Nº 2235 - 27 de Julio al 2 de Agosto de 2023
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMi abuela siempre contaba del día cuando, siendo niña en Paysandú, tocaron la puerta y preguntaron por su nombre porque había ganado una bicicleta en un sorteo del aceite Óptimo, en cupones que ponía cada vez que iba al supermercado. Su madre hasta le mandó a hacer una pollera-pantalón para que usara con su bici. Todo un acontecimiento.
Tiempo ha pasado desde entonces y con ello han evolucionado las formas en que se promocionan las ventas. Los sorteos siguen existiendo, pero los canales se han expandido y los descuentos son ahora moneda corriente. Antes las rebajas, en Uruguay y el mundo, eran un par de veces al año (al final de la temporada de verano o invierno, por ejemplo), mientras que ahora son mucho más frecuentes. Black Friday, Halloween y San Valentín se promocionan en el mundo entero, sumados a los días de la madre, el padre, el niño u otros, el día del Centro, el mes del diseño o descuentos del shopping. Y algo más específico de Uruguay —aunque también pasa en Argentina— son los beneficios con las tarjetas de crédito o débito, generalmente en forma de descuentos (descuentos cualquiera día del año en ciertos comercios, por períodos específicos, diferentes montos de descuento en el mismo comercio según el tipo de tarjeta, 2x1, etc.).
¿Y a quién no le gustan los descuentos? A mí me encantan. Todavía tengo latente la sensación de satisfacción de una campera de cuero que me compré con un 70% de descuento en la segunda rebaja de invierno de una tienda muy paqueta. Los descuentos pueden ser una oportunidad para los consumidores de comprar algo que quieren, o algo costoso, que de lo contrario les parece una compra innecesaria o difícil de pagar. También es bueno para los vendedores: es una oportunidad para aumentar ventas o liberar stock.
Pero precisamente porque gustan tanto hay que estar atentos. Un sistema de precios eficiente debe otorgar información clara y correcta a los consumidores. Los descuentos son una técnica de marketing que puede funcionar muy bien, y por eso puede ocurrir que vendedores publiquen descuentos falsos o no del todo ciertos. Si constantemente hay descuentos, o expectativas de descuentos, eso además puede generar confusión.
Muchos países regulan los descuentos justamente para asegurar que cuando un vendedor dice que algo tiene descuento esta reducción sea “real”, es decir, que el precio con descuento sea inferior al precio de venta habitual y no uno inflado o con información engañosa. Por ejemplo, en algunos países, si la empresa pone un cartel en un producto que dice “20% más barato que la competencia”, tiene que poder comprobar que es así (si lo llegan a fiscalizar). O en publicidades como “Antes, $ 100, ahora, $ 50”, si entre medio el precio pasó a $ 75, hay que dejarlo explícito, o directamente decir “Antes, $ 75, ahora, $ 50”.
En Uruguay la regulación es casi inexistente y viene de años atrás. La normativa nada dice sobre descuentos, sino de promociones. Aquellas promociones que estimulan la compra de un producto o servicio ante la promesa de ganarte un premio al azar deben primero hacer la solicitud y tener una aprobación de la Unidad Defensa del Consumidor no menos de 30 días antes del inicio de la promoción. Si el establecimiento incumple esto, la promoción debe anularse o los bienes se pueden requisar. Tiene sentido que se quiera verificar que de verdad hay un premio, que se realizó al azar y que los consumidores no fueron engañados, considerando que tal vez compraron ese producto o un servicio por la promesa de ganar un premio. Dicho eso, la regulación uruguaya parece quedarse corta.
En el lado opuesto están otros países, con mucha más regulación y muy enfocados a qué se puede llamar descuento y cuándo se puede realizar. Algunos países en Europa regulan el período de rebajas (cuándo pueden empezar y terminar) o los permisos especiales para comercios de grandes descuentos, del tipo “Todo por $ 100.” La regulación de precios desleales de la Unión Europea obliga a los comerciantes a indicar el precio más bajo aplicado al artículo como máximo 30 días antes del anuncio de la reducción del precio. Nueva Zelanda no es específico sobre cómo se define el precio de venta original, pero sí dice que tiene que ser una reducción del “precio habitual” (y si una empresa por lo general vende productos a un precio promocional, entonces el precio promocional se convierte en el precio habitual), que no se pueden exagerar ahorros y que no se puede engañar a los consumidores con información confusa o incorrecta. La fiscalización se hace de manera aleatoria o según quejas de consumidores.
Dudo de que una regulación de descuentos muy compleja sea buena idea, sobre todo en países como el nuestro, donde la fiscalización tiende a ser pobre. Pero me pregunto, en un tiempo donde todo parece tener descuento —al menos algún día, al menos con alguna tarjeta, o incluso si pagás en efectivo—, si no vale la pena evaluar si los precios no están un poco distorsionados. Por ejemplo, si la mayoría de la facturación de un producto se vende bajo el precio descontado, ¿no sería este su precio habitual?
Hace unos años el economista Lucas Llach, exvicepresidente del Banco Central argentino entre 2015 y 2018, dio que hablar cuando dijo que “todo bien con los descuentos (…) pero si bajan los precios ayudan aún más”. Argentina tiene una inflación mucho mayor a la uruguaya (fue 38% el año que Llach declaró eso) y con algunas promociones casi absurdas (por ejemplo, 70% o más en la segunda unidad), pero el punto del economista vale para ese país y todos: ¿están los consumidores recibiendo información correcta? Las promociones, las ofertas y los descuentos son mecanismos de venta legítimos, pero los consumidores deben recibir señales claras, no exageradas ni engañosas.