Nº 2130 - 7 al 13 de Julio de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa primera escena se desarrolla el 11 de enero de 2001, hace ya más de 20 años. El protagonista es el entonces presidente Jorge Batlle, que se encuentra en el living de la residencia de Suárez y Reyes conversando animadamente con el periodista del diario The New York Times Clifford Krauss. Se nota que la entrevista ya está avanzada, pero la película comienza con la cara de sorpresa del cronista extranjero ante una respuesta del mandatario uruguayo.
“Señor presidente, sobre el tema de la droga, ¿cuál es su posición?”, pregunta Krauss. “Mi posición es que hace más o menos cuarenta años que hay una gran lucha, en el mundo occidental, contra la droga. Y la droga persiste. Por tanto, es evidente que eso no se arregla con una guerra como la de Vietnam”, responde Batlle.
Dice más el presidente uruguayo. Sostiene, por ejemplo, que “el día que se elimine la prohibición de la droga, se elimina el dinero que alimenta toda esta cosa” y que “si el recurso” que se utiliza para combatirla se destina “a educar a la gente” para que no la consuma, “va a salir mucho más económico”, ya que bajará el precio y “determinará que mucha menos gente esté interesada en vincularse a ese negocio”.
“¿Usted piensa eso?”, repregunta cada vez más sorprendido el periodista. Entonces Batlle se manifiesta a favor de liberar cuanto antes todo el mercado de drogas y, al justificarlo, recuerda lo que ocurría a principios del siglo XX con la “ley seca” en Estados Unidos, cuando la prohibición de la venta de alcohol generó todo tipo de mafias alrededor del negocio, que cayeron luego de que se levantara esa medida.
“¿Quién va a vender la droga después?”, se impacienta Krauss. “Y yo qué sé, cualquiera. ¿Quién vende el vino? ¿Usted conoce quién vende el vino? Y bueno… A mí no me interesa quién lo vende, a mí lo que me interesa es sacarle el valor que tiene”, responde el mandatario uruguayo.
La siguiente escena ocurre más de 13 años después. Los protagonistas son otro presidente y otro periodista de un prestigioso medio internacional. Es 7 de mayo de 2014 y la conversación se desarrolla vía telefónica entre José Mujica, en su oficina del piso 11 de la Torre Ejecutiva, y Gerardo Lissardy, corresponsal en América Latina de BBC Mundo. Ese mismo día, Mujica había firmado el decreto reglamentario de la ley de legalización del consumo y la venta de marihuana en Uruguay, luego de una discusión de más de dos años, con idas y vueltas de todo tipo.
El periodista intenta saber cómo vive Mujica ese momento histórico de su país, pero el presidente prefiere mostrarse cauto. Destaca que la nueva ley es “un experimento” y un “camino que capaz que le deja un poco de conocimiento a la humanidad”, aunque “los remachados retrógrados que no quieren cambios para nada seguro se van a asustar”.
Luego la película avanza con varias secuencias que remiten al pasado y que se inician con el expresidente norteamericano Richard Nixon declarando la “guerra a las drogas”, hace 50 años. En una de ellas, Mujica argumenta a favor de la liberalización recurriendo a Milton Friedman, un economista liberal norteamericano ganador del Premio Nobel, que en los 90 propuso abolir la prohibición de todas las drogas como forma de combatir el narcotráfico. En otra aparece Batlle citando las mismas frases de Friedman. También el actual presidente Luis Lacalle Pou promoviendo el autocultivo de marihuana en su época de diputado o su antecesor Tabaré Vázquez manifestándose a favor de legalizar la cocaína. Luego se suman distintos debates y propuestas que quedan en nada y la recopilación finaliza con el periplo de una tímida ley impulsada por el gobierno de Mujica, que abarca solo la marihuana y hasta incluye un registro con huella digital de los habilitados para comprarla en farmacias, un contrasentido con las ideas libertarias defendidas por cuatro presidentes.
La siguiente escena es contemporánea. Se desarrolla en dos locaciones: primero en la sede del Ministerio del Interior y luego en el Palacio Legislativo. En la primera los principales jerarcas ministeriales buscan cómo contrarrestar los efectos de la legalización de la marihuana y volver al régimen anterior. Dentro de esa estrategia, optan por incluir en el proyecto de Rendición de Cuentas enviado al Parlamento un artículo para que el Estado pueda acceder a “la información de la dirección y ubicación de los autocultivadores y de los clubes cannábicos”. Una vuelta atrás, otra más. En el Palacio Legislativo, siguiente escenario, esa iniciativa provoca resistencias. Se genera suspenso sobre su futuro. Queda la duda de su aprobación, pero se hace evidente que otra vez va a naufragar cualquier posibilidad de una liberalización mayor.
Las escenas posteriores causan un quiebre importante en la película. Son sobre la evolución en Uruguay de los narcotraficantes durante todos esos años. Las imágenes se van tornado cada vez más violentas y las cifras que se desprenden de ellas más escandalosas. Algunas son de las cárceles, en las que uno de cada tres presos están vinculados al narcotráfico. Otras son de asesinatos y ajustes de cuentas en los barrios suburbanos y también céntricos de las principales ciudades del país. También hay del puerto, donde cada año se cuelan, corrupción mediante, contenedores para Europa con miles de kilos de cocaína. El vértigo con el que se suceden las secuencias con los homicidios por drogas —casi la mitad de los que se registran actualmente—, y con las bandas de narcotraficantes que van cambiando o sumando líderes, territorios, armas y millones de dólares contrastan con la parsimonia mostrada por el sistema político en las primeras escenas de la película.
El final todavía es incierto. Como muy bien decían Batlle y Mujica, y como lo evidencia lo ocurrido con la “ley seca” en Estados Unidos, la verdadera solución parece ser liberar todas las drogas para de esa forma liquidar al narcotráfico. Es cierto que un país no puede hacerlo solo, pero sí iniciar el camino, probar, como ocurrió con la marihuana. Varios referentes, de distintos partidos, comparten que no queda otra alternativa y que por eso se debe intentar. Pero eso sería un final feliz, hollywoodense, utópico, poco realista. El que se perfila es muy distinto, porque en él triunfan los malos, en contra de la opinión de los presidentes. Por eso, está cada vez más claro cuál debería ser el nombre de la película, que todavía está en desarrollo: “Los gobiernos pasan, los narcos quedan”.