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    Masacre de Hamás provoca reacción nunca vista de Israel

    Nº 2246 - 12 al 18 de Octubre de 2023

    El pueblo israelí está conmocionado, angustiado, incrédulo. El Estado que se creó en 1948 tras derrotar a siete ejércitos árabes, justamente para evitar un nuevo Holocausto, sufrió el sábado 7 un ataque propio de los nazis. Más de 20 poblaciones —casi todas kibutzim, de ideología socialdemócrata— fueron arrasadas por más de 1.000 terroristas —no “milicianos” ni “activistas”— palestinos que cruzaron desde Gaza. Aclaremos para cualquier mal informado que, en esta famosa franja, de 360 km2, viven 1,8 millones de personas. Ninguna es judía ni cristiana. Nadie que no sea musulmán puede soportar la tiranía teocrática allí, e incluso los musulmanes moderados son ejecutados al menor cuestionamiento.

    Los hechos son difíciles de narrar, porque no hay palabras para explicar la maldad que es capaz de alcanzar el ser humano. Cuando esto ocurre es consecuencia de un odio profundo, irracional, que lo convierte en un monstruo. Gaza no sufre ningún “bloqueo” —hasta antes de esta guerra— sino que de sus dos fronteras nacionales, con Egipto e Israel, es justamente desde la del Estado judío que ingresan los alimentos, las medicinas, los materiales de construcción e incluso el suministro eléctrico. Ahora desde el domingo 8 todo se suspendió.

    El sábado, día festivo por partida doble —se celebraba la entrega de la Torá (Biblia) en el monte Sinaí—, había un festival por la paz en un parque abierto, a pocos kilómetros de Gaza. Más de 3.000 jóvenes participaban —israelíes y turistas de diversos países— con música electrónica. Ese fue uno de los lugares donde llegaron los islamistas. En vehículos todo terreno y armados, los invasores empezaron a tirar. Al principio la fuerte música impidió escucharlos, pero pronto el pánico se extendió. Primero dispararon a las piernas, para inmovilizar a sus víctimas e impedirles correr. Más de 250 fueron heridos y después los ejecutaron. A las chicas las violaron y luego las asesinaron. Unas 130 personas fueron secuestradas y llevadas como prisioneras a Gaza, para intentar canjearlas luego por terroristas presos. El resto logró escapar, escondiéndose entre dunas del desierto o fingiendo estar muertos. Los asesinados, tanto en este festival como en hogares de los kibutzim de la zona, fueron primero mutilados vivos. Familias con bebés, exterminadas. Los cuerpos de unos 40 niños fueron decapitados, muchos frente a sus padres, antes de matarlos también. Ancianos, algunos sobrevivientes del Holocausto nazi, cayeron en el país donde siempre se consideraron seguros. Y así lo fue siempre, para la enorme mayoría de ellos, llegados desde 1945 cuando el mundo destruyó al III Reich de Hitler.

    La gente no da crédito a lo que ocurrió. En un país con 10 millones de habitantes —judíos en su mayoría pero también cristianos, drusos y musulmanes, todos ciudadanos— el horror de estos días no lo imaginó nadie. Y sucede que Israel tiene uno de los ejércitos probadamente más avanzados, más poderosos del mundo, muchas de cuyas acciones se estudian en las academias militares. El error fue brutal. Más que la propia incursión, la gente no se explica la demora de las fuerzas de seguridad en llegar y eliminar a los infiltrados. Pasaron horas. La noticia se difundía por los medios de comunicación y el Ejército no apareció durante horas. Pero en estos momentos hay un consenso nacional: terminar definitivamente con el régimen de Hamás en Gaza. Un joven oficial dijo: “Esta fue la peor tragedia en la historia de Israel, pero pueden estar seguros de que quienes participaron, planificaron y financiaron esto van a terminar como Eichmann. Ninguno se va a salvar; estén donde estén, llegaremos a cada uno y los mandaremos directo al infierno. Es su destino, y ellos ya lo saben”.

    Hubo casos de heroísmo que asombran. Yair Golán, diputado del partido socialista Meretz y que fue segundo del Ejército —hoy retirado— llegó con su pequeño Kia Picanto, uniformado, a la zona de la matanza. La guardia que cerraba el área quiso impedirle ingresar y les dijo a los jóvenes soldados: “Chicos, miren mi grado”. Le abrieron el paso y se sumó a los combatientes; eliminó a 14 terroristas. Y se salvó. Ese es el sentimiento que predomina en el pueblo israelí hoy. “Vamos a enseñarle al mundo que nadie nos va a derrotar, nadie nos va a echar de nuestra tierra y nadie que lo intente va a escaparse, antes o después lo alcanzaremos… igual que el mundo persiguió a los nazis. Pero la diferencia es que a nosotros no se nos va a escapar ni uno”.

    Yusef Hadad, un árabe israelí, declaró ayer miércoles en la televisión —lo estamos viendo mientras escribimos esta nota— que los linchamientos y los crímenes de Hamás “están provocando su destrucción junto con los inocentes detrás de los cuales se esconden”.

    En conclusión, aquí se produjo y continúa una enorme tragedia humana. La sufrirán también civiles inocentes de Gaza. Esto entristece a cualquier ser humano que defiende la vida, porque los inocentes valen igual, sean israelíes, árabes, armenios o ucranianos, por mencionar pueblos que han sufrido. Pero los responsables son quienes comienzan la guerra, pues olvidan que “las guerras se puede saber cómo empiezan, pero nunca cuándo ni cómo terminan”. Es la lección que no aprendió Hamás.

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