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Los gobiernos del Frente Amplio dejan “islotes” de “resentimiento”
Sanguinetti dijo que hay que recuperar los valores batllistas que se deterioraron en los últimos 15 años y que son los que permiten diferenciar a Uruguay del “revanchismo” peronista y de las desigualdades aristocráticas chilenas
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“Digámoslo claro: ¡Estamos contentos porque sacamos al Frente Amplio del gobierno!”, gritó el dirigente colorado Gustavo Osta y provocó la mayor cantidad de aplausos de la noche entre los correligionarios que el viernes 27 se acercaron al Yacht Club para cerrar el año. En primera fila esperaba su turno para hablar la persona que, según Osta, “pensó, definió y proyectó” el triunfo de la oposición en las últimas elecciones nacionales.
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Julio María Sanguinetti sonreía. Un año y medio después de plantear que la oposición debía coaligarse para intentar derrotar al Frente Amplio, el dos veces presidente no rechazaría de plano esos elogios. De hecho, cuando le tocó el turno, Sanguinetti dijo que acababa de escribir una de las “mejores páginas” de su “historia personal” y de la “historia colectiva” de los colorados. Un esfuerzo comparable con “el retorno a la democracia” en 1985.
A mediados de mayo del 2018 Sanguinetti volvió de lleno al ruedo político en un acto también organizado por Osta. En ese momento, auguró que el próximo gobierno iba a “ser de coalición” y que los colorados serían “una parte sustantiva de ese gobierno” (Búsqueda Nº 1.969). Todavía no estaba definido que el exmandatario fuera a ser precandidato presidencial —derrotado luego por Ernesto Talvi— y futuro secretario general del partido.
Durante su discurso, la semana pasada, Sanguinetti justificó su retorno debido a que entendía que Uruguay necesitaba vivir “un proceso de recuperación” que iba más allá de revertir un deterioro de la economía. El país, dijo, “tenía que volver a reconciliarse con sus valores”, “recuperar la dignidad del trabajo” y abandonar “el himno al más o menos, el país del como te digo una cosa, te digo la otra”.
El expresidente cargó contra la herencia que dejará el Frente Amplio tras 15 años de gobierno. La coalición de izquierda fue “ideologizando todos los aspectos de la vida”, denunció. Así, por ejemplo, la inseguridad en Uruguay aumentó porque el oficialismo responsabilizó a la sociedad capitalista de la “producción del delito” y vio a los delincuentes como “víctimas” de un sistema injusto.
Y si bien el Frente Amplio dejó atrás sus “viejos eslóganes” de no pagar la deuda externa o nacionalizar la banca, según Sanguinetti sí mantuvo sus prejuicios, que dejará como legado al gobierno entrante. “Los prejuicios, la división, el bueno y el malo: el monopolio de la bondad y la sensibilidad en un lado y por otro lado el egoismo, la avaricia”, detalló.
“Esa división de la mentalidad, del sentimiento, hasta diluir los verdaderos valores nacionales, los valores intrínsecos de nuestra nacionalidad. Hoy ni las fechas patrias significan nada. Y eso no es simplemente un recurso retórico de patrioterismo, sino la carga de los valores; porque las banderas no son solo banderas, los escudos no son solo escudos, los recuerdos no son solo pasado congelado, son, por el contrario, las convicciones, los principios” añadió.
Mirada histórica
Sanguinetti reconoció que pese a ese deterioro, la democracia uruguaya sigue recibiendo elogios, en particular porque se encuentra en una región convulsionada. Sin embargo, atribuyó la estabilidad a la historia del país más que a la coyuntura política.
A un uruguayo no lo pueden distinguir de un argentino fuera de la región porque tienen muchos puntos en común, pero a la “sociedad institucional” de cada país sí se la puede diferenciar, razonó. “¿Por qué? Porque es un producto de la historia, el primer producto de la historia es la institucionalidad democrática”.
Mientras que Argentina tras su revolución demoró cuatro años, hasta 1816, en definir si quería que su independencia del reino español derivara en una república o en una monarquía, José Artigas redactó las instrucciones del año 1813 en las que “estaba definido todo: la independencia, la confederación y la república”, relató Sanguinetti. Y agregó: “Partimos de bases distintas, para nosotros lo primero es la institucionalidad, esa es la esencia del artiguismo”.
De Artigas, el relato histórico del expresidente pasó a José Batlle y Ordóñez. Después del aluvión de migrantes que reconfiguró la sociedad uruguaya, entre 1913 y 1915 se “hacen todas las leyes sociales”: las de trabajo, la de abolición de la pena de muerte, el divorcio por sola voluntad de la mujer.
Mientras tanto en Argentina nada de eso sucedió. Recién 30 años despues Juan Domingo Perón levantó las banderas sociales y “se quedó con media Argentina”. Con una gran diferencia, según Sanguinetti: “Aquello que en nuestro país fue reformismo democrático, en Argentina fue revanchismo. Y ese ingrediente de revancha que impregnó al peronismo es lo que todavía sobrevive”. “Esa es la razón y la explicación. Somos distintos no por casualidad, sino porque somos hijos de la historia. Y la explicación es el batllismo, la diferencia es el batllismo”, concluyó.
Sanguinetti también diferenció a Uruguay de Chile. En el caso del país trasandino, el problema son “todos aquellos ingredientes aristocráticos” que posee y que a lo largo de la historia “se congelan en la sociedad chilena con bolsones que generan luego resentimientos”.
El líder colorado mencionó, en particular, el sistema educativo chileno, “muy profundamente injusto”, que recién en los últimos años comenzó a cambiar porque en su segundo gobierno Michelle Bachelet “vivió una rebelión” como la que ahora enfrenta Sebastián Piñera.
Y otra vez llegó la comparación con la historia local. Uruguay no tuvo esas revoluciones recientes porque “ya desde el fin del siglo XIX teníamos la escuela laica gratuita y obligatoria”, dijo Sanguinetti. “Porque el viejo Batlle hace los liceos departamentales y pone un liceo en cada uno, porque el viejo (Pedro) Figari transforma la educación y porque la universidad estuvo siempre abierta”.
Sanguinetti explicó que no estaba haciendo un “cuento navideño”, sino que esas diferencias históricas eran las que quería recuperar. “Si acá hemos batallado lo que hemos luchado, es justamente para rescatar esos valores esenciales de la república. Para rescatar eso que somos, para que haya un espíritu de reconciliación”. Para combatir los “islotes” de “resentimiento y rencor” que se han instalado en los últimos años.