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    Me quedé en casita

    Por primera vez en mi vida me abstuve de ir a votar a unas elecciones. Con excepción de algún plebiscito descabellado, mi propósito ha sido siempre apoyar la democracia. Y la lógica me ha dicho que la mejor manera de hacerlo es votando.

    Pero últimamente experimento al Uruguay político como un torbellino sin lógica, un amasijo de poder y luchas internas, de marchas y contramarchas, y en lo que me concierne a mi ser ciudadano, frustraciones.

    Nunca me sentí tan piojo, tan cucaracha, tan irrelevante como poseedora del derecho al voto. Mi votito pelado: ¿qué puede hacer por este país?

    Otras cosas son más importantes. Justamente, las hice el domingo: me encontré a desayunar con mi mejor amiga (una poeta de 74 años, ex tupamara, que es una mujer sabia), luego cociné un chop suey de verduras, preparé mis clases con tesón para la semana —romanticismo español, con rebeliones y poetas exiliados—, terminé un trabajo para un posgrado que curso on line, preparé una bolsa con materiales desechables para reciclar, vi una película en DVD de István Szabó sobre la historia de Hungría en el sangriento siglo XX, y conversé largamente con mi hija.

    Ella había votado por primera vez, estaba entusiasmada y sin duda no le gustaba nada que su madre no concurriera a las urnas.

    Ahora sé que un poco más de uno de cada tres uruguayos votó y que hubo miles de votos en blanco en una elección que no era obligatoria.

    Me sentí entonces parte de una multitud. Alelada. Una multitud de gente que experimenta el mismo vacío que yo. Votar o no votar nos resulta irrelevante.

    A veces azotes de culpa me apalean la conciencia. Pienso en Astori y en su serio equipo económico trabajando para que el país mantenga su estabilidad.

    Pero después me aturde el desastre de la enseñanza, el desastre del Fonasa, el desastre de la burocracia, el desastre de la política exterior, el desastre de los indigentes que —a pesar de las preciosas estadísticas— duermen bajo un cartón a razón de uno por cuadra en el Centro, el desastre de los barrios de lata que albergan tantos, pero tantos niños, el desastre de la pasta base, el desastre de los Ni Ni…

    En cambio, curiosamente, hace unas dos semanas voté por correo en las elecciones parlamentarias de la Unión Europea. Tengo nacionalidad española y usufructúo mi derecho al voto con el océano Atlántico de por medio.

    Los españoles se horrorizan cuando se enteran de que voto sin vivir allí, y por más que les cuente la historia de mi familia, les importa un bledo. En España yo solo tengo un único objetivo: quitarle un voto más al PP. Son los nietos del franquismo y cuando han gobernado han hecho mucho daño.

    Ahora, más que nunca, con seres como Marine Le Pen amenazando, Europa necesita votitos voladores como el mío, una ciudadana del mundo más que apoye a los inmigrantes, que se expida contra el odio, el racismo, la injusticia.

    Me pregunto por qué temo a Marine Le Pen en Europa y no a otros políticos en Uruguay.

    No lo sé. Supongo que aquí no hay ningún lobo disfrazado de cordero.