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    Me hackearon el alma

    Hace unos días recibí un mail de un señor llamado Luis. En el asunto figuraba “Querida Andrea”; por lo tanto, lo abrí pensando que era un mail personal. He aquí que me encontré con un virulento discurso en contra del “lobby gay”, pueril y lleno de odio: apenas leídas unas palabras, y dándome cuenta que pretendían mi firma para “algo”, no contesté y lo eliminé. De todas maneras, me intranquilizó que mi nombre apareciera en las bases de datos de algo que parecía ser una organización mexicana. Jamás puse un pie en México y no conozco a ningún mexicano, salvo a ciertos artistas de quienes aprendí a hacerme amiga a través de sus obras de arte: Frida, Guillermo del Toro, Rosario Castellanos, Sor Juana Inés de la Cruz, Diego Rivera.

    A los pocos días, el cariñoso Luis me envía otro mail: “Hola Andrea: Tal y como te dije, este jueves 3 de julio estuvimos en el Senado entregando las 20.000 firmas en apoyo a la Comisión de Familia y Desarrollo Humano recogidas en tan solo 11 días. Es tu firma, Andrea, y la de miles de mexicanos que, como tú, han querido defender el matrimonio formado por hombre y mujer. Como te dije, hemos ganado al lobby gay que también hizo una recogida de firmas y apenas llegó a las 17.000.  ¡Viva el México real!”.

    Indignada, sin pensar ni un instante que aquello podía ser un virus, por ejemplo, contesté: “¡Atrevidos, me robaron mi firma!”. Enseguida, un mail automático me indicó que ese sitio no admite respuestas.

    Con aprensión, hubo de quedarme la certeza de que mi nombre constaba entre esas 20.000 firmas despidiendo rabiosamente homofobia.

    Pocos días más tarde, recibo otro mail de Luisito, esta vez asociado al nombre de una institución. Me invitan a visitar su página y conocer las causas por las que luchan. Abro, quiero saber quiénes son los ladrones de mi identidad. Descubro que no son mexicanos, sino que la sede de tal organización está en Madrid. La Corte. La ciudad de los Borbones.

    La página está llena de fotos: un feto en un frasco que para ellos simboliza a los seres humanos asesinados por la ley de aborto libre, una foto “siniestra” de una marcha del orgullo gay en El Salvador donde se lleva en andas una reproducción a gran escala de una vagina, un sitio en YouTube donde una boda heterosexual se celebra en un CTI con el novio agonizante y la novia vestida con un traje blanco con cola y velo.

    Las palabras del sitio son grandilocuentes: familia, vida, moral, religión. Uff.

    No mencionan la palabra robo. El séptimo mandamiento. Pero también, con mi firma fraguada ante el Parlamento mexicano, han violado el octavo: “No levantarás falso testimonio”. ¡Y el décimo! “No codiciarás bienes ajenos”. ¡Estafaron mi pensamiento, lo vaciaron, le colocaron sus obsesiones y lo mandaron como un paquete bomba junto a otros 20.000 paquetes! ¡Mis ideas, mi libre albedrío!

    A esta altura, ¿cómo sé yo que no han violado los otros siete mandamientos?

    ¿Y el sexto? “No fornicarás”. ¿Lo habrán violado pese a su pundonor?

    ¿Les espera el infierno?