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    Magia, belleza y esplendor

    “La Sílfide”, por el Ballet Nacional del Sodre

    Fue el primer gran ballet romántico de la historia. En 1836, el joven danés Auguste Bournonville (1805-1879) vio en París el espectáculo con libreto de Adolphe Nourrit, música de Jean-Madeleine Schneitzhoffer y coreografía de Filippo Taglioni que se había estrenado en la Ópera el 12 de marzo de 1832 con la sublime interpretación de Marie Taglioni, hija del coreógrafo. La Sílfide fue un éxito tan enorme que Bournonville compró el libreto para estrenarla en Copenhague el 28 de noviembre de 1836 con varios cambios, el principal de ellos la sustitución de la partitura original por otra completamente nueva de Herman Severin Lovenskjold (1815-1870). Ello no se debió a motivos puramente artísticos sino económicos: la Ópera de París cobraba muy caro por la música original.

    La versión de Bournonville es la que ha sobrevivido en el tiempo, mientras que la de Taglioni se perdió hasta que Pierre Lacotte intentó reconstruirla en 1972 para la Ópera de París. De cualquier modo, La Sílfide ha quedado tan vinculada a Bournonville y al Ballet Real de Dinamarca que su repositor Frank Andersen (1953), ex bailarín de esa compañía, es quien ha venido a Uruguay a ponerla en escena con el Ballet Nacional del Sodre. Andersen es un especialista en Bournonville y ha sido director del Ballet Real de Dinamarca. Vino con cuatro asistentes coreógrafos y toda la producción original del Ballet Real de Suecia (escenografía, vestuario y luces), del cual también fue director. No hay por qué dudar entonces de que esta puesta del Sodre está en las mejores manos.

    Y eso se nota apenas se levanta el telón. Un velo transparente que simula el tupido follaje de un bosque se levanta para dejar ver el amplio salón interior de una mansión de campo escocesa. La escenografía compacta, con altas paredes, techos y ventanas, muestra a un joven dormido sobre un sillón frente a la estufa. A su alrededor revolotea la Sílfide que lo despierta con un beso pero no se deja atrapar escapándose por la chimenea. Cuando el escenario se llena de otros personajes (todos los varones usan la clásica pollera kilt escocesa, las mujeres tacones altos), ese colorido conjunto revela que el joven James, enamorado de la Sílfide, está en realidad comprometido con Effy, una chica del lugar. De ese desencuentro amoroso derivará toda la trama, que incluye a Gurn, otro joven enamorado de Effy, y a la bruja Madge, que se vengará de James por una antigua ofensa, y lo precipitará en brazos de la Sílfide para hacerlo caer en una trampa fatal.

    Si alguien encuentra algún símil argumental con “El lago de los cisnes” no se equivoca. El famoso ballet de Chaikovsky-Petipa-Ivanov también pertenece a esa etapa romántica aunque es casi 50 años posterior, pero su protagonista encantada, su príncipe enamorado y su trágico destino final son elementos clásicos que suelen condimentar estas obras célebres. La diferencia es que la memorable partitura de Chaikovsky es sin dudas un punto muy alto (el Ballet Nacional repondrá ese ballet en esta temporada), mientras que la música de Lovenskjold es funcional, nada pegadiza, agradable pero liviana. Lo que levanta La Sílfide a la altura de un espectáculo de primera categoría es su puesta en escena y la calidad de sus bailarines. Ayuda, y en gran escala, la escenografía del segundo acto, un bosque espléndidamente recreado, rico en matices, en los rayos de luz que se filtran por entre las ramas, en toda esa atmósfera feérica que se corresponde cabalmente con la trama, en el ambiente mágico que se reproduce en escena y que llega a conmover y emocionar.

    Ya es hora aquí de hablar de los bailarines, porque ellos son el factor primordial del éxito de la empresa. En la noche del estreno María Noel Riccetto (que se turna en otras funciones con Marta Beiersdorff y Careliz Povea) obligó a pensar en qué buena ha sido su decisión de incorporarse definitivamente al elenco oficial. Su presencia delicada y a la vez enérgica confiere a la Sílfide todo el encanto y la sutileza que es capaz de proyectar una bailarina en plena posesión de su dominio del escenario. Sus desplazamientos impecables, casi etéreos, el expresivo movimiento de sus brazos, sus precisas evoluciones y sus giros envolventes alcanzan un grado muy cercano a la perfección.

    Una agradable sorpresa fue la intervención del joven español (incorporado al elenco) Ciro Tamayo como James (en otras funciones, Guillermo González y Damián Torio). Aunque ya había participado en otras obras, este papel protagónico resulta consagratorio. La frescura de su interpretación, sus saltos de altura que revelan una elasticidad asombrosa (recuerda al joven Eduardo Ramírez de los comienzos), la precisión de sus movimientos, la natural simpatía que sabe transmitir y el manejo del cuerpo con gracia y levedad demuestran que es un bailarín de gran futuro, algo que seguramente Julio Bocca ha sabido advertir. También merecen destacarse la riqueza de los efectos visuales, el uso de las luces y el fantástico contraste entre la maciza escenografía del primer acto y el mágico bosque del segundo. Hasta el espectador más exigente quedará seducido por la brillante puesta en escena.

    O sea que La Sílfide es un espectáculo sin fisuras, es breve (dos actos apenas) y logra envolver al espectador en la magia de su historia, con un elenco de bailarines de primera (en todos y cada uno de los papeles) y Daniel Galarraga como la vieja bruja Madge (en otras funciones, Lucía Martínez y Natalia Acheriteguy), una presencia de notable gestualidad escénica. La orquesta dirigida por el maestro Martín García cumplió a la perfección, como acostumbra hacerlo desde que figura al frente de la Ossodre en las temporadas de ballet. La impresión final es la de haber visto un gran espectáculo, visualmente espléndido y musicalmente atractivo, con figuras que están en un gran momento y confirman que este Ballet Nacional no apunta a cosas grandes: ya las está haciendo.

    Vida Cultural
    2013-03-21T00:00:00

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