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    Los herederos de Atchugarry

    Director Periodístico de Búsqueda

    N° 2071 - 14 al 20 de Mayo de 2020

    La política no es una carrera de 100 metros: es una maratón. De esa forma la viven los que llegan a los principales lugares, los que logran quedar en la historia. Los otros, los que “se precipitan, se precipitan”, como decía en su momento el caudillo colorado José Batlle y Ordóñez para referirse a los apurados, que por una ansiedad desmedida solo logran arrojarse al abismo. El secreto es tener paciencia, construir día a día, pensar cada paso como si fuera uno en un millón.

    Todas esas eran citas a las que recurría con frecuencia Alejandro Atchugarry. Más de una vez se las escuché durante mis visitas como periodista a su despacho en el Palacio Legislativo, entre una nube de humo de tabaco y un ejército de botellas plásticas de Coca-Cola light de medio litro en su escritorio. Era la forma que tenía de explicar su estilo medido, conciliador, paciente y a veces demasiado tibio.

    Pero le dio buenos resultados. Era difícil no quedar conforme luego de hablar con él, tenía esa habilidad para convencer, aspecto fundamental para la salida de la crisis de 2002. Todos, absolutamente todos, cedieron un poquito ante los pedidos de Atchugarry. Lo suyo era la negociación, en el sentido más abarcativo pero también tedioso de la palabra. Con todos hablaba, a todos escuchaba y a partir de allí iba construyendo el camino del medio, ese que permitió que Uruguay ya estuviera registrando un crecimiento económico en 2003. Su cargo más alto en el Poder Ejecutivo fue el de ministro. No quiso ser candidato presidencial. De serlo, quizás hubiera corrido mejor suerte. O no. Lo cierto es que se trata de uno de los pocos exgobernantes que logran la casi unanimidad a su favor.

    Hoy existen otros dos políticos con semblantes parecidos: uno en el gobierno y otro en la oposición. No son contemporáneos de Atchugarry, aunque lo conocieron. En su época iniciaban sus carreras políticas y claramente leyeron de forma precisa cómo ese dirigente colorado logró representar algo parecido a la uruguayez bien entendida. Uno es el secretario de la Presidencia, Álvaro Delgado, y el otro el candidato a intendente de Canelones por el Frente Amplio, Yamandú Orsi. Ambos son cercanos en edad, tienen muy buena relación entre ellos y son vistos como eventuales competidores presidenciales en la próxima elección. Y por más irónico que parezca, porque ninguno de los dos es colorado, podrían ser los herederos de Atchugarry.

    Delgado adquirió mayor protagonismo durante la pandemia de coronavirus. Al igual que Atchugarry, se hizo fuerte en momentos críticos y de incertidumbre. Logró transmitir tranquilidad y certezas, dos características que son como un relajante para la angustia masiva. Su voz fue la encargada de difundir la mayoría de los pasos del gobierno de una forma clara y contundente. Participó en 17 conferencias de prensa desde que el 13 de marzo se decretó la emergencia sanitaria y dio decenas de entrevistas a distintos medios televisivos, radiales y escritos.

    Ya era alguien conocido en el sistema político porque siempre fue el encargado de negociar y conversar con todos. Como mano derecha del presidente Luis Lacalle Pou tiene, por ejemplo, un diálogo fluido con el titular del PIT-CNT, Fernando Pereira, y con el expresidente y senador más votado de la oposición, José Mujica. Lo suyo, al igual que Atchugarry, también es la construcción de puentes. Hace años que lo practica, pero ahora se hizo visible para todos. Ahora la mayoría de la población sabe quién es. Ahora cuenta con un respaldo cercano al 60%. Y por lo bajo son muchos quienes lo comparan con Atchugarry. Por lo que hace y por lo que dice.

    “Sería inmoral y desleal con la sociedad uruguaya pasarnos facturas por temas que no tienen que ver con lo importante, que es la salud y la preocupación por el trabajo y el desarrollo”, opinó la semana pasada en una entrevista con República Radio.

    Este es solo un ejemplo, pero en la mayoría de sus apariciones públicas a Delgado le gusta destacar la “capacidad de diálogo” de los uruguayos y dice sentirse “orgulloso como ciudadano” de esa cercanía entre personas con pensamientos distintos, la misma que reivindicaba una y otra vez Atchugarry.

    Orsi, en la vereda de enfrente, hace ya tiempo que está repitiendo conceptos similares. Es el dirigente político que desde la oposición ha adoptado el discurso más conciliador, aunque ya lo tenía antes de las elecciones nacionales. Dice cosas como que al gobierno actual “le tiene que ir muy bien” en esta lucha contra el coronavirus porque “de eso dependemos todos”.

    “No debe haber espacio en esto para las especulaciones. Seamos una sola nación, hoy más que nunca, y seremos una mejor sociedad al salir de esto. Eso no quiere decir no discutir, no opinar, no tener diferencias, sino todo lo contrario, debemos ser oportunos y solidarios a todos los niveles”, argumentó en una de sus últimas apariciones públicas, grabada y difundida en plataformas digitales.

    Llama al diálogo constantemente y busca construir puentes para luego transitar sobre ellos, una actitud similar a la que tuvo Danilo Astori durante la crisis de 2002, actitud precisamente elogiada entonces por Atchugarry. En ese momento Astori fue muy criticado por dirigentes del Frente Amplio y luego perdió las elecciones internas con Tabaré Vázquez. Pero su colectividad política ganó las elecciones y él fue elegido como ministro de Economía.

    Todavía falta mucho para el 2024, pero la maratón electoral ya comenzó. Orsi probablemente será uno de los postulantes a la presidencia, al igual que Carolina Cosse u Óscar Andrade, que han adoptado una postura mucho más confrontativa, y Daniel Martínez y Mario Bergara, que van por el camino del medio.

    Del otro lado, Delgado también cuenta con serias posibilidades de ser uno de los candidatos. Es probable que con él se midan figuras nuevas, como la vicepresidenta Beatriz Argimón o el titular de la Cámara de Diputados, Martín Lema. Pero Delgado ya muestra desde hoy cuál será su camino.

    Ambos arrancan con ventaja la carrera. Ya recorrieron una parte importante del trayecto, aunque esto no siempre es garantía de éxito. Depende de cómo lo manejen los demás y especialmente ellos mismos. Lo seguro es que ya nadie los subestima, como suele ocurrir en Uruguay con los conciliadores, con los supuestos “tibios”. Y, a diferencia de Atchugarry, no parece que tengan previsto abandonar la maratón a pocos metros de la meta.

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