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“Después de escribir 4321 quedé exhausto”, recordó el escritor estadounidense Paul Auster (Nueva Jersey, 1947), al hablar de aquella novela de 2017, compleja y de casi mil páginas, que le significó años de trabajo. Después de su publicación, se alejó por un buen tiempo de la escritura y se dedicó a leer. Así se reencontró con la obra de Stephen Crane, un escritor de fines del siglo XIX que había leído fugazmente en su juventud. Se apasionó tanto con su vida y creación literaria, que decidió rescatarlo en una biografía. Entonces Auster lo hizo de nuevo: escribió un libro de mil páginas y lo llamó La llama inmortal de Stephen Crane (Seix Barral, 2021).
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Para hablar de su último trabajo, que llegará en noviembre a las librerías uruguayas, Auster brindó una conferencia de prensa por Zoom con periodistas internacionales organizada por la editorial Planeta. Desde su casa en Brooklyn, explicó que al comienzo no tenía pensado un trabajo de largo aliento, sino uno más breve con el objetivo de recuperar la figura de Crane y manifestar el aprecio por su obra. “Créanme que no quería escribir otro libro enorme, tal vez uno de 200 páginas”, dijo, mientras acercaba su dedo índice con el pulgar, como si quisiera abarcar el imaginario lomo de un ejemplar finito. “Pero lectura tras lectura el libro breve se fue agrandando y terminó siendo enorme. Todo eso pasó sin que lo hubiera planeado”.
Periodista, novelista y poeta, Crane nació en Nueva Jersey en 1871 y murió enfermo de tuberculosis en Badenweiler, Alemania, en 1900, a los 28 años. Fue el hijo menor de una pareja metodista, que tuvo 14 niños. A él lo llamaban Stevie. Desde muy joven comenzó a escribir, pero por su temprana muerte fue olvidado por editores y lectores. Sin embargo, para Auster fue el primer modernista en la literatura norteamericana. “Abrió la puerta hacia lo que pasaría en el siglo XX. Su estilo de escritura es sorprendentemente contemporáneo, es un escritor que nos continúa hablando ahora, directamente”.
Su trabajo como reportero lo llevó a conocer el Oeste de su país y a traspasar fronteras. En sus investigaciones se interesó por las personas que vivían al margen. Siendo muy joven, hurgó en los barrios bajos de Nueva York y retrató a la gente pobre que vivía en sus calles. De sus observaciones surgió la trama de su primera novela, Maggie (1893), que se financió él mismo y que publicó con seudónimo.
“Crane cambió las reglas del juego de la literatura y adoptó una posición contraria a la literatura estadounidense de ese momento. Le quitó todos los juicios morales que incluían los escritores en la ficción. Con una mirada cautelosa, de fotógrafo, de periodista de investigación, contaba lo que estaba pasando. Eso fue revolucionario”, afirmó Auster. “Cuando él escribió Maggie, sobre una niña de la calle que se convierte en prostituta en Nueva York, no la juzga, solo la muestra, cuenta su historia. A nivel estilístico, y esto es importantísimo, le quitó todo lo que se asociaba con la novela del siglo XIX: la perorata sobre cómo era el cuarto, la ropa o el paisaje. Solo escribió lo esencial, desnudó la prosa”.
Crane tuvo mucho éxito en su época. A los 24 años publicó La roja insignia del valor (1895) que, según Auster, lo convirtió en una celebridad nacional. En esta novela escribió sobre la guerra civil estadounidense, pero sin mencionar de qué guerra se trataba ni de qué bando son los personajes. “Lo que hace es meterse en la mente de un joven de 16 años que está en la guerra y tiene miedo. Es una novela sobre el miedo, un estudio psicológico de esa mente tumultuosa. Nadie puede escribir tan vívidamente del mundo interior de un chico si no lo vivió de forma personal. Crane era muy hábil para traducir las conmociones físicas, por eso es tan bueno, muy renovador con respecto a lo que se hacía en lengua inglesa hasta ese momento”.
La roja insignia del valor fue llevada al cine por John Huston en 1951 y resultó un fracaso por el sabotaje y los recortes de la Metro. En Uruguay se estrenó en 1956 con el título Alma de valiente, y para la crítica fue la mejor película de ese año. En DVD se estrenó como Medalla al valor, pero tampoco en este formato se recuperaron los fragmentos recortados por la Metro.
Para Auster hubo dos escritores jóvenes en la historia literaria de Estados Unidos que capturaron al público con sus primeros libros. Uno de ellos fue Scott Fitzgerald con A este lado del Paraíso (1920), y el otro fue Crane, sobre todo con La roja insignia del valor. “Por eso no creo que Crane sea un autor marginal, pero es cierto que ha sido abandonado, la principal razón es porque vivió muy poco. Leí todo lo que pude sobre su obra y su vida y comprendí cuán original y potente era su escritura que se vio interrumpida por su temprana muerte. Con esta biografía quise regresarlo al centro del escenario porque creo que merece estar en el panteón de los grandes autores de los Estados Unidos, junto con Melville, Thoreau, Hawthorne, Henry James y Mark Twain”.
En su libro, Auster analiza las obras de Crane, algo que no es frecuente en las biografías, y sus citas transmiten ese estilo sobrio y a la vez vigoroso del escritor. También incluye su faceta de poeta, que para Auster pocos han sabido valorar. “Su poesía es extraña y no suena a ninguna que haya leído. Al mismo tiempo es muy contemporánea y fresca. Crane es el poeta entre Whitman, Dickinson y los modernistas, es el único de cierta importancia”.
Entonces en la conferencia de prensa, Auster comenzó a recitar de memoria un poema de Crane que incorporó en su libro: En el desierto / vi una criatura, desnuda, bestial / que, agachándose en el suelo, sostenía el corazón con las manos/ y se lo comió.
La mitad del siglo XIX estadounidense fue tumultuoso, se acercaba la guerra civil y los conflictos sociales se agudizaban cada vez más, a medida que la sociedad agraria daba paso a una sociedad industrial. Para Auster, a partir de 1850 surgieron algunos de los grandes autores de la historia estadounidense que se dieron cuenta de estos conflictos, del fin de la esclavitud y de lo que iba a pasar. Destacó especialmente a Emily Dikinson, para él una de las mayores escritoras de su país. “Continúa siendo una fuente de inspiración para mí y para mi esposa Siri (Hustvedt). Ella ha estado leyendo a Dickinson desde los 11 años y todas las noches lee uno o dos poemas. En la obra de Dickinson están todos los temas que me interesan”.
Crane también entendió que el fin de siglo traía cambios y sobre ellos escribió. Consiguió un trabajo de periodista, viajó hacia el Oeste, primero fue a Texas y después a México. “Al primer lugar al que llegó fue Nebraska, donde había habido una sequía terrible y mucho sufrimiento. Pasó el invierno y las tormentas de nieve. Escribió sobre una de esas tormentas en su cuento El hotel azul. Muchas de esas historias del Oeste fueron sus mejores cuentos, en algunos también tenía humor”, explicó Auster.
Crane escribió varios artículos de viaje y en uno de ellos observó a los indios pobres de México y los comparó con los estadounidenses pobres del norte, que en ese momento estaban pasando por la peor depresión económica. “Él piensa en la dignidad y magnificencia de esos campesinos mexicanos. Le presta atención a los rostros. En los estadounidense ve expresiones de enojo, sin embargo en los mexicanos ve tranquilidad. Eran campesinos muy religiosos, al final piensa que probablemente fueran superiores a nosotros. Cuando escribió esa crónica tenía 23 años. Se publicó recién en 1967”.
Un periodista le pregunta si hay lectores hoy para libros clásicos o para una biografía tan extensa como la que escribió. “Hay gente que quiere leer y mi libro está escrito para ella. Sé que estoy apelando a un fragmento pequeño de la sociedad, a la gente que le importa la lectura”.
Otro periodista lo lleva hacia sus 28 años, la edad en la que murió Crane, y le pregunta cómo era su vida entonces. “Me acababa de casar, había publicado dos o tres libros de poesía en pequeñas ediciones, había escrito bastantes ensayos literarios y acumulado más de mil hojas de prosa desde mi adolescencia que nunca me habían entusiasmado. Entonces, si me hubiera muerto a los 28 años, habría desaparecido como una piedrita que cayó al agua. Que un hombre joven como Crane pudiera publicar más de 3.000 páginas de una obra excelente a los 28 años es sorprendente. Por eso lo ubico en la misma línea que Mozart, Keats o Shelley, que produjeron mucho siendo muy jóvenes. En la historia del arte que resulta notable”.