Kusturica, después que fracasara el mamarracho de la que filmó sobre la vida de Mujica, a quién le interesa, la buena sería la de la vida de él, con sus discursos, sus logros, sus triunfos y sus realizaciones.

    —“¿Te imaginás lo que va a ser cuando todos los niños y las niñas uruguayas hablen inglés?” —le preguntó a su esposa, que lo miraba arrobada y con admiración —“…y pensar que cuando el Guapo Larrañaga propuso lo mismo le dimos como adentro de un gorro…¡pero está bueno haberlo largado hoy, que el Guapo no podía refutarlo ni recordárnoslo! ¡Estuve genial! Y va a ser muy necesario, porque el viejo calandraca reflotó el diálogo con Estados Unidos, y capaz que Bush también va por la reelección…¡ya no está el Polo Gargano para trancarme el TLC!, vamoarriba, y les pedimos los portaaviones para defendernos de la vieja que es peor que el tuerto!”.

    Su recopilación siguió, refrescándose a sí mismo las geniales propuestas contenidas en los diez puntos de su inminente nuevo gobierno. Se las comentaba a su esposa, pero en realidad era él que se quería escuchar y regodear con tanta genialidad.

    —“¡Todos los estudiantos y las estudiantas van a pasar de año, y haremos añicos a las pruebas Pisa! ¡Se acabaron los repetidores! La educación cambiará, y cambiarán los impuestos, que serán menores, para no cargar tanto a los que trabajan, y la seguridad, con el Bicho Bonomi al frente, retornará a las calles de las ciudades y a los campos de la patria…¡y habrá viviendas para todos los que no la tienen, y, sobre todo, vieja, habrá una tablet para cada jubilado y cada jubilada, que podrán navegar en Internet, acceder a las páginas web de los diarios y revistas del mundo, para seguir paso a paso los conflictos bélicos, los certámenes deportivos, la coronación de nuevos reyes, bajarán películas, tendrán perfiles en Facebook, jugarán al póker virtual con contrincantes canadienses, sudafricanos, filipinos y de las Islas Seychelles, todo gracias a mí! ¡Vieja, soy un fenómeno!” —concluyó, y se fue a dormir, con la satisfacción de haber aplastado y ninguneado a Constanza, ganado la interna por demolición, y estar al día con el deber cumplido.

    Y se quedó dormido.

    Al rato, no sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que había apagado la luz, escuchó una voz que parecía venir del más allá.

    —“¡Eres el elegido!” —dijo la voz, con un extraño eco que retumbó en la estancia. Encendió la veladora, pero no vio a nadie. Su esposa dormía plácidamente a su lado.

    —“Debo haber soñado” —se dijo para sus adentros, y apagó la luz para volver a dormir.

    —“¡Eres el elegido!” –volvió a decir la voz, y agregó —“sólo tú me escuchas, y no te esfuerces por verme, porque no me verás. Sólo me escucharás”.

    Ahí se convenció de la cosa iba en serio. Y escuchó con atención.

    —“¿Qué es lo que quiere, señor?” —preguntó entonces, muy curioso.

    —“Más te vale que digas ‘Señor’ con ese mayúscula, y consíguete lápiz y papel, que te voy a dictar los Diez Mandamientos, ¿de acuerdo?” —desgranó la voz ronca que venía desde ultratumba.

    —“Anoto, señor, digo, Señor, cómo no, métale nomás” —dijo él.

    —“El primero dice que amarás a Dios por sobre todas las cosas, ¿entendiste?” —dijo la Voz.

    —“Entendí, sí, una preguntita, ¿puedo llamarlo a Dios de otra manera, aunque quiera decir lo mismo?” —inquirió, preocupado.

    —“Con tal de que me ames, está todo bien, y llámame como quieras, no me tienes que explicar nada, ya te ví más de una vez por la vuelta del Obelisco con unos amigotes, bandido” —replicó la Voz, tan firme como comprensiva.

    —“Segundo, no tomarás el Nombre de Dios en vano”.

    —“No, tranqui, todo bien, siga nomás”

    —“El tercero, santificarás las fiestas”.

    —“Pah, ahí tengo un problema, ¿sabe?” —replicó. “Yo las junté todas a las fiestas en el Día del Nunca Más, que es en el cumpleaños de Artigas, pero me salió mal, porque nadie me dio pelota, la gente sigue recordando las fiestas, ésa no va a ser fácil, pero bué, vamoaver…si es sólo santificarlas arreglo con Sturla que está en esa onda y se lleva bien con nosotros, no le prometo nada así de arranque, pero ya lo anoté” —concluyó.

    —“El cuarto” –dijo la Voz, impertérrita —“honrarás a tu padre y a tu madre”.

    —“Esa es fácil, no hay problema”.

    —“El quinto, no matarás”.

    —“Yo no mato ni una mosca, a gatas si a veces algún pejerrey o alguna burriqueta, pero tengo algunos en la barra que no podrían decir lo mismo…¿es con retroactividad? Porque si es así, la veo difícil…” ´replicó, con honda preocupación.

    La Voz no se inmutó, y siguió.

    —“Sexto, no cometerás actos impuros”.

    —“Bueno, no hay problema. Si liquidé a los puros, no tengo problema con los impuros. Se me vino encima la Philip Morris por lo de los puros, pero con la ayuda de Cánepa lo vamos a arreglar, va a ver”.

    “Séptimo, no robarás”.

    —“Ésa déjemela pensar un cacho, porque en la vuelta tengo algunos tigres a los que es difícil mantener a raya…” —dijo reflexivamente.

    —“Octavo, no dirás falso testimonio, ni mentirás”.

    —“Ésa va a ser todavía más difícil. Y no le hablo de Lorenzo y de Calloia, piense nomás que esta noche cuando cerré el acto dije que cuando el Frente promete, después cumple…¡aflójeme un poco, Señor!”.

    —“Noveno, no consentirás pensamientos ni deseos impuros”.

    —“Se la llevo, hay que hacer un esfuerzo, pero vamoarriba”

    —“Décimo” —concluyó la Voz —¨no codiciarás los bienes ajenos”.

    —“¿Eso incluye el yate de López Mena?, bueno, no, no tome en cuenta lo que dije, vamos a hacer un esfuercito. Gracias por confiar en mí.

    —“Una cosita más…”—dijo la Voz —“ten en cuenta que, como te dije, eres el elegido, pero sólo para tomar nota de los Diez Mandamientos, en octubre el que va a ser elegido va a ser un petizo rubio que podría ser tu hijo, y te va a dar una paliza que ni te imaginás” —y se llamó a silencio.

    Trató de conciliar el sueño de nuevo, pero no pudo.