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Al entrar, sobre la pared izquierda, hay un patio, un bosque y lo que tal vez podría definirse como un follaje. Son tres imágenes fechadas entre 2010 y 2011. El patio y el bosque fueron realizados en acuarela, grafito y pastel sobre un papel blanco de cuarenta por cincuenta, un papel un poco arrugado, como de apunte. Son tres obras a las que es necesario prestarles atención cuando uno desembarca en la exposición del artista uruguayo Eduardo Cardozo (1965) titulada “Rauschen”, recién inaugurada en la gran sala del primer piso del Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV).
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Parecen cuadros insignificantes, apabullados, arrinconados por el enorme despliegue de pintura que Cardozo ofrece en su primera exposición en el privilegiado museo del Parque Rodó, muy concurrido durante el pasado fin de semana. En la pared frontal, blanca, infinita, hay un tríptico de gran tamaño (“Sólo el sonido de aquellas palabras”, en óleo, acrílico y grafito sobre tela). Y esos trabajos formidables que ocupan tres metros por cinco y que un artista sólo puede hacer para sí mismo, pensando en sí mismo, en su arte, en sus búsquedas y sus vivencias, son un desafío que está más allá de cualquier intervención prosaica, de cualquier diálogo con el mundo exterior, del mercado y de los discursos que van y vienen como si una obra fuera, apenas, un objeto de consumo. En realidad, lo es. Y no está mal que lo sea.
Pero antes están, o deberían estar, el artista y su entrega. En el caso de Cardozo, además de ser uno de los pintores más cotizados y más relevantes del arte contemporáneo nacional, evidencia un momento sustancial de su relación con el arte. Relación que uno puede constatar frente al conjunto de su obra, de su última obra, pero, sobre todo, frente a algunos pasos que ha dado en estos trabajos titánicos, algo pocas veces visto en un artista uruguayo.
No se trata del tamaño de la obra, obviamente. Se trata de un plástico que emprendió un viaje muy personal, una odisea que deja al espectador casi sin aliento, como si uno mismo lo hubiese acompañado en ese trayecto luminoso, cargado, detallista, extremo en su planteo pictórico, temático y visual en el sentido más profundo del término.
Para empezar está ese patio, un dibujo liviano, breve, un innegable toque de belleza en la mirada mínima a un fondo vacío. No importa si el autor atribuye a ese cuadro un significado inicial o final: esa pequeña pieza tiene un gran porte en su sencillez de trazo, en su contenido emotivo, sin otra presencia que las hojas en un árbol fino, en tonos marrones diluidos y algún verdeagua tan característico en Cardozo.
Aunque lo que aquí está apenas esbozado, dibujado en tres líneas de pinceladas livianas, casi como el trazo de un niño, en el resto invade la retina y despierta las más removedoras conjeturas. Porque a este patio hay que verlo en relación al bosque que está a su lado, donde lo simple comienza a volverse complejo y donde el aparente silencio apenas roto por hojas livianas y otoñales empieza a generar otros detalles visuales y sonoros.
En otro cuadro, por ejemplo, uno ve un árbol dibujado con finísimas líneas pero más cargado, con mayor complejidad, con una visión más exacta, más definida, más madura. Está recuadrado como una ventana sobre el fondo más oscuro del resto del papel, atacado a pinceladas marrones, cortadas, desparramadas. Es difícil describirlo, aunque sea una obra sencilla.
Y lo es porque a partir “Rauschen” (ruido, murmullo o crujido en alemán) uno percibe que la imagen pasa por un proceso de desajuste, de preciso y metódico desacomodo de la percepción, en primer lugar de lo que ve, y luego del proceso creativo más allá del espectador, que debe internarse en ese bosque casi nocturno donde lo único relevante es la experiencia sensorial pura, visual pero sonora, de piel.
Al lado del bosque, la visión se desestructura como si uno dejara de apreciar lo “visible” en primera instancia para observar un poco más allá, como si escuchara un murmullo luego de un sonido más claro, más lineal, más definible. Allí empieza el viaje. No en vano, el pequeño cuadro a su lado se titula “Estructura”. Y no en vano es más complejo, profundo, hasta de realización más inconveniente para el remanso en el que venía el visitante. La visión lleva aquí a un recuadro central, más amplio. Y decididamente a un estallido de imágenes —hojas puras, ramas que casi no se perciben como tales— y a un color (y un crujido) más intenso. Es como si al entrar al bosque una rama golpeara fuertemente la percepción y sacudiera la visión, el tacto y la sonoridad.
Conviene dar estos tres pasos fundamentales y saltar luego a la fabulosa obra desplegada en la sala en sus tonos luminosos, cristalinos, en sus formas dinámicas, como si fueran notas de una sinfonía contemporánea, con detalles chirriantes sobre una inquietante base de composición sólida y equilibrada. En esa línea, hay cuadros de altísimo vuelo, como el otro tríptico titulado “Huesos, humo, piel y algo más” (2012). Se trata de un dibujo nervioso pero tremendamente placentero con trazos, rayones y líneas que oscurecen hasta dejar apenas el celeste, primero un hueco pequeño en la tela, en el fondo, como un sonido disonante: un celeste imposible de explicar.
El resto es puro disfrute. Y constituye la muestra de un artista pleno como un músico, como si Cardozo fuera, en realidad, un notable e ineludible compositor.
“Rauschen”. Obra reciente de Eduardo Cardozo en el MNAV. De martes a domingos de 14 a 19 horas, hasta el 22 de julio.