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    Madre noche

    Hitler avanza sobre Austria sin necesidad de disparar un solo tiro. Es el 12 de marzo de 1938, día del anschluss, palabra alemana que significa “anexión”. El Tercer Reich ya se ha adueñado del primer país. En Budapest, Sándor Márai es un reconocido escritor —habitué de las tertulias más selectas y frecuente invitado a la mesa de la clase dirigente— que en esos momentos lee trabajos sobre el settecento italiano para preparar su nueva novela, que se editará un par de años después con el título La amante de Bolzano.

    Márai tiene una férrea costumbre: todos los días de mañana escribe al menos 35 líneas y después sale a pasear por el castillo de Buda y sus alrededores. Esta vez piensa en Casanova, mientras disfruta de las fachadas de las antiguas casas de la burguesía húngara, con sus altos muros de piedra y sus enredaderas. Está en su mundo. Se detiene ante una ventana alta, que es su propia casa, y contempla el paisaje. “Esa imagen del mundo”, dice el escritor, “se me presentaba nítida, precisa y evidente, y sin embargo, con una sensibilidad similar a una especie de radar interno —porque con la razón no podía saberlo—, sí sospechaba que todo lo que aquel día contemplaba estaba empezando a diluirse, a descomponerse, a quedar amorfo, como dicen los químicos, porque sobre la materia sólida se ejercían fuerzas a las que la materia ya no podía ofrecer resistencia. Y que todo lo que veía desaparecería pronto; ninguna persona importante seguiría en su lugar, ni el regente en el Castillo, ni el primer ministro en el palacio, ni los demás, los aristócratas, los burgueses, los anónimos, ni yo, el escritor burgués húngaro; todos abandonaríamos nuestro hogar, nuestro puesto de trabajo, nuestra forma de vida, sí, incluso los hogares y las piedras quedarían reducidos a polvo”.

    Ese mundo apacible que dentro de muy poco terminará reducido a sangre y escombros, esa ensoñación que será abruptamente cortada por la peor de las pesadillas, esa larga noche es la sustancia de Lo que no quise decir (Salamandra, 2016, 154 páginas), de Sándor Márai, una serie de reflexiones —y más que nada confesiones— que debieron integrar su autobiografía ¡Tierra, tierra! (1972), pero que finalmente el escritor decidió excluir. Márai no quiso pasarles factura a sus paisanos, una factura que en cierta medida también lo incluía a él.

    No es fácil entender el sentir profundo de los pueblos y su idea de patria, una idea que mixtura el nacionalismo, un idioma singular, una cultura reconocible como propia y un buen envión —a veces peligrosamente excesivo— de irracionalidad. Los húngaros estuvieron durante mucho tiempo bajo el dominio de los turcos. Luego integraron el imperio austrohúngaro. Es una inexorable consecuencia que al ganar una guerra, las naciones vencedoras impongan condiciones y nuevas fronteras a los ejércitos derrotados. Luego de la I Guerra Mundial, el pueblo magiar había perdido lo que se conoce como la Alta Hungría. Márai había nacido en Kassa, en 1900, una ciudad medieval que hoy integra Eslovaquia y antaño precisamente fue parte de Hungría.

    Cuando Hitler y sus soldados caminan a su aire por Viena, en Hungría hay una notoria simpatía por los nazis. La población cree que es el momento de recuperar los territorios perdidos del norte y así ocurre. Un asunto de pasiones, pero también de intereses. Hungría comienza a ser camarada de Alemania. A esto debemos agregar un palpable antisemitismo que se detecta en gran parte de la sociedad húngara, que considera, como Hi­tler, que los judíos son un problema. Los pueblos parecen necesitar culpables a mano, una razón que explique sus miserias y justifique la violencia posterior.

    Hay responsables directos de las atrocidades de una guerra y hay quienes terminan por ser arrastrados en un fenómeno enfermo, que mucho tiene de contagio e hipnosis. No todo es blanco y negro. Cuando el Führer desfiló por las calles de Estocolmo, una multitud de suecos lo festejó con banderitas con esvásticas y el saludo nazi. Mujeres, viejos y niños. También estaba Ingmar Bergman entre ellos, según lo confiesa el propio cineasta en su autobiografía La linterna mágica. Ni Bergman ni la gran mayoría de los suecos que ese día salieron a la calle tenían idea de qué era exactamente el nacionalsocialismo. Cruzaron la calle con luz roja, como lo hace el despistado porque otros lo hacen.

    Un veterano de mil batallas, un personaje que aparece en el libro, advierte a Márai: “El mundo es material inflamable”.

    Márai había abandonado su ciudad natal cuando esta dejó de pertenecer a Hungría, pero siempre sintió añoranza por su hogar, por las calles y las plazas donde creció, por los primeros olores y los primeros paisajes que sus ojos descubrieron. Como escritor, como civil, desfiló junto a las tropas húngaras —desde los balcones la gente miraba asombrada y reía— cuando volvieron a entrar en Kassa, y se hace cargo de tan bochornoso espectáculo. Inmediatamente se da cuenta de que algo no ha salido bien: “Aquel día no solo se devolvió al seno de la patria una parte desgajada del país: al mismo tiempo volvieron a la Alta Hungría los tratamientos tipo ‘su ilustrísima’; las sombras fantasmagóricas y ofensivas que habían sobrevivido a la historia húngara: el juez inculto, con su anillo de sellar y su voz nasal; el inspector de hacienda, el empleado del ayuntamiento que compensaba su escaso sueldo dirigiéndose a sus ‘inferiores’ a través de la ventanilla en un tono condescendiente y despectivo. Volvió la voz repulsiva de la sociedad húngara dividida rígidamente en señores y siervos. (…) La ‘arrogancia’ de la cultura de clase neobarroca, la afectación insolente, los privilegios de una supuesta ‘cultura’ pretenciosa y superficial”. Palabras de Márai, no del enemigo.

    Los simpatizantes nazis, denominados Cruces Flechadas, tienen su lugar en el Parlamento húngaro. Alguien les profetiza: “Sus señorías seguirán yendo hacia la derecha hasta que un día acaben en la extrema izquierda”. Y las profecías están hechas para que se cumplan.

    Ante semejante metamorfosis nazi, el escritor, cuyo verdadero nombre es Sándor Károly Henrik Grosschmidt, se dirige a la oficina de magiarización y pide que cambien su apellido alemán por Márai, en honor al título nobiliario de su familia húngara. Se lo conceden, pero antes el funcionario de turno le increpa: “Pero dígame, por favor, ¿no le da lástima renunciar a este hermoso apellido alemán?”.

    La recuperación de los territorios no tardaría en pasar su peor factura al pueblo y al gobierno. Ahora Hungría es aliada de Alemania, y también le declara la guerra a la Unión Soviética. Márai ve, con horroroso asombro, cómo en un distinguido restaurante de Buda, al que asisten autoridades gubernamentales, se descorchan botellas de champán porque los nazis entrarán en territorio soviético como “un cuchillo corta la mantequilla”.

    Cada vez que alguien emplea semejante imagen (o su símil: “Será como robarle el dulce a un niño”), la cosa falla estrepitosamente. Alemania pierde la guerra, su aliada Hungría también; los soviéticos entran en Budapest y se quedan… bueno, si hubiesen podido, de por vida. A los turcos y a los nazis, ahora se suman los comunistas. Hungría nunca dejará de ser tierra conquistada. Los libros de Márai (El último encuentro, Divorcio en Buda, La mujer justa, entre otros) primero se dejan de editar y luego directamente se prohíben. El burgués, antaño uno de los más destacados novelistas centroeuropeos, pasa a convertirse en un enemigo de la revolución y del “hombre nuevo”. Márai se harta de todo y abandona su país en 1948. Se radica en Estados Unidos y muere en San Diego, en 1989, pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín.

    A la extrema lucidez y sinceridad de Lo que no quise decir se suman algunas personalidades trágicas que merecen especial destaque.

    László Bárdossy, el hombre que declaró la guerra a la Unión Soviética, un diplomático de carrera y en ese entonces primer ministro, según Márai un hombre culto y refinado con el que se podía hablar de literatura. En el juicio ante el Tribunal del Pueblo se declaró “responsable” pero no “culpable” de lo ocurrido, y antes de morir ante el pelotón de fusilamiento, dijo: “¡Dios, libra a mi país de estos bandidos!”.

    Pál Teleki, geógrafo y presidente del gobierno húngaro, un hombrecito pequeño, con gafas, a quien Hitler llamaba “el pequeño mongol”. Cuando se enteró de que las tropas alemanas habían cruzado la frontera húngara sin aviso ni autorización, se despidió de su esposa —que estaba en el sanatorio debido a una enfermedad terminal—, “subió al barrio del Castillo, se encerró en su residencia y se suicidó”.

    István Bethlen, primer ministro húngaro entre 1921 y 1931, quien proclamaba una política antialemana en tiempos de la ocupación y ya sospechaba que los eslavos tampoco traerían nada bueno, terminó exiliado en los bosques y prisionero de los rusos. “Un día”, dice Márai, “se lo llevaron los soviéticos en avión y nadie supo nunca nada más de él”.

    No pidan a este libro una estructura unitaria ni una perfecta melodía narrativa, porque en su origen fue pensado para integrar un todo mayor. Sin embargo, está impecablemente narrado —no se podía esperar otra cosa de Márai— y posee una actualidad a prueba de balas. Burgués, liberal y sólido pensador, este escritor que vivió bajo fuego y bombas, que caminó entre cadáveres y vio conocidos entre los muertos, que tuvo una vida apacible y exitosa en la bella Budapest y lo perdió todo, ya vislumbraba la “convicción de que el sistema de producción capitalista solo será capaz de asegurar una forma de vida individual y colectiva en el nuevo mundo masificado si llega a un acuerdo humanista con el socialismo”.

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