Es domingo y voy a Cinemateca. Dicen que la película —“7 cajas”— está buenísima. Es paraguaya y transcurre en un mercado tercermundista. Los personajes pasan del guaraní al español sin que se les mueva una ceja.
Es domingo y voy a Cinemateca. Dicen que la película —“7 cajas”— está buenísima. Es paraguaya y transcurre en un mercado tercermundista. Los personajes pasan del guaraní al español sin que se les mueva una ceja.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSalgo temblando de adrenalina. Esto no es Paraguay, me digo, aunque la película es mil veces mejor que cualquier filme uruguayo.
En la tibia noche de 18 de Julio los hinchas del clásico deambulan. El fútbol pertenece a una especie humana que me excluye…, como todos los emblemas uruguayos: asado, murga, mate. La lista es larga.
Ha habido un evento de cómics y bandadas de chicos recorren la avenida disfrazados de historietas que no conozco.
Miro vidrieras de librerías: están cerradas, oscuras. Yo creía que alguna abría los domingos. Ya no. En el sector uruguayo, no hay libros de ficción. Hay reportajes a políticos, historia nacional, leyendas urbanas y de campo, autoayuda criolla. Del otro lado están los libros importados. Murakami, Sandor Marai y Patrick Modiano. Quiero leerlo, no por el Nobel sino porque habla del sufrimiento que vivió la humanidad a la vuelta de la esquina. La Guerra que los profes no llegan a enseñar en los liceos.
Las cuadras de 18 están roñosas, en domingo se nota más. Bajo el cielo estrellado cuelgan lucecitas que han quedado allí, recuerdo de alguna fiesta ciudadana: ¿son de la Navidad pasada? ¿O del carnaval? ¿O de la marcha de la diversidad?
Las zapaterías exhiben zapatos con un palmo de plataforma, animal print. Ni en tiempos de Sófocles se llegaron a usar tales coturnos.
Un bar tiene arriba una pantalla gigante luminosa donde se exhibe publicidad: en este momento sale un primer plano de Tabaré.
Casi estoy en la Plaza Cagancha y veo venir por Dieciocho una veintena de bicicletas con gente alternativa: ¿habrá habido una marcha por una digna ciclovía? Una chica arrastra un cajón con rueditas detrás de su bici y, adentro, un perrito salchicha y una banderita naranja.
Me meto en una heladería: pido lo más barato, una bolita de chocolate sin azúcar. Debo esperar, porque antes de mí hay una mamá y dos adolescentes que están indecisos: le preguntan a la vendedora en qué consisten los helados con nombres poéticos que muestran sensuales fotografías. Miro a la mamá: tiene una cabellera rubia muy teñida, muy laciada, unos ojos verdes muy pintados, un cerquillo que casi le llega a los párpados. La adolescente se ha depilado las cejas como una actriz de ciencia ficción.
En la vereda de la plaza, stencils: un puño dentro del símbolo femenino. Y leyendas: “Mulheres en libertade”. Otro: “¡Mujeres, a masturbarse!”, con un corazoncito amarillo.
Veo un bar-pecera con pizarra electrónica: Menú. Ñoquis con estofado.
Y al llegar a mi barrio, un ex cuidacoches que ha estado preso me dice: “Amiga, una monedita”.
Más adelante, dos parejas de cubanos afro. Ellos delgados y altos, ellas, de generosos glúteos forrados en lycra.
Mi cuadra tiene las luces rotas. Llego a casa en total oscuridad. No me ha pasado nada: esto no es Paraguay.