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    Lúcido, desobediente, irónico y obstinado

    Se encontró un texto inédito de Albert Camus sobre la libertad de prensa

    “A causa del sol”, dijo el personaje de “El extranjero”. Y se desataron risas en el juzgado porque nadie, en su sano juicio, debería declarar que asesinó a alguien “a causa del sol”. Lo que ocurre es que no estamos hablando de cualquier sol, como el sol parisino, que es gris, pacato, anodino y llegado el momento apenas calienta a sus habitantes, que ven con pasividad cómo el ejército invasor atraviesa el Arco del Triunfo y saluda con los brazos extendidos. Estamos hablando del sol de Argelia, que es hiperlúcido, no tiene contemplaciones y te raja la cabeza. Un sol temible, de verdad, que incita a la rebeldía y que fue el que alumbró al escritor, dramaturgo, periodista y, por encima de todas las cosas, librepensador Albert Camus.

    Hace pocos días, el diario “Le Monde” publicó un texto inédito de Camus escrito en noviembre de 1939, cuando imperaba la censura en tiempos de guerra. El artículo que no vio la luz, concebido para “Le Soir Républicaine”, un periódico argelino de un solo pliego del que él era codirector, hablaba precisamente de la libertad de prensa. “La cuestión en Francia no es hoy saber cómo preservar la libertad de prensa. Es la de buscar cómo, ante la supresión de esas libertades, un periodista puede mantenerse libre. El problema no concierne a la colectividad. Concierne al individuo”, escribía Camus. Y agregaba: “Frente a la creciente marea de la estupidez, es necesario también oponer alguna desobediencia”.

    La falta de libertad campea, por lo general, en los gobiernos autoritarios o cuando se desata una contienda bélica y todo queda restringido. Pero la estupidez está siempre al acecho, en dictaduras y especialmente en democracias. Sea en el tiempo que sea, para Camus las armas fundamentales del periodista —y a las que nunca debe renunciar— son cuatro: lucidez, desobediencia, ironía y obstinación. La lucidez es necesaria para poder discernir otra perspectiva y tener una mayor claridad en las verdades imperantes; la desobediencia es esencial contra toda forma de negativa y discurso hegemónico; la ironía es un camuflaje para decirle al otro con cierto humor lo que no quiere oír, y la obstinación es el motor de la voluntad para insistir una y otra vez cuando se ha levantado la barrera de la estupidez.

    Lúcido, desobediente, irónico y obstinado: así era este escritor que había nacido en Mondovi, Argelia, el 7 de noviembre de 1913, acostumbrado a los aguaceros abruptos, a la sospechosa convivencia entre alsacianos, mahoneses, griegos y árabes en una tierra sin dueño, pícaro como un centrodelantero brasileño o como aquel elegante señor de ascendencia argelina que hoy ya forma parte de la gran historia gracias a sus pies y a su cabeza: Zinedine Zidane.

    Camus, que de niño destrozaba el único par de zapatos que tenía jugando a la pelota, siempre fue sincero con este deporte: “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. Y por eso le metió un trancazo a Sartre y a la izquierda prosoviética.

    Lúcido es un escritor que en una novela de menos de de cien páginas, como “El extranjero”, es capaz de relatar la extrañeza de la existencia humana con una capacidad poética y misteriosa. O que puede describir las calles de Orán, “consagradas al polvo, a los guijarros y al calor” como si fuesen rasgos de carácter donde la juventud local despunta dos placeres singulares: “Hacerse lustrar los zapatos y pasear esos mismos zapatos por el bulevar”. O que conduce con precisión sinfónica el apocalipsis gradual de un organismo urbano que contrajo la peor de las enfermedades, con las ratas como primeras víctimas y luego los habitantes, hasta vaciar las casas, las plazas y las calles de la ciudad, como en “La peste”, la novela que lo hizo mundialmente famoso.

    Sí, hay un peso simbólico en la historia y también cierta influencia de Kafka, pero “La peste” es una de las más poderosas radiografías que se hayan escrito sobre el desastre, y no a propósito del desastre de las guerras sino del desastre a secas, cuando las mortajas se cuentan por miles, cuando el amor es una lejana idea, cuando la muerte alcanza a los actores en una función de gala, cuando los únicos que ríen son los borrachos y cuando a los pocos sobrevivientes que quedan se los ve agonizar “con una mezcla de odio legítimo y de estúpida esperanza”.

    Desobediente es un escritor y periodista que no le teme a pensar por su cuenta, cueste lo que cueste, lo quiera o no la ideología dominante, el jefe de turno o el gobernante en el trono. A Camus nunca le importó estar en minoría para defender sus ideas, ni cuando integró el Partido Comunista, ni cuando hizo teatro popular y discutía en los ensayos ni cuando fue anarquista y se tomaba a golpes de puño para dejar bien en claro sus principios. El hombre es libre cuando tiene la posibilidad de decir no, y Camus dijo muchas veces no en su vida. Ese es el verdadero existencialismo.

    Irónico es un hombre que no tiene temor a decir las peores verdades, y menos aún con la posibilidad de hacerlo destilando humor. Criado en una familia sumamente pobre (su madre era analfabeta y su padre, un humilde trabajador de los viñedos de la zona), Camus se abrió camino solo, aprendiendo en el colegio lo que tenía que aprender, en la calle lo que no le enseñaban en el colegio y en los bares y tertulias lo que era realmente la vida.

    Camus el solitario, el opositor a todo rebaño constituido, el desarraigado escritor que debió alquilar un traje para asistir a la ceremonia de entrega del Premio Nobel, que con toda justicia obtuvo en 1947.

    Camus el niño, que debió reconstruir la figura de un padre a quien nunca conoció: un soldado caído con 29 años en el campo de batalla de Saint-Brieuc, en la Primera Guerra Mundial. En “El primer hombre”, que en definitiva fue la última e inconclusa novela de Camus, el artista recuerda el rostro atónito de su abuela ante el frío y distante funcionario de la municipalidad que exhibe la esquirla del obús alemán extraída del cráneo del padre.

    Camus el melancólico, el narrador, el hombre enfrentado a la muerte: “Por las noches, en los cafés violentamente iluminados donde solía refugiarme, leía mi edad en los rostros que reconocía sin poder empero recordar el nombre de sus dueños. Sabía únicamente que habían sido jóvenes conmigo y que ya no lo eran”.

    Y obstinado es un argelino que habla francés pero no se reconoce como francés; un ciudadano del mundo que por azar nació en una extensión azulada africana que fue colonia francesa, con olor a estiércol y especias, y que también por azar murió el 4 de enero de 1960 en un accidente de auto, cerca de Villeblevin, en Francia.

    Pero la mayor obstinación de Camus fue la de soportar el sol de una ciudad como Argel, que “se abre en el cielo como una boca o una herida”, un sol que abrasa, duele, te curte la piel pero también te enseña a superar la miseria, a tener humor ante la adversidad, a querer la literatura y la filosofía y finalmente a transitar por el pedregoso y árido camino del pensador solitario, el que puede compartir ideas con los demás pero siempre morirá solo.