Los viejos lectores de los “comics” de hace décadas, recordarán sin duda a un grupo de malhechores de antifaz a los que combatían el Pato Donald y sus sobrinos Hugo, Paco y Luis. Les llamaban a esa banda “los chicos malos”, y eran unos bichos medio parecidos a unos gordos bulldogs, que robaban y cometían todo tipo de tropelías. Vestían unas camisas a rayas como los presidiarios, y en el pecho llevaban un número identificatorio que casi siempre era capicúa.
Pues no es a esos chicos malos que me refiero, sino a la versión contemporánea que nos acosa diariamente, nos ataca, nos asusta, y nos parece que las autoridades no se ocupan de ellos como debieran.
Anteayer se fugaron once menores infractores de uno de los “hogares” del INAU. ¿Cómo? Esta vez no forzaron un portón, ni saltaron un cerco, ni secuestraron a un guardia para obligar a otro a abrirles la portera.
Esta vez fugaron “mediante la modalidad” (como dicen las crónicas policiales) “de boquete”. Hicieron un agujero en el muro, y se escaparon por ahí.
Uno se pregunta si, con el ruido que hace un pico o un instrumento del tipo que se le ocurra para hacer un agujero en la pared, nadie escuchó nada, ni tampoco algún avezado vigilante, en el curso de una ronda, no notó que, además de las cobijas y la ropa de los muchachos, dentro de alguna de las celdas había ladrillos rotos, pedazos de revoque y mucho polvo acumulado.
Parece que sí, que un guardia escuchó una tarde unos ruidos parecidos a alguien picando un muro, pero creyó que era una radio encendida, y le comentó a un compañero vigilante “¡hay que ver la música espantosa que escuchan estos guachos! ¿Viste? ¡Esa cumbia que está sonando parece que estuvieran picando una pared!”.
Otro guardia encargado de la limpieza comentó también con un compañero hace unos días que no sabía dónde estaban haciendo arreglos o reparaciones, porque era el tercer día que sacaba varias bolsas de escombros que estaban junto con la basura.
Uno de los sicólogos encargados de la rehabilitación de los jóvenes recluidos en el hogar donde se produjo la fuga, hizo la semana pasada unos interesantes comentarios en su grupo de “reflexión alternativa sobre los abordajes a la temática de la insurgencia rebelde juvenil frente a los desafíos de los tiempos violentos que vivimos” —un grupo que funciona en el INAU para analizar la problemática de estos muchachos.
—“Saben que en un encuentro con varios de los muchachos, uno de ellos me dijo el otro día que en cualquier momento se fugaban por un agujero que estaban haciendo en una pared” —dijo Braulio Elmasbo Ludo, sicólogo jefe del hogar de los que se fugaron —“y el tema lo discutimos esa misma tarde con los demás integrantes del equipo supervisor de la evolución sicológica temperamental de los menores recluidos” —indicó.
—“¡Qué interesante, compañero, le ruego nos cuente a todos las conclusiones de ese análisis!” —replicó a su turno la Lic. Juliana Ladés Pistada, coordinadora de estos encuentros.
—“Lo primero que concluimos fue que se trataba de una clara indicación de una patología sico-inclinativa de tenor secundario, del tipo de las que afectan el razonamiento traumatizante por la contraria, como lo describe claramente Herbert Kechotenberg en su último tratado, ya que era imposible que esos muchachos se pudieran fugar por un agujero en la pared, desde el momento que están detenidos en un centro vigilado e inexpugnable, ¿me siguen?” —replicó Braulio Elmasbo Ludo.
—“Un razonamiento impecable, que comparto en su totalidad” —terció el sicólogo Jaime Elsoña Dor, integrante del grupo de análisis —“en la medida que este tipo de comentarios por parte de estos muchachos son muy frecuentes, alucinan con cosas que les gustaría hacer, pero después se frustran cuando ven que son imposibles” —agregó.
—“Es que es cada vez más frecuente que estos chicos verbalicen en forma desafiante sentimientos o situaciones de difícil o imposible concreción, fruto del llamado por la Escuela de Varsovia ‘síndrome de Machutelli’, que estamos comprobando cada vez con más frecuencia” —enfatizó.
A los tres días los once menores se fugaron efectivamente por un agujero en la pared, y los sicólogos reeducadores fueron citados por los sumariantes para declarar acerca de lo que pudieran saber, a los efectos de profundizar en la investigación administrativa dispuesta por las autoridades.
Braulio Elmasbo Ludo declaró que “a su entender, no era esperable que estos jóvenes se fugaran, porque el hecho de haberlo dicho con anterioridad significaba, del punto de vista sicológico, precisamente todo lo contrario”.
—“¿Cómo?” —saltó la escribana sumariante —“¿a usted le habían dicho que se iban a fugar?” —prosiguió con la mandíbula a punto de caérsele de la sorpresa.
—“Así es. A mí mismo me lo dijo uno de ellos, y por supuesto que de inmediato lo comenté con mis compañeros sicólogos del hogar, y decidimos que se trataba, bueno, no le voy a explicar en detalle porque usted no es experta en este tipo de temática, y no me va a entender términos técnicos que se aplican a estos casos…”.
—“Un momento” —interrumpió la escribana —“¿ustedes no pusieron en conocimiento de las autoridades este anuncio hecho por los mismos jóvenes?”.
—“De ninguna manera” replicó el sicólogo del INAU —“lo que hicimos fue analizar el fenómeno desde el punto de vista científico, tras lo cual iniciamos una terapia alternativa de seducción sicológica hacia la tendencia positiva del lóbulo central, como lo explica el sicólogo español Miguel Deloinconce Bible, pero como le dije no voy a entrar en detalles, porque usted no me entendería” —concluyó el técnico.
—“Lo que no puedo entender es cómo, sabiéndolo ustedes, no lo informaron a las autoridades” —se asombró la sumariante.
—“Esa no es nuestra tarea, andar denunciando o sospechando, lo nuestro es el tratamiento sicológico que tenemos que hacerles a estos muchachos para que cuando salgan en libertad, se reintegren armónicamente a la sociedad como ciudadanos pacíficos” —dijo don Braulio.
—“¡Pero ya se rajaron por un agujero y están en libertad, listos para rapiñar y asesinar de nuevo!” —replicó la escribana, alzando la voz.
—“No es nuestro problema” —contestó el sicólogo —“es el de los vigilantes, que no colaboran con nuestra tarea” —concluyó.
Así vamos.