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    Merkel paga el costo político de su apertura a los refugiados

    La canciller alemana busca alivio en Turquía, el principal país de tránsito a Europa

    En una cumbre en Londres para reunir fondos de ayuda a las víctimas del conflicto en Siria, la canciller Angela Merkel prometió 2.300 millones de euros el jueves 4 y volvió a hacer un llamado a favor de la causa que decidió liderar con viento en contra: “La catástrofe debe tener fin”.

    Cinco meses después de abrir las puertas a los refugiados y ponerse al frente de una política receptiva, Merkel sufre las consecuencias políticas de su decisión. Sus aliados en el gobierno la critican y dicen que el país está “al borde”. Hechos de violencia con la participación de asilados contribuyeron a esa impresión y las encuestas de opinión pública muestran un desgaste de su imagen. Sin embargo, la canciller mantiene su rumbo y ahora busca actuar en la frontera de Turquía y Siria para organizar y reducir el flujo de migrantes sin tener que volver sobre sus pasos.

    Hace menos de un año Merkel aún no era la matriarca de los refugiados. En julio de 2015 tuvo que consolar a una niña llegada del Líbano a la que hizo llorar durante una charla escolar cuando dijo que algunos refugiados “van a tener que volver”.

    Pero en setiembre anunció que abría la frontera para permitir la llegada a través de Austria de refugiados rechazados por el gobierno de Hungría. Desde entonces mantuvo esa política en medio de una oleada migratoria que llevó a que más de un millón de personas llegaran a la Unión Europea, cerca de una tercera parte a Alemania.

    Merkel ya no hacía llorar a los refugiados sino que se tomaba selfies con ellos. Bajo el lema “wir schaffen das” (lo vamos a lograr), se dispuso a liderar una respuesta europea a la crisis e intentó promocionar una “cultura de la bienvenida”.

    Para atenuar los efectos de la inmigración repentina, la canciller negoció con su coalición un “paquete de asilo” que endurecía las reglas hacia los refugiados y buscaba agilizar los procedimientos y dotar de recursos a los estados federales. En noviembre acordaron una ampliación de las medidas pero no lograron aprobarla porque discrepaban en las condiciones para que los refugiados pudieran llevar sus familias a Alemania.

    Entonces las cosas empezaron a empeorar para Merkel. El 13 de noviembre sucedieron los atentados terroristas en varios puntos de París y luego se divulgó que algunos de los culpables se habían hecho pasar por refugiados. La canciller empezó a bajar el tono y declaró que quería “reducir drásticamente” la cantidad de asilados, aunque sin cerrar la frontera.

    En la noche del 31 de diciembre en la ciudad de Colonia varios grupos de mujeres fueron víctimas de acoso sexual frente a la estación central y la catedral, el principal punto turístico. Las víctimas describieron a sus atacantes como “árabes” y “norteafricanos”. En otras ciudades ocurrieron hechos similares. Algunos de los detenidos portaban documentos que los identificaban como refugiados. Menos de un mes después, ya había más de 800 denuncias por los ataques de Colonia.

    Mientras, países nórdicos como Suecia y Finlandia anunciaban la deportación de cientos de miles de refugiados.

    Cartas.

    El fin de año encontró a Merkel asediada por críticas desde su propio gobierno. La canciller es líder de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) y forma coalición con la Unión Social Cristiana (CSU), un partido hermano de la CDU en Baviera, y el Partido Social Demócrata (SDP). En enero todos aumentaron la presión sobre la canciller por un medio muy alemán, el correo.

    40 parlamentarios de la CDU le escribieron una carta a Merkel en la que opinaron que el país está “al borde” de quedar sobrepasado por la cantidad de refugiados. También el principal dirigente de la CSU, Horst Seehofer, le envió una nota a la canciller para exigir mayores controles en la frontera y establecer un tope de 200.000 refugiados por año.

    El líder de la bancada del SPD en el Bundestag dijo que esas protestas suponen “el anuncio de la ruptura de la coalición”. Su partido también decidió interceder en la situación por vía postal: trece parlamentarios le pidieron a Merkel que tome medidas para poner en práctica los acuerdos de la coalición.

    La jefa de gobierno intentó unificar su frente tras una reunión con los parlamentarios de su partido. “Déjennos demostrar que podemos resolver los problemas sin que Europa sufra graves daños. Tenemos que mostrar confianza en que vamos a lograrlo”, dijo, según reportó “Der Spiegel”.

    “Cuando haya paz”.

    La imagen de Merkel no goza de su mejor salud ante la opinión pública, de acuerdo a las encuestas que se dieron a conocer a fines de enero.

    Según el estudio de N24-Emnid, el 79% de la población y el 90% de los votantes de su partido están a favor de endurecer las condiciones para la llegada de nuevos refugiados. ZDF Politbarometer reveló que el 57% de los alemanes cree que su país ya no puede soportar más refugiados.

    En marzo habrá elecciones en tres estados federales de Alemania. Estudios de opinión pública coinciden en que el nuevo partido Alternativa para Alemania (AfD por su sigla en alemán) podría recibir entre el 10 y el 15% de los votos en alguno de esos estados, convirtiéndose en la tercera fuerza política a ese nivel.

    AfD es un partido de derecha nacionalista contrario a la política oficial hacia los refugiados. Su líder, Frauke Petry, opinó días atrás que para mantener “la ley y el orden”, las fuerzas represivas deberían disparar contra quienes pretendan cruzar la frontera.

    El escenario político plantea preguntas sobre el futuro de la principal líder de Europa. Un artículo del 23 de enero de la revista “Der Spiegel” decía que Merkel “pasó una década amasando capital político” y ahora “ha decidido gastarlo”. Aunque su decisión de abrir la frontera la transformó en una “figura histórica”, dentro de su partido ya “algunos empezaron a imaginar un gobierno sin la actual líder”.

    En las últimas semanas Merkel dio señales ambiguas en su discurso. Dijo que espera que “cuando haya paz en Siria, cuando el Estado Islámico en Irak haya sido derrotado”, los refugiados que están en Alemania retornen a sus países.

    A fines de enero Merkel acordó con sus socios de la coalición, Seehofer y el líder de la SPD, Sigmar Gabriel, los términos del nuevo paquete de asilo. Decidieron que intentarán reducir el flujo de refugiados impidiendo que durante los primeros dos años quienes ya están en Alemania puedan traer a sus familias.

    Turquía es el país que más refugiados recibe de Siria: hasta ahora 2,7 millones, según el informe Resilience Plan 2016, publicado en la cumbre de Londres. En octubre la Unión Europea le dio una partida de 3.000 millones de euros pero el tránsito de personas por ese país no disminuyó. El 8 de febrero Merkel llegó en visita oficial a Turquía y ese día naufragó en aguas turcas un barco de desplazados con un saldo de al menos 27 muertos.

    La canciller se reunió con las autoridades turcas. Pidió patrullas de la OTAN para combatir el tráfico de personas. Denunció al gobierno de Vladimir Putin por bombardear Siria. Prometió actuar para reducir los ataques en Alepo, la mayor ciudad de ese país. Ofreció más dinero para la integración. Propuso un sistema para que la Unión Europea distribuya asilados entre sus países.

    Para evitar ceder a la presión en su país y cerrar las fronteras, Merkel intenta contener la crisis en el origen. Ayer miércoles, el portal del gobierno alemán titulaba con el pedido de “ayuda” de la canciller a Turquía. La suerte de sus gestiones tendrá consecuencias en Berlín.

    Fuera de Fronteras
    2016-02-11T00:00:00

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