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    Masterchant celebrity

    No es broma

    Nuestra hermana nación, la República Argentina, es un escenario surrealista —digno de Dalí o de Buñuel— que no deja de asombrarnos.

    Mientras no se sabe dónde está su “presidente”, don Alberto Fernández, la Argentina tiene a su vicepresidenta sentada en el banquillo de los acusados, indagada por haber afanado 3.000 millones de dólares destinados a obras públicas, en una asociación para delinquir junto con Lázaro Báez, Julio de Vido, Jorge López (el de los bolsos llenos de billetes en el convento), y mientras asimismo el gabinete ministerial es un caldero hirviente en el que saltan ministros, dan volteretas por el aire y vuelven a caer en otras carteras, eso sí, siempre parados, como los gatos.

    Tienen un exquisito menú de tipos de cambio, para dar satisfacción a todos los gustos: el dólar oficial, el dólar liqui, el dólar soja, el dólar blue, en fin, lo que usted prefiera o, más bien, lo que más le convenga.

    Y una inflación imparable, hasta para Harry Potter.

    Ahora además tienen al bueno de Sergio Massa como superministro de casi todo. Economía, energía, industria, producción, ganadería agricultura y pesca, y vaya a saber cuántos feudos más conquista este personaje mezcla de alpinista, equilibrista, paracaidista, buzo de aguas profundas y gran jugador de póker.

    En uno de sus ratos libres, Supermassa estuvo reunido días atrás con doña Cristina, aprovechando uno de los cuartos intermedios en el juicio por estafa, que ella sigue puntualmente por Zoom desde su búnker en la presidencia del Senado. Incluso circuló una foto de esa reunión, en la que aparecen los dos sentados en las distantes cabeceras de una enorme mesa blanca que me hizo acordar a aquella en la que estaban Putin y Macron en el Kremlin, antes del comienzo de la guerra. Eso sí, no podría decir cuál me hizo acordar a cuál.

    Parece que estuvieron analizando las funciones que le serán encomendadas al presidente don Alberto Fernández, ahora que ya no le queda ninguna de las que venía desempeñando hasta el presente, salvo, claro, la de tomar café en la Casa Rosada, revisar el tanque de gasolina del helicóptero de la azotea, dormir en Olivos, darle una mano a Fabiola, cambiar al bebé y cobrar el sueldo. En realidad me refiero a las funciones oficiales del primer mandatario.

    Estamos en condiciones de adelantarles algunas de esas funciones que han analizado Cristina y Massa, para que Alberto no se aburra y haga algo útil en la vida en usufructo de esa altísima posición, a la que llegó con el sagrado voto de sus conciudadanos.

    Se ha pensado en destinarlo a un cargo de asistente de Marina Batakis, en la presidencia del Banco Nación, a la que la consagrada economista llegó tras una brillante gestión de 24 días como ministra de Economía. Alberto se encargaría de preparar y servirles el café a su amiga y a los visitantes que concurran a refinanciar sus deudas negociando con la nueva presidenta del banco. La presencia de Alberto sería una garantía de confidencialidad y discreción, guardando reserva acerca de esos contactos. En realidad, guardando la única reserva que queda, porque las del Tesoro ya se acabaron.

    Se ha considerado asimismo la posibilidad de asignarle a Alberto la delicada gestión del mantenimiento de la higiene y limpieza del avión iraní-venezolano estacionado en Ezeiza desde hace un par de meses. No es una tarea para cualquiera, debido a las serias sospechas de que este aeroplano oculte misteriosas conexiones electrónicas destinadas al espionaje cibernético o que en su fuselaje se hallen escondidos gordos fajos de billetes que aún no se han podido desembarcar para entregarle a quienes serían sus beneficiarios. Alberto sería una garantía si fuera encargado de esta delicada tarea. Entre otras cosas porque es una de las pocas garantías que puede dar, ya que todas las otras que dio antes están vencidas.

    Una de las más originales e interesantes ideas que han surgido para encomendarle a Alberto una tarea de real importancia es la de la organización del vacunatorio VIP para la viruela del mono, ya que laboratorios científicos de Irán y de Venezuela han adelantado que están terminando de preparar un millón de vacunas contra esta extraña plaga, las que le serán donadas a Argentina en fecha próxima. Alberto ya tiene amplia experiencia, no en la viruela del mono, pero sí en organizar la lista de los candidatos a la inoculación en función de su proximidad con el poder y con el gobierno, así como se procedió en su momento con la vacuna contra el Covid-19, que se les aplicó a familiares y amigos de las autoridades gubernamentales en plena pandemia. Eso ocurría mientras los pobres argentinos desamparados del poder morían como moscas en los hospitales a la espera de las vacunas rusas Sputnik que les donó Vladimir Putin, tras recibir la invitación de Alberto de “hacer entrar a Rusia en América Latina a través de la Argentina”. Putin no olvidará jamás tan enorme gesto de generosidad geopolítica.

    Por último, en uno de los momentos de bronca reprimida de esos que doña Cristina tiene con inusual frecuencia, ella le consultó a Massa acerca de una idea que ronda en su mente desde hace tiempo, pero que Massa se permitió no ya discrepar (a eso no se anima nadie) pero sí disentir, al menos por el momento: nombrarlo a Alberto embajador en Ucrania.

    Vaya uno a saber si al final Cristina no se sale con la suya y capaz que, para Alberto, sería lo mejor de todo.

    Por lo menos, recuperaría cierta tranquilidad.

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