En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Si hoy el público se interesa más en una historia, ya sea escrita, filmada o teatralizada, cuando se le advierte que está basada en hechos reales, habría que agregar esa información en los afiches de La traviata. Porque en realidad, Alphonsine Plessis, también conocida como Marie Duplessis, existió; vivió apenas 23 años entre 1824 y 1847, murió tuberculosa y está enterrada en el cementerio parisino de Montmartre. Era una de las cortesanas más caras de París y tuvo varios amantes, todos ellos nobles o famosos, que la fueron dejando por el dinero que gastaba, o por miedo a contagiarse de la tuberculosis, o por el qué dirán de una sociedad hipócrita y chismosa. Entre sus amantes más notorios estuvo el músico Franz Liszt y el escritor Alejandro Dumas hijo.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Inspirado en su relación amorosa con Alphonsine y el periplo vital de ella, Dumas hijo escribió en 1852 la novela La dama de las camelias. En esa ficción Alphonsine se llamó Margarita Gauthier. Un año más tarde, en 1853, basándose en la novela de Dumas hijo Giuseppe Verdi compuso La traviata, con libreto de Francesco María Piave. En la ópera, Violetta Valery fue el nuevo nombre para la que antes había sido Margarita Gauthier y más atrás todavía Alphonsine Plessis. El retrato de una cortesana o prostituta de lujo, su relación amorosa con un hombre de la alta sociedad y los prejuicios de clase que truncan ese amor, atrajeron la atención de Verdi como forma de abordar con esta ópera cuestiones realistas de la sociedad y dejar descansar por un momento los personajes y relatos históricos o mitológicos. Tan realistas eran estas cuestiones que el propio Verdi las vivía en carne propia. Cuando escribe La traviata (que podría traducirse como “la extraviada”) hacía ya diez años que vivía en pareja con la soprano Giusseppina Strepponi, a quien la sociedad miraba de reojo por no haber contraído matrimonio, cosa que recién hicieron siete años después, en absoluta reserva.
El olfato de Verdi en cuanto a lo removedor de la trama para la sociedad de la época era tan cierto, que las autoridades del teatro La Fenice en Venecia, donde debía estrenarse la obra, escandalizadas con el tema, exigieron una ambientación y vestuario del siglo XVII para mitigar la actualidad y vigencia del argumento. Habrían de pasar 30 años para que recién entonces, como lo exigían sus autores, la ópera se comienzara a representar con escenografía y vestuario de mediados del siglo XIX, época en la que fue concebida.
Además de todas las concesiones de “puesta” hechas para el estreno en La Fenice, Verdi perdió en esa ocasión otra batalla con la elección de la soprano protagonista, Fanny Salvini-Donatelli, seleccionada por las autoridades del teatro. Verdi sostenía que la cantante no tenía ni la edad ni el físico adecuados para el personaje. Tenía 38 años, que hoy quizás no parezcan tantos, pero además un ostensible sobrepeso, inadecuado para caracterizar a una joven tuberculosa. Al punto que se cuenta que cuando en el tercer acto el médico anuncia que Violetta está consumida y a punto de morir, el público estalló en carcajadas. Un par de días después de este fracaso en el estreno, Verdi escribía a un íntimo amigo: “El tiempo dirá si el fracaso fue mío o de los cantantes”. Y el tiempo no demoró mucho en laudar: un año después, la crítica y el público aplaudieron una nueva puesta en el Teatro San Benedetto de Venecia, con la soprano María Spezia-Aldighieri en el papel de Violetta. Desde entonces y hasta hoy, La traviata es favorita de todos los públicos y una de las óperas más representadas en todo el mundo.
La versión que escuchamos en el Auditorio Adela Reta el 30 de setiembre con el primer elenco, tuvo una generalizada corrección con algunos brillos particulares. Correctos el diseño de luces (Ricardo Castro, Chile) y la dirección escénica (Rodrigo Navarrete, Chile). Excelentes la escenografía y el vestuario (Pablo Núñez, Chile), que con ambos rubros nos trasladó a la fastuosidad de los salones del París de la época. Al mismo nivel de excelencia debe puntuarse el desempeño del coro del Sodre, preparado por Esteban Louise, algo a lo que ya nos tiene acostumbrados.
En cuanto a las voces de los personajes menores, dentro del nivel de corrección general, un destaque para la sonoridad de Marcelo Otegui (Doctor Grenvil) y Alfonso Mujica (Barón Douphol), este último además con un buen desempeño escénico en el segundo cuadro del segundo acto.
La soprano venezolana Mariana Ortiz hace una Violetta muy correcta en lo vocal pero algo pobre en escena. Tiene un lindo timbre y un buen caudal. En lo teatral no es al comienzo la mujer seductora que debe ser, y la tragedia de su amor trunco la afecta, sí, pero tampoco parece quebrarla del todo. Darío Schmunck (Alfredo Germont) es un tenor lírico con una voz chica, que a veces se ve superado por la sonoridad de la orquesta. Demostró oficio en el manejo de la voz y adecuada presencia escénica para las idas y vueltas en los cambios de humor de su relación con Violetta. Si como amante de Violetta su apariencia de madurez no molesta, en cambio sí rechina un poco como hijo de Giorgio Germont. El barítono compatriota Darío Solari (Giorgio Germont) fue el más completo de los tres protagonistas principales. De gran presencia escénica, nunca sobreactúa y a veces es hasta sobrio en exceso. Su representación del personaje tuvo la rigidez necesaria de un padre severo y se vio realzada por una voz magnífica en emisión y en timbre, que inundó la sala y recogió una merecida ovación al final.
Desde el foso, Martín García hizo un trabajo muy prolijo, aunque en algunos momentos faltó más impulso en la interpretación. Por momentos parece algo cuadrado en la marcación de los tiempos, y deja la sensación de que falta algo más de rallentare en algunos trechos, para facilitar alguna pausa respiratoria o alguna inflexión emocional. Pero es un director joven y competente y si no me equivoco, es su primer compromiso lírico serio.
La traviata se repite mañana viernes 7 con el segundo elenco, que integran Sandra Silvera (Violetta), Juan Carlos Valls (Alfredo) y Federico Sanguinetti (Giorgio Germont), y el sábado 8 va la última función con el elenco que se comenta en esta nota.