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    viernes 21 de junio de 2024

    Los libros de la basura

    Nº 2240 - 31 de Agosto al 6 de Setiembre de 2023

    Se notaba que el hombre había pasado esa noche y las anteriores a la intemperie porque la piel y la ropa se le habían puesto de un mismo tono. Después de mirar dentro del contenedor, dejó caer la tapa y se oyó el toc metálico, el mismo que resuena en Montevideo en los silencios y las madrugadas. Alrededor había unos trastos esparcidos y una pila de libros y revistas. Se podría considerar el suburbio del contenedor como una zona de transición hacia la basura, un limbo de unos pocos metros cuadrados donde se suele colocar lo que no merece estar en medio de la inmundicia, sino al costado.

    Sobresalía de la montonera una revista con un gran titular, Las estrellas de la pantalla chica, y el hombre se dejó seducir por la promesa de una historia. En esos días andaba en la esquina un sofá de patas desparejas que le sirvió de living por algunos minutos. Luego de haber perdido, o saciado, el interés dejó la revista en el montón y siguió andando.

    Entre los apilados estaban también Chico Carlo (con nombre, apellido y colegio de la dueña), un libro sin tapa de la colección Robin Hood, La hormiguita viajera de vestido rojo a lunares y zapatos de taco, un manual sobre el control del estado de ánimo, la biografía de Shirley MacLaine, Las reglas del fútbol y una tarjeta escrita a mano (con un corazón) que decía “Feliz cumpleanios. Mamá te amo mucho” (sic).

    Encontrar libros junto al contenedor no es tan excepcional —eso lo sabría el hombre de las malas noches—, aunque la acción se condena casi por unanimidad. “Es como tirar el conocimiento”, dicen, y hasta se escribe. Con algo de honestidad intelectual habría que relativizar la condena en ciertas circunstancias y comprender a quienes no encuentran los motivos para guardar la Introducción a Windows 95 o El curso de historia del derecho español de 1950.

    La sensibilidad toca techo cuando el libro abandonado lleva en la frente el nombre de un clásico. Ver a La Ilíada junto al pan de ayer despierta emociones fuertes, incluso si se trata de una edición con el peor papel, las letras apretadas y una traducción en la que Aquiles se refiere al enemigo como un “gilipollas”. Dejar a Homero en tierra de nadie se hace con culpa, por más que Dante lo haya colocado a él y a otros poetas justamente en el limbo, a las puertas del Infierno, por un motivo más ruin que la falta de espacio en la estantería.

    Como sea, los libros en la basura no son novedad. Al parecer, cada año miles van a parar a volquetas y contenedores, la antesala del fuego que los devorará sin fijarse en ideologías ni religión. En 2017 un grupo de recolectores de Ankara se rebeló contra esa masacre y decidió armar una biblioteca con los libros despreciados. Todavía hoy se siguen publicando artículos en la prensa sobre los “basureros-lectores” de Ankara y hasta la pluma más aséptica deja caer una frase con moraleja de cierre.

    Ante la evidencia de lo bueno, las autoridades turcas ofrecieron una fábrica abandonada desde hacía 20 años, en el mismo predio donde trabajaban los recolectores, para que los libros tuvieran un mejor destino. Lo que muchos llaman una segunda oportunidad. Hubo donaciones, convenios con escuelas barriales y no faltó la idea de que la biblioteca recogida en la basura extendiera sus tentáculos hacia las cárceles. Así, una vez más los desafortunados se juntaron con los desafortunados, para consuelo de todos.

    La biblioteca de Ankara se presenta como un ejemplo de salvación ante el abandono, un asunto con muchas aristas. A simple vista está el que descarta y el que recoge, pero cuando se trata de libros aparece en el medio la figura fantasmal del autor. Algunos lectores abandonan los libros en silencio después de las primeras páginas con la idea de no regresar jamás. En este caso, se trata de otra calaña de abandono. Hace un tiempo el portal Goodreads preguntó a sus usuarios qué libros no habían logrado terminar. Entre las novedades de entonces, el primer lugar lo ocupó Una vacante imprevista de J. K. Rowling, la novela para adultos de la autora de Harry Potter que seguramente desilusionó por la falta de magia. Entre los clásicos, El señor de los anillos de Tolkien, el Ulises de Joyce y Moby Dick de Herman Melville encabezaban la lista de los más abandonados.

    Pero no es lo mismo cerrar la tapa de un libro para siempre que tirarlo a la basura: lo primero se diría que es sutilmente cruel; lo segundo es de una violencia más ostentosa y expone al lector al escarnio público. Por eso, llegado ese instante conviene manejar buenas razones que acallen la conciencia y a los acusadores. ¿Virgilio o Dante? ¿Marcel Proust o Jane Austen? ¿Cómo y cuándo decidir? Luego de agotar los recursos, cuando a un libro no lo quieren ni de regalo, viene el momento de actuar. Según una página que promueve el reciclaje, “cuando los libros ya han dado todo de sí y no pueden seguir entreteniendo a los lectores, el lugar para tirarlos es el contenedor azul…”.

    Pensándolo de ese modo y aunque no haya en el país contenedores azules, la culpa se aligera. Pero lo que tranquiliza por aquí inquieta por allá, porque la descripción se ajusta demasiado bien a cierta etapa de los seres humanos. A semejanza de los libros, cuando lo hayamos dado todo y no podamos seguir entreteniendo, ¿qué desventuras nos esperan?