Nº 2205 - 22 al 28 de Diciembre de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn la extensa —de casi dos siglos— y compleja ruta del tango clásico figuran muchas obras presentadas por sus autores, y así incorporadas al lenguaje y la convicción de las gentes, precisamente como “tangos”, cuando en realidad no lo son.
¿Cuál es la razón? Prefiero pensar, quizás por pura benevolencia, que hubo décadas donde el éxito del tango, entre nosotros y en el mundo entero, simplificaba el camino al éxito de temas cuyo origen, más allá de ingeniosos arreglos, eran músicas de otros orígenes. No me parece que añada algo relevante sugerir meras picardías de algunos compositores.
Los ejemplos son muchos, pero para explicar la cuestión me referiré a un solo “tango” muy importante, de alta calidad y que involucra a Carlos Gardel y Alfredo Lepera y, años después, termina vinculando cual novela rosa a un músico muy popular.
Tango Bar fue la última película filmada por el cantor —entonces nadie podía prever la cercana tragedia que cortaría su vida y sus éxitos— en febrero de 1935 en Long Island, Nueva York, dirigida por John Reinhardt. Confesado por el director musical Terig Tucci, hubo un tema, que Gardel llamó “tango”, compuesto con Lepera a último momento, pues la empresa Paramount quería aumentar los aportes que involucraran, a partir de los textos poéticos de las obras musicales, a públicos de otros países de América Latina, España e Italia, para aumentar la repercusión de los filmes.
Y así nació Lejana tierra mía para una escena central con Gardel en el rol del personaje principal; entra de smoking a un bar repleto de gente modesta y donde se toca música que lo cautiva y él pide permiso para cantar ese “tango” que le recuerda a su abuela y aumenta su emoción por la distancia que lo separa de su tierra natal. La interpretación es hermosa y profundamente conmovedora.
La cuestión es que Lejana tierra mía es una canción de corte español, con ciertos matices de zarzuela, aunque hoy figure en cualquier referencia de los mejores “tangos” logrados por Gardel en sus películas en el exterior.
Pero no es la única curiosidad. Tucci, presionado por los productores, ya había incluido en Tango Bar la jota española Los ojos de mi moza. Algo similar a lo ocurrido antes, con el bolero Sol tropical, en el filme El día que me quieras.
Hay otro aspecto interesante en esta peripecia; la cantidad y variedad de intérpretes para los cuales Lejana tierra mía figuró —y aún está presente en algunos cantantes contemporáneos— en sus repertorios de “tangos” preferidos: Virginia Luque, Roberto Goyeneche, Edmundo Rivero, María Graña, María Garay, Hugo del Carril, Jorge Vidal, Miguel Montero, Argentino Ledesma, Raúl Lavié, la orquesta de Mariano Mores con Carlos Acuña, además de las versiones instrumentales del Trío Contemporáneo, los guitarristas Cacho Tirao, Roberto Grela y Aníbal Arias y Hugo Díaz con su armónica. Además, Roberto Sánchez (Sandro) hizo una interpretación con su peculiar estilo en la película Destino de un capricho, en 1972.
Pero tal vez quien expresó con sinceridad y sin culpas ese afán de convertir en tango canciones de otras características haya sido Mariano Mores: “En 1938 grabé para Columbia, bajo el nombre pomposo, lo reconozco, de Orquesta Típica Marianito Mores, Sueño angelical, Recuerdos y Mi gheisa está triste, tres temas de Masao Koga, el padre de la música popular japonesa, reescribiéndolos en un tiempo adecuado al fin perseguido”.
Mores fue un revulsivo del tango clásico, aunque rechazado por los tradicionalistas. Lo suyo no fue intelectual, como en Piazzolla o Rovira, o antes De Caro, sino excéntrico, muchas veces exhibicionista, claramente sinfónico, con mezcla de instrumentos no habituales y un número de integrantes desmesurado para sus orquestas. No obstante, fue un músico excepcional, que compuso obras inmortales.
Hay una frase suya que lo une en este relato a Gardel: “Yo tenía 18 años. Había muerto Carlos, a quien no conocí pero admiré, y al año siguiente falleció mi padre. Fue como si me hubiesen dejado solo. Mi viejo era estudioso, me hablaba de historia, de Chopin, de Beethoven… Y Gardel, con sus audacias. Fueron los vestigios que me quedaron. Preludios de una vida, insignificantes algunos, pero todos dolorosos. Y a partir de ahí me dirigí sin dudar, paso a paso, a lo que me gustaba, me emocionaba, sentía que era lo mío. Y creé un estilo propio, irrenunciable. Con él reaprendí qué era divertirse…”.