Al fondo del Río de la Plata, ahí donde sus aguas se juntan con las de sus afluentes, el Río Uruguay y el Paraná, del otro lado y bien al fondo hay un país al que llaman Malgentina.
Al fondo del Río de la Plata, ahí donde sus aguas se juntan con las de sus afluentes, el Río Uruguay y el Paraná, del otro lado y bien al fondo hay un país al que llaman Malgentina.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn él reina desde hace años una bella pero pérfida dama mucho más mala que Maléfica, Cruella de Ville y Bruja Ágata juntas. Y peor que el Tuerto, además.
Kryptina, que así se llama la reina (cuyo nombre proviene de su origen en el planeta Krypton, de donde viene la piedra que debilita a Superman pero a ella le da energías) ama poco, odia mucho, y su especialidad es hacerlo sentir.
Kryptina está rodeada de una bandada de buitres que la protegen con picos y garras, y que —fieles a su estirpe de aves de rapiña— se devoran la carroña de sus víctimas.
Uno de sus pajarracos preferidos es el esquizofrénico Buitre Timermalo, que dos por tres se la agarra con un pequeño país limítrofe, y lo acusa de todas las perversidades posibles, mintiendo a sabiendas, pero gozando por hacerlo.
Del este lado del río hay unas plantas de celulosa, que vierten sus efluentes al agua, pero no contaminan. Dijera el filósofo compatriota Alberto Kesman, “una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa”. El malo de Timermalo, sin embargo, sostiene que los gobernantes, los políticos de la oposición, los empresarios finlandeses y el público en general de este país son una banda de criminales confabulados para que la ciudad de Gualeguaychú se vuelva Chernobyl en un semestre, y sus habitantes mueran entre ahogos y terribles convulsiones, mientras que los habitantes de esta margen del río van a bañarse en él junto a sus hijos y nietos, sin que les crezcan tres orejas o dos cabezas por sumergirse en esa suerte (o desgracia para él) de Aqueronte, aquel río por el que el barquero Caronte llevaba a las sombras errantes de los difuntos a su morada final.
Pero hay muchos pajarracos más en Malgentina.
Hay otro, el Buitre Amado Vudú, que se comió la carroña de una imprenta en la que se fabricaban los billetes de curso legal (y de flujo ilegal) en Malgentina, la reflotó después a nombre de un amigo, y se transformó en el banquero del reino, aun siendo el vicepresidente de la nación. Kryptina ya no lo quiere tanto, pero se lo tiene que fumar hasta que le pase alguna de las cosas que le pasan a los que caen en desgracia en Malgentina: o “renuncian para dedicarse más a la familia y a los emprendimientos personales”, o los meten en cana después de degradarlos en la plaza pública, o aparecen flotando en el Riachuelo, que es un arroyito límpido y transparente que desemboca en el Río de la Plata al lado de la ciudad de Malos Aires, capital de Malgentina.
Pero hay una cantidad más de buitres genéricos, cuyos nombres no vienen tanto al caso, como sí sus acciones. Son pajarracos de escritorio, y revolotean en los ministerios, las secretarías, las embajadas, los consulados de Malgentina, y graznan decretos, resoluciones, prohibiciones “temporarias” de importación, subsidios descalificantes y medidas proteccionistas del color que usted quiera.
Resuelven por ejemplo que no se pueden exportar más partes y piezas de automóviles fabricadas en el Uruguay, porque vienen contaminadas con los efluentes de UPM, y capaz que después los autos terminados no arrancan, o deciden que los malgentinos que quieren venir a veranear al Uruguay, o a visitar parientes o amigos, o simplemente viajar al exterior, deberán conseguir sus dólares en la imprenta Ciccone (que es la que armó el Buitre Vudú) al módico precio “blue” de 20 pesos malgentinos por billete verde, más una comisión del 30% para “gastos”.
Deciden que todos los productos que exportaba Uruguay a Malgentina son írritos, nulos y carentes de todo valor, y que si quedan algunos productos uruguayos que todavía no han sido prohibidos, cuando lleguen a destino los van a tirar al río Uruguay frente a UPM, para que se disuelvan en los venenos tóxicos que tiran al agua los asesinos finlandeses que gobiernan el Uruguay a través de un muñeco malhablado y desprolijo al que llaman “cariñosamente” el Pepe.
Tienen buitres dueños de casinos flotantes, para evadir la prohibición de tenerlos en tierra, tienen buitres como Lázaro Baezportar, un experto en llevar al exterior sin que nadie lo note millones y millones de dólares y de euros, para lavarlos, plancharlos y destinarlos a causas nobles.
Y para que la reina Kryptina y su entorno cortesano no se inquiete, también tienen al Buitre Oyoalbide, un señor que dice que es juez, y que, como tal, administra justicia con un código flechado en la dirección que a él le interesa, que es, obviamente, la de los intereses de sus amigos de la Corte, pero no la Corte de Justicia, sino la de la reina Kryptina.
En fin, Malgentina es un país en el que hay mucha gente buena, pero la bandada de buitres que revolotea en los cielos no permite que la veamos. Desde siempre sus gobernantes nos persiguen, nos castigan y no nos dejan vivir en paz.
¿Por qué no mudan su maldita Pampa a otro continente?