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    Marconi

    Sr. Director:

    Cristina me ayuda en casa y toma el ómnibus 405. Hace un rato, compartíamos la merienda, y con el informativo hablando de servicios restaurados en el barrio Marconi, Cristina me comentaba de los padres que esperan en la parada del bus a sus hijos adolescentes, ignorantes de la realidad que ella percibe al compartir el viaje con estos jóvenes.

    Yo también tomaba el 405, como segundo bus para llegar a la Facultad de Ingeniería hace mucho tiempo, y jamás oí ni vi en el bus una situación como la que Cristina esquivaba referir con eufemismos que le resultaba violento expresar.

    Cristina es del interior y trabajaba en el campo con su padre desde antes de ir a la escuela. No pudo hacer el liceo y nadie le regaló tablet o una laptop, no le enseñó a usarla, pero ella con su trabajo se las compró y aprendió sola a usarlas.

    Cristina, y yo, somos gente “normal”, y en general todos los uruguayos formados gracias a la educación pública, compartimos las “normas” culturales que permiten una amable y honesta convivencia. La gente que vive en el barrio Marconi parece que fuera de otro planeta, y jamás hubiera pasado por la educación que Cristina y yo y tantos otros compatriotas recibimos.

    Sin embargo, esta gruesa generalización que excluye al barrio Marconi del mapa del Uruguay, no merece excluir a los padres que esperan a sus hijos en la parada del bus, o excluir a los padres del “pibe chorro” muerto en el enfrentamiento con la Policía, y que según sus padres asistía a un curso de diseño gráfico que ellos le pagaban.

    Las imágenes de la entrevista en la TV de los padres era indudablemente honesta. Un hogar honesto, padres indudablemente honestos, un espacio físico prolijo y correcto, así como el aspecto físico de los padres, que cualquiera referiría como gente perfectamente “normal”, con los que cualquier uruguayo “normal” puede identificarse. No se parecía en nada a la imagen de gente sin valores, capaz de subirse a una moto con un arma a rapiñar a cualquiera por dos mangos, con las consecuencias que sean, incluyendo la vida ajena y propia.

    Los padres del pibe chorro, indudablemente no tenían ni la menor idea del abismo que había entre su hijo y ellos. No hace falta ningún juicio legal ni social para sentenciarlo. El pibe de 17 años murió de un balazo. Los padres ojalá sigan siendo “normales”.

    Con Cristina reflexionábamos que si los padres eran “normales” y el pibe era un anormal, entonces este brutal quiebre social no responde a una excepcional crisis que perfora generaciones, sino que este quiebre es de ahora. Yo viví en Buenos Aires lo que fue la crisis de la des-dolarización, y sé muy bien lo que es salir a tirar la basura y encontrar en la cuadra tal vez tres personas hurgando para encontrar un pan duro. Tres personas que tenían el mismo aspecto “normal” que yo tenía la suerte de seguir teniendo, y ellos no tanto.

    Pero estos “anormales” nuestros, que asaltan pasajeros del 405 e incendian el transporte con que sus padres van a trabajar, o apalean al médico de la policlínica que atiende a sus parientes y vecinos, no son fruto de ninguna crisis brutal. Este pibe que murió a los 17 años salió de la escuela tal vez en el 2010. O sea que fueron sus padres “normales” los que padecieron la brutal crisis que tuvo que capear el pobre Jorge Batlle. Este pibe habrá salido de la escuela luego de 5 años de gobierno progresista (que comenzó en el 2005), y tal vez podamos agradecer por mantener “normales” a estos padres.

    Pero lo que rompe los ojos es que hoy, con 10 años de contexto económico favorable para el país, tengamos ahora estos ciudadanos “normales”, que valoran cualquier cosa menos el trabajo, o el estudio, y el “progreso” consiste en disfrazarse de etiquetas que solo pueden pagar a cuenta de los que sí trabajan. La asistencia social, que todos pagamos, ¿va acaso a pagar esto?

    Yo tengo gusto de pagar asistencia social para que cualquier Cristina también tenga la oportunidad de tomarse el 405 y pueda —como yo pude— ir a la Facultad de Ingeniería. Pero luego de ver estas imágenes crudas del abismo entre la gente normal y sus hijos, veo este mismo abismo entre la idea pretenciosa que tiene nuestro gobierno progresista por sus resultados y la realidad que viene construyendo.

    Mientras escribo esto el informativo sigue, y muestra una tabla donde hay franjas de impuestos que suben un 20%, y yo recuerdo al “usted me oyó… a mí…” del presidente que se hacía el boludo, a los licenciados en ninguna materia, a la suba de impuestos que “…tampoco va a ser algo descabellado, estamos hablando de cifras moderadas. Esto no es un tarifazo, esto no es un impuestazo…”. Y me gustaría creer que viviremos mejor el día que algún boludo se haga responsable por los errores, que no se resuelven subiendo los impuestos, y repartiéndolos en planes sociales que habilitan a estos anormales y este descontrol social. Porque la justicia social empieza por la justicia propiamente y por la educación para que cualquiera pueda entenderlo, y antes, claro, empieza por ser capaz de ver los abismos que hay entre las ideas y la realidad.

    Irene Pazos

    CI 1.736.292-2