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    Luces y sombras de las causas justas

    Nº 2199 - 10 al 16 de Noviembre de 2022

    They All Laughed (Todos se rieron) es una de las canciones más hermosas del repertorio norteamericano. Compuesta en 1937 por Ira y George Gershwin, la hemos escuchado, entre muchos otros, cantada por Sinatra, por Ella Fitzgerald y Louis Armstrong, por Sarah Vaughan y, sobre todo, por el más grande: Tony Bennett. ¿De qué se rieron todos, es decir, de qué se burlaron todos según la canción? De muchas cosas, entre ellas, de que Colón decía que el mundo era redondo. Sorpresa e incredulidad, en su época, tal vez la misma que padecemos nosotros cuando vemos que se vandalizan las estatuas de Colón en varios lados del mundo, inclusive en el Central Park de Nueva York, bien cerca de donde los hermanos Gershwin compusieron su canción. Hoy, por muchos sectores, Colón es visto ante todo como un racista, un esclavista, el introductor de lo que luego sería el colonialismo (palabra que pese a lo que se cree no proviene de su apellido sino de un viejo término latino) e incluso el imperialismo. Es probable que todo eso sea cierto. Pero también es cierto que con eso solo no se alcanza a comprender el fenómeno Colón en su complejidad.

    Por supuesto que es este un ejemplo menor, uno entre tantos y tantos y tantos de los que ocurren en nuestro tiempo, ya sea en acciones directas o en cambios de los planes de estudios en las universidades; en las redes sociales y en la discusión pública, muchas veces de manera reductora, es decir, reproduciendo acríticamente el mismo lenguaje de las redes sociales, se denomina “cultura de la cancelación”. Categoría que conlleva una gran simplificación que, antes que abrir cualquier debate, tiende a obturar todo pensamiento crítico. Porque las cosas, como suele suceder en el mundo político-cultural, son más complejas. Vayamos a un ejemplo muy antiguo. El Renacimiento (época y movimiento estético admirado, si los hay: para entrar a la Galeria degli Uffizi, en Florencia, hay que hacer filas de horas) se “salteó” 14 siglos, y fue directamente a tomar inspiración en los antiguos griegos. En el medio, para ellos, no hubo nada interesante. ¿Qué significa eso? Que siempre cada época repensó su relación con el pasado. Lo propio del presente —de cada presente en cada época— es reescribir la historia, llevar a cabo un ajuste de cuentas con el pasado, reformular la tradición, rescatar temas, figuras o estilos olvidados y, a la inversa, olvidar otros que, en cambio, estaban demasiado presentes. Pues es esperable e incluso correcto que nuestra época también reescriba la historia, relea a contrapelo el pasado e intente imponer sus propios criterios y valores. Eso implica que, en cada discusión, toda época está al mismo tiempo pensándose a sí misma. Es lo que el filósofo francés Michel Foucault definió como “episteme”: todo lo que una época puede decir de sí misma.

    Nuestra época trajo al centro de la escena inmensos temas ausentes antaño, que son absolutamente necesarios: el feminismo y las cuestiones de género, la crítica al patriarcado, a la apropiación y el imperialismo cultural, al esclavismo, la defensa del medio ambiente, entre muchos más. Sin esas preocupaciones y las acciones políticas que de allí se desprenden, nuestro tiempo sería aún peor. Traer al centro de la escena esas cuestiones político-culturales implica la puesta en acto de combates y discusiones públicas. Todo avance social es el resultado de luchas, los cambios sociales no se realizan nunca por sí solos. La pregunta, entonces, recae en comprender qué tipo de combates y de qué modo se están librando. Influenciadas por la velocidad muchas veces sin sentido de las redes sociales, esas causas, en mi opinión justas, o, mejor dicho, lo que se hace en nombre de esas causas justas, corren el riesgo de entrar en un proceso de aceleración e irreflexión que, por momentos, se parece demasiado a la censura. Hay que entender que la censura ya no la ejerce únicamente el Estado o los poderes estatales o paraestatales, como sucedió durante siglos, sino que hoy la censura se ejerce también y sobre todo desde el mercado, desde sus principales instancias como las redes sociales, la industria cultural, las plataformas virtuales, las universidades relacionadas con esos ámbitos. La cultura de la cancelación, muy influenciada entonces por la trivialización de las redes sociales (me gusta/no me gusta), muchas veces en lugar de abrir discusiones las cierra. No propone discusiones, sino veredictos. Si el espíritu de la época implica la creación de un nuevo tipo de policía moral (la policía moral políticamente correcta), entonces es deber de todos los que participamos en el debate cultural con una mirada crítica oponernos a ese estado de cosas. Si la cultura de la cancelación se establece como una nueva forma de censura moral, se hace doblemente imprescindible que quienes compartimos esas nobles causas que le dieron origen seamos claros en cuestionar esa situación. Lo que no quita, al mismo tiempo y sobre todo, la denuncia y resistencia a la inmensa ola, nombrada muchas veces como “nuevos fascismos”, que incluye o incluyó a presidentes de varias de las naciones más poderosas del mundo, sumado a inmensas corrientes de opinión, con una perspectiva decididamente reaccionaria frente a estos temas.

    Por lo tanto, para no seguir simplificando el debate, una de las preguntas básicas que hay que hacerse es si se puede juzgar la obra de un autor (escritor, filósofo, director de cine, compositor, etc.) por sus ideas y opiniones políticas o de cualquier tipo. Volviendo al pasado —porque mucho de lo que sucede hoy en día puede pensarse como una exacerbación, una aceleración mediática de situaciones y valores que provienen de la modernidad—, eso ya aparece en el juicio a Flaubert, en Francia en 1857, por “ofensas a la moral pública” a causa de Madame Bovary. Su absolución marca por primera vez la diferencia jurídica entre el autor de una obra y los efectos que esa obra podría producir en la sociedad. Recientemente, la socióloga francesa Gisele Sapiro publicó un libro sumamente interesante, llamado ¿Se puede separar la obra del autor?, donde toca el nudo entre las ideas muchas veces abominables, como en el caso de Céline (antisemita, colaboracionista de los nazis), de los autores y la innegable calidad de sus obras. Es un tema por momentos perturbador, pero que nunca debe resolverse bajo el modo de la cancelación simplista, tal como la conocemos en la actualidad.

    En el Río de la Plata, a diferencia de en Estados Unidos, no hay todavía casos de cancelaciones resonantes, pero no hay por qué descartar que ocurran pronto y, de hecho, incipientemente ya están ocurriendo. Hace poco un conocido escritor, invitado en un evento literario a dar una conferencia por Zoom, como efecto a una frase juzgada inoportuna recibió de respuesta un rápido comunicado oficial del evento pidiendo disculpas públicas por haberlo invitado, cancelando su participación a futuros encuentros y, luego, como es ya habitual, recibiendo también una catarata de insultos por las redes.

    Pero antes, también en Argentina, sucedió un hecho sobre el que vale la pena detenerse porque integra la genealogía de estos problemas: la recepción de la obra de Borges. Es decir, su no lectura durante décadas por parte de los intelectuales progresistas. Borges, políticamente conservador, que apoyó, uno a uno, todos los golpes militares, no era leído por el progresismo a causa de sus posiciones políticas. Recién hacia fines de los 60 y principios de los 70 (recordemos que lo mejor de la obra de Borges fue escrita en los años 40) y, sobre todo en los 80, con la vuelta a la democracia y con un Borges cercano a la muerte —que ocurriría en 1986— comenzó a ser valorado unánimemente en Argentina como el mejor escritor nacional del siglo XX. ¿Nos estará pasando lo mismo con otros artistas, científicos, periodistas, intelectuales que fueron cancelados en estos años?

    * Escritor, editor, columnista del diario Perfil, sociólogo del Ecole de Haute Etudes de París y caballero de las artes de Francia.

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