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    Mientras traen el café

    M Train, memorias de Patti Smith

    Las pantallas del mundo la mostraron hace dos meses cuando cantó emocionada con su voz grave A Hard Rain´s A-Gonna Fall, de Bob Dylan. Lucía su larga cabellera canosa y una vestimenta negra y sobria de pantalón y chaqueta, que se mimetizaba con la de los músicos. Fue en Estocolmo el 10 de diciembre, en la solemne ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura, donde Dylan, el premiado, faltó a la cita. Avanzada la canción, Patti Smith se equivocó en la letra, que por cierto es muy extensa, y pidió tímidamente disculpas a los músicos y al público. “Perdón por estar tan nerviosa”, dijo, como si fuera una primeriza del escenario. Entonces, “la madrina del punk”, ahora con 70 años, retomó la canción y, como tantas veces lo hizo, conmovió a la audiencia en la que hubo algunas lagrimitas.

    A su imagen a la vez rebelde y retraída, desgarbada y sensual, Smith sumó desde muy joven una particular sensibilidad creativa y una voz potente y llena de matices. Así se convirtió en una de las figuras más influyentes del rock del siglo XX, al que aportó canciones cargadas de poesía. Porque antes de ser cantante, ella fue poeta.

    Parte de su vida la contó en algunos de sus libros. Sobre sus inicios y, sobre todo, sobre su relación con el fotógrafo Robert Mapplethorpe, quien murió de sida en 1989, escribió en Éramos unos niños (National Book Award, 2010), una autobiografía que tiene como contexto el efervescente ámbito artístico neoyorkino de los años 70 y 80. Antes, había publicado El mar de coral (1996), un sentido homenaje a Mapplethorpe, escrito en prosa poética, y todavía anterior fue Tejiendo sueños (1991), un libro que combina anécdotas cotidianas con fotografías.

    En la misma línea continúa M Train (Lumen, 2016, 277 páginas), una suerte de viaje literario, musical y geográfico, atravesado por figuras famosas del arte, a las que conoció o con las que convivió, y por figuras de la ficción literaria o televisiva. También aparecen personajes que solo existieron en sus sueños, pero que se hacen muy reales en el relato. “No es tan difícil escribir sobre nada”, le dice un cowboy con quien tiene una conversación onírica y le da pie para empezar a escribir.

    M Train está escrito con la intensidad y soltura que siempre tuvo la prosa de Smith, si bien no alcanza el nivel narrativo de Éramos unos niños, que además de una autobiografía es un excelente relato de época. Ahora, Smith se muestra como una mujer más nostálgica y solitaria, que recuerda con tristeza a muchos de sus amigos y compañeros que ya han muerto, a los que describe en pequeños trazos a través de anécdotas.

    Es especialmente emotivo su recuerdo de Lou Reed: “Era un domingo de octubre de suaves temperaturas (…) La bruma fundía el mar y el cielo; estaba contenta. De pronto el móvil empezó a vibrar en mi bolsillo. Era Jesse, mi hija, llamaba para decirme que Lou Reed había muerto. Yo sabía que estaba muy enfermo, pero esa es una información con la que una convive. Un amigo está enfermo, quizás lo esté durante mucho tiempo, pero todavía está vivo. Costaba imaginar Nueva York sin Lou, el brillante y obstinado príncipe de la ciudad”.

    Entre otros, también evoca a los escritores Paul Bowles y William S. Burroughs, así como al arrogante ajedrecista Bobby Fisher, a quien conoció en Islandia en un encuentro muy extraño con guardaespaldas incluido. “Él me puso a prueba al instante soltando una retahíla de referencias obscenas y racialmente repulsivas que se transformaron en una perorata conspirativa paranoica”. Ante la respuesta de Smith (“Puedo ser tan repulsiva como usted, solo que sobre otros temas”), Fisher le preguntó: “¿Sabe alguna canción de Buddy Holly?”. Y a partir de ese momento terminaron cantando los dos solos en una mesa de bar hasta el amanecer.

    Pero es la presencia de su marido, el guitarrista Fred “Sonic” Smith, quien falleció en 1994, la que gravita en todo el libro, aunque no se lo nombre. Él está en las ciudades que visitaron juntos, en los paisajes nevados y en los soleados.

    Como sus dos hijos, nacidos en 1982 y 1987, ya son adultos, Smith se dedica a recorrer el Greenwich Village, en el bajo Manhattan de Nueva York. Se pone un gorro de lana encima de su cabellera despeinada, se calza sus botas y una chaqueta negra, que compró en un bar callejero de Tánger, y empieza a caminar hasta llegar al café ‘Ino, donde permanece varias horas bebiendo abundantes cantidades de café, al que es adicta. Allí lee, escribe, dibuja animales unicelulares y se emociona con las canciones que escucha, sobre todo si suena en la radio What a Wonderful World, porque le recuerda a Fred. “Cuántos momentos revividos, garabateados en cuadernos y servilletas de papel, entremezclados con grandes cantidades de café”, escribe en el epílogo.

    Entre los datos curiosos, está su gusto por las seriales policiales. En especial es fanática de la serie The Killing, en la que llegó a tener una breve aparición en uno de sus capítulos. “Me entretienen y me sostienen”, dice, al hablar de sus personajes preferidos, Linden y Holder, con los que se identifica de tal manera que hace propias algunas de sus reflexiones: “La mayor soledad es que no te encuentren”, cita, y la frase adquiere una extraña resonancia en el libro. También menciona capítulos de CSI y de Wallander, el ya legendario detective sueco creado por Henning Mankell. “Los poetas de ayer son los detectives de hoy”, comenta al sentarse frente al televisor.

    Visitó la Casa Azul de Frida Kahlo en México, las tumbas de Jean Genet, de Sylvia Plath y de varios escritores, porque los cementerios le atraen tanto como los cafés. Sacó fotos del bastón de Virginia Woolf, de las muletas de Frida, del incensario en la tumba del escritor japonés Akutagawa, entre otras tantas tumbas. Son fotografías en blanco y negro, algunas de muy baja calidad, tal vez solo tomadas con un interés de registro.

    Patti Smith admira la literatura de Haruki Murakami, la del chileno Roberto Bolaño, a quien le dedica varios párrafos y la foto de la silla que usaba cuando vivía en el balneario catalán Blanes, y la del argentino César Aira, cuyo libro Un episodio en la vida del escritor viajero, considera digno de figurar en su lista de obras maestras. Y sus lecturas latinoamericanas son otras de las curiosidades de este libro.

    La última imagen es la de una apacible reunión con sus hijos y nietos, tal vez en Semana Santa, donde Smith recuerda a su marido Fred. “Yo seguramente me levantaré, prepararé café y me escabulliré discretamente (…) y entonces me sentaré en la silla de detective, abriré mi cuaderno y empezaré a escribir algo nuevo”, dice al despedirse de los lectores. La buena noticia, entonces, es que Patti Smith sigue escribiendo. Es de esperar que también siga cantando.

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