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    Los impuestos, sin mulas ni versos

    Sr. Director:

    Burócratas (uruguayos), desde la seguridad —y el aislamiento— de sus oficinas en algún organismo multilateral, han salido a decir que la pandemia era una buena oportunidad para hacer reformas tributarias. ¿Reformas que aflojen un poco la cincha? ¡Qué va!

    Hora de volver a plantear algunas preguntas:

    -¿Para qué imponer? ¿Quién puede imponer? ¿Cómo imponer?

    Empecemos por destacar algunas realidades que suelen esconderse detrás de las mulas y los versos.

    Con frecuencia quien paga los impuestos no es aquel que la ley dice debe ser el sujeto pasivo. En la realidad, los impuestos terminan pagándolos aquellos que no puedan trasladarlos. Todos trasladamos lo que nos imponen en lo que podemos: para adelante, encareciendo lo que vendemos (bienes, servicios y trabajo) o para atrás, rebajando insumos y mano de obra.

    Así, cuando los chochamus claman por más impuestos para los ricos, olvidan que estos solo pagarán lo que no puedan patear, para adelante o para atrás.

    La segunda verdad sobre los impuestos es que todos producen efectos económicos colaterales distorsivos, que a su vez generan efectos sociales. Así, cuando los chochamus reclaman que se grave la renta de las personas, olvidan —o ignoran— que eso provoca un retraimiento en la inversión, lo cual puede impactar negativamente sobre terceros (reduciendo el empleo, por ejemplo).

    Con estos elementos en mente, abordemos las preguntas fundamentales.

    ¿Para qué imponer?

    En este rubro, los versos abundan. Empiezan los que entonan las estrofas de la justicia: hay que poner impuestos para hacer justicia, para sacarles a los ricos y darles a los pobres.

    De las primeras cosas que se nos han olvidado es que la Constitución no le da a ningún poder del Estado esa facultad. Existe sí un Poder Judicial y normas sobre justicia, pero referido a otros bienes jurídicos, no a una justicia distributiva. O sea que ni el Ejecutivo, ni el Parlamento (y mucho menos las intendencias) tienen legitimidad para resolver si hay que sacarles a algunos y darles eso a otros.

    Asistir o fomentar si se dan ciertos extremos, sí. Pero detraer, no. No cualquiera ni de cualquier manera.

    Este asunto fue, ni más ni menos, que el detonante que creó la democracia en el mundo, desde la Carta Magna, la Glorious Revolution y la Revolución americana (la francesa terminó en un catereté voluntarista) hasta nuestros días.

    El argumento de que se impone para redistribuir, impidiendo grandes diferencias, comparte las críticas anteriores y añade el factor real de que los cambios de niveles económicos y sociales no ocurren como consecuencia de los impuestos.

    Está también el argumento, hoy pasado de moda, que cree en los impuestos como herramientas de desarrollo (¿se acuerdan del viejo Improme?). Todavía queda algún vestigio de estos disparates, como creer que la gente construirá si se gravan los baldíos, pero son pocos. En todo caso, el efecto promotor del impuesto puede estar en su opuesto: la exoneración, y esto abre toda una discusión acerca de sus contras y beneficios.

    Los impuestos tienen una única razón de ser: son mecanismos por los cuales el Estado le saca plata a la gente para destinarla a fines que la misma gente ha aprobado. Los dos verbos, sacar y destinar, deben conjugarse en clave de democracia.

    Eso son los impuestos. Ni más, ni menos.

    2. Contestar la segunda pregunta: solo puede imponer aquel a quien el orden jurídico ha otorgado las facultades para hacerlo. Esto implica rechazar la creación de tributos por parte de operarios estatales no autorizados o por vías oblicuas (como las tarifas y las multas).

    Una democracia exige que se cumpla un ordenamiento jurídico que contiene tres patas: la competencia para tributar, la competencia para determinar los objetivos y destinos de la tributación y el procedimiento (predeterminado) para imponer el tributo y ordenar el gasto.

    3. Cómo imponer. Necker, ministro de Economía de Luis XVI, decía que el arte de tributar era como el de desplumar al ganso: tenía que ser con los menores chillidos posibles.

    Las cátedras y las administraciones tributarias han consumido ríos de tinta en discusiones técnicas acerca de las virtudes y defectos comparativos entre los tributos directos y los indirectos y entre las tasas fijas y las progresivas.

    Los gurúes progres son hinchas de los tributos directos y progresivos: impuesto a la renta ya y con tasas progresivas. Básicamente porque consideran que es lo más justo.

    La práctica ha demostrado, y autoridades como Vito Tanzi lo reconocen, que los mecanismos económicos ya señalados desdibujan en la realidad las buenas intenciones y que, además, los efectos colaterales de los impuestos directos, sobre todo cuando alcanzan ciertos niveles, neutralizan sus supuestas ventajas.

    Hay que tributar con los menores niveles de distorsión posibles. No existen los impuestos buenos y virtuosos. Simplemente hay que enfocarse en el destino —el gasto— tratar de ajustarlo a las necesidades reales y ser lo más cuidadoso posible a la hora de desplumar al ganso.

    Sin mulas ni versos.

    Ignacio De Posadas